martes, 2 de julio de 2024

Semáforo rojo

 


Se puso la blusa de raso celeste inmediatamente después de abrocharse el corpiño. Subió el pantalón blanco con una mano, a los saltos mientras, con la otra mano, intentaba acomodar los cabellos enmarañados. Los zapatos de taco aguja los calzó a la fuerza. Agarró las llaves del auto de un manotazo, la cartera y corrió hasta la puerta del departamento. Estaba empapada en una mezcla de sudores, nervios y dos horas de sexo apasionado con Mariano. Lo miró de reojo mientras se iba. Roncaba profundamente. “Después lo llamo”, pensó.

Apretó el botón del ascensor varias veces como si la repetición de ese movimiento acelerara la llegada. Nunca bajó siete pisos con tanta ansiedad. Eran las 4.30. “¿Cómo mierda me quedé dormida? ¿Se puede ser tan pelotuda?”.

Le quedaban exactamente 45 minutos para llegar a su casa, bañarse, secarse el pelo, ponerse el camisón y meterse en la cama antes de que Adrián llegara de la guardia de los miércoles. Ella siempre salía con tiempo, pero esta vez, después de tantos orgasmos, posiciones y cabalgatas sobre Mariano, se recostó en su pecho y se durmió. En los segundos eternos que duraba el viaje en ascensor no dejaba de preguntarse “¿Por qué pude quedarme tan relajada acariciando el pecho de Mariano?”. Pensó que realmente el “touch and go” propuesto ya llevaba diez meses. Y no lo estaba pudiendo manejar.

Salió corriendo. El tiempo era justo: 25 minutos para llegar; 10 para sacarse la ropa, meterla en la lavadora, quitarse el maquillaje y bañarse; 5 para secarse el pelo, ventilar el baño y dejar todo ordenado; 5 minutos para ponerse el camisón, desarreglar un poco la cama y meterse adentro para generar calorcito como si hubiera estado durmiendo desde hacía horas.

Tomó la avenida a ochenta kilómetros por hora. De repente, un semáforo se puso en amarillo. Aceleró, pero no pudo evitar pasar con luz roja. Cincuenta metros después escuchó una sirena, miró por el espejo retrovisor y vio las luces azules del patrullero detrás de su auto. “¿De dónde salieron? Qué ganas de romper las bolas… ¿A tres cuadras de casa me tienen que parar?”.

Mientras les daba a los policías el registro de conducir, la cédula verde y el comprobante del seguro veía cómo pasaban segundos valiosísimos para impedir la catástrofe de que Adrián llegara a su casa antes que ella.

- Perdón oficial, venía distraída, es que estoy con muchos problemas y me está esperando mi hijo que levantó fiebre- mintió descaradamente, con voz entre sensual e inocente.

Fue inútil. Le explicaron que tenían que retenerle el vehículo, que su registro estaba vencido. Su cabeza funcionaba a mil. Pensó en irse. No, si la seguían era peor. Como sea, debía llegar a su casa. Se bajó del auto de un salto. “¿Quiere retener el auto? Quédese con el auto”, gritó desaforada. Su única misión era recorrer las dos cuadras y media, y meterse en su cama a tiempo. El auto es lo de menos, pensó, mañana veré qué hago.

- Señora, alto señora, no se puede ir…. ¡¡Señora!!- le gritó uno de los inspectores sin entender nada.

Mientras caminaba se veía en perspectiva, así, desaliñada, llena de sexo de Mariano. No podía dejar de imaginar la cara de Adrián cuando llegara. Se sentía idiota, horrible, deleznable, estúpidamente infiel. “Soy una hija de puta” se repetía mil veces. “Adri, es el ser más honesto y dulce sobre la Tierra… no se merece esto”. Lo imaginó como siempre, trabajador, amable, de buen carácter, compañero, responsable. Y ella, por una aventura ridícula con su compañero diez años menor, echaba todo a perder. “Cómo me cagué la vida… cómo le cagué la vida a Adri…”. Sintió ira contra ella misma.

