Se puso la blusa de raso celeste inmediatamente después de abrocharse el corpiño. Subió el pantalón blanco con una mano, a los saltos mientras, con la otra mano, intentaba acomodar los cabellos enmarañados. Los zapatos de taco aguja los calzó a la fuerza. Agarró las llaves del auto de un manotazo, la cartera y corrió hasta la puerta del departamento. Estaba empapada en una mezcla de sudores, nervios y dos horas de sexo apasionado con Mariano. Lo miró de reojo mientras se iba. Roncaba profundamente. “Después lo llamo”, pensó.
Apretó el botón del ascensor varias veces como si la repetición de ese movimiento acelerara la llegada. Nunca bajó siete pisos con tanta ansiedad. Eran las 4.30. “¿Cómo mierda me quedé dormida? ¿Se puede ser tan pelotuda?”.
Le quedaban exactamente 45 minutos para llegar a su casa, bañarse, secarse el pelo, ponerse el camisón y meterse en la cama antes de que Adrián llegara de la guardia de los miércoles. Ella siempre salía con tiempo, pero esta vez, después de tantos orgasmos, posiciones y cabalgatas sobre Mariano, se recostó en su pecho y se durmió. En los segundos eternos que duraba el viaje en ascensor no dejaba de preguntarse “¿Por qué pude quedarme tan relajada acariciando el pecho de Mariano?”. Pensó que realmente el “touch and go” propuesto ya llevaba diez meses. Y no lo estaba pudiendo manejar.
Salió corriendo. El tiempo era justo: 25 minutos para llegar; 10 para sacarse la ropa, meterla en la lavadora, quitarse el maquillaje y bañarse; 5 para secarse el pelo, ventilar el baño y dejar todo ordenado; 5 minutos para ponerse el camisón, desarreglar un poco la cama y meterse adentro para generar calorcito como si hubiera estado durmiendo desde hacía horas.
Tomó la avenida a ochenta kilómetros por hora. De repente, un semáforo se puso en amarillo. Aceleró, pero no pudo evitar pasar con luz roja. Cincuenta metros después escuchó una sirena, miró por el espejo retrovisor y vio las luces azules del patrullero detrás de su auto. “¿De dónde salieron? Qué ganas de romper las bolas… ¿A tres cuadras de casa me tienen que parar?”.
Mientras les daba a los policías el registro de conducir, la cédula verde y el comprobante del seguro veía cómo pasaban segundos valiosísimos para impedir la catástrofe de que Adrián llegara a su casa antes que ella.
- Perdón oficial, venía distraída, es que estoy con muchos problemas y me está esperando mi hijo que levantó fiebre- mintió descaradamente, con voz entre sensual e inocente.
Fue inútil. Le explicaron que tenían que retenerle el vehículo, que su registro estaba vencido. Su cabeza funcionaba a mil. Pensó en irse. No, si la seguían era peor. Como sea, debía llegar a su casa. Se bajó del auto de un salto. “¿Quiere retener el auto? Quédese con el auto”, gritó desaforada. Su única misión era recorrer las dos cuadras y media, y meterse en su cama a tiempo. El auto es lo de menos, pensó, mañana veré qué hago.
- Señora, alto señora, no se puede ir…. ¡¡Señora!!- le gritó uno de los inspectores sin entender nada.
Mientras caminaba se veía en perspectiva, así, desaliñada, llena de sexo de Mariano. No podía dejar de imaginar la cara de Adrián cuando llegara. Se sentía idiota, horrible, deleznable, estúpidamente infiel. “Soy una hija de puta” se repetía mil veces. “Adri, es el ser más honesto y dulce sobre la Tierra… no se merece esto”. Lo imaginó como siempre, trabajador, amable, de buen carácter, compañero, responsable. Y ella, por una aventura ridícula con su compañero diez años menor, echaba todo a perder. “Cómo me cagué la vida… cómo le cagué la vida a Adri…”. Sintió ira contra ella misma.
Súbitamente, escuchó el chirrido de una frenada larga. Levantó la vista y vio que un bólido color azul venía desde la calle transversal zigzagueando descontrolado. Se puso de costado y empezó a dar vueltas. Todo terminó con un estallido cuando el auto chocó con una columna de cemento. Saltaron vidrios, chapas y pedazos de plástico por todos lados. El auto quedó con las ruedas hacia arriba todavía girando.
Corrió los veinte metros hacia la esquina para ayudar. El auto le resultaba familiar. El color, la marca. Las pulsaciones le llegaron a mil. Un hombre ensangrentado atrapado dentro, apenas se movía. Una mujer rubia, hermosa, inconsciente del otro lado. ¿O muerta?
Se agachó del lado del conductor. Miró atónita. Sintió que el corazón le explotaba. El hombre del auto, bañado en sangre, recostado sobre su hombro levantó los párpados con dificultad. Le clavó la mirada. Él cerró los ojos. Ella balbuceó, con la voz entrecortada:
- ¿Adrián?– dijo con un nudo en la garganta.
Él volvió a parpadear muy lentamente, la vio despeinada, con el labial corrido, la blusa abierta y solo emitió un quejido de dolor. O de bronca. O de vergüenza.