Súbitamente, escuchó el chirrido de una frenada larga. Levantó la vista y vio que un bólido color azul venía desde la calle transversal zigzagueando descontrolado. Se puso de costado y empezó a dar vueltas. Todo terminó con un estallido cuando el auto chocó con una columna de cemento. Saltaron vidrios, chapas y pedazos de plástico por todos lados. El auto quedó con las ruedas hacia arriba todavía girando.

Corrió los veinte metros hacia la esquina para ayudar. El auto le resultaba familiar. El color, la marca. Las pulsaciones le llegaron a mil. Un hombre ensangrentado atrapado dentro, apenas se movía. Una mujer rubia, hermosa, inconsciente del otro lado. ¿O muerta?

Se agachó del lado del conductor. Miró atónita. Sintió que el corazón le explotaba. El hombre del auto, bañado en sangre, recostado sobre su hombro levantó los párpados con dificultad. Le clavó la mirada. Él cerró los ojos. Ella balbuceó, con la voz entrecortada:

- ¿Adrián?– dijo con un nudo en la garganta.

Él volvió a parpadear muy lentamente, la vio despeinada, con el labial corrido, la blusa abierta y solo emitió un quejido de dolor. O de bronca. O de vergüenza.

Ningún lugar está cerca

 


Respiré hondo. Miré alrededor y vi que no había nadie. Sentí la tranquilidad de poder llorar sin que nadie me vea. Y lloré. Recordé el momento en el que adolescente, debí dejar mi lugar de pertenencia para ir hacia la gran ciudad a encontrar mi futuro, a desafiar a mi destino y convertirme en casi adulto de golpe. Una amiga entrañable me regaló, con lágrimas en los ojos, un ejemplar de “Ningún lugar está lejos”, de Richard Bach. Muchos consideran que Bach, con su bibliografía de relatos de un aviador ignoto, que hilvana libros como “Juan Salvador Gaviota”, “Ilusiones”, “El arte volar” o “Uno”, es un escritor de bajo vuelo -valga la ironía para un aviador- asimilable con otros grandes de la autoayuda como “Tus zonas erróneas”, “El alquimista” o “Quién se ha llevado mi queso”. Nunca leí esos libros. Bueno, a decir verdad, sí había sacado de la biblioteca de mis padres un ejemplar de “Uno” y en algunos fragmentos sentí un grado de identificación inimaginable.

Pero la historia de la pequeña Rae, corta, directa al corazón, representativa de ese momento de la vida que estaba atravesando, me emocionó. Y dejé lado los prejuicios literarios para darle paso al nudo en la panza que me generaba despegarme de un pedazo de mi vida.

“Tu casa está a miles de kilómetros de la mía, y viajo solo si tengo una buena razón…”. Analía, mi amiga del alma, me regaló esa breve y contundente historia.

“Entiendo poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es que “vayas” a la fiesta”. Analía no terminaba de entender por qué me iba. Y la realidad, es que me iba porque era parte del mandato, de eso que yo “debía” hacer, porque eso es lo que hacen los jóvenes de mi edad que tiene la posibilidad de hacerlo.

“¿Es que los kilómetros pueden separarnos verdaderamente de los amigos? Si quieres estar con Rae, ¿no estás allí ya?”. Sí, pero no. Uno puede estar ahí sin estar, pero no necesariamente llega a estar de la manera que el otro lo necesita, lo desea, lo piensa. Ni tampoco como uno lo imagina.

Ahora, a casi veinte años de ese momento. Estaba sentado solo en el banco de una plaza, de noche, a miles de kilómetros de mis afectos, de mi historia, de mis cosas. Pero, sin embargo, sentía que era el lugar donde debía estar. Donde construí una nueva versión de mí mismo, una nueva historia, con nuevos personajes, entrañables algunos, adorables, otros, detestables el resto.

“Porque lo importante -dijo la gaviota- es que tú sepas la verdad… Pero recuerda, que el ser desconocida, no impide a la verdad ser verdadera”. Y partió. Me quedé con eso. Cuántas veces me quedé pensando y sintiendo que había situaciones injustas, que no sabía cómo hacer para que se supiera la verdad. Y esa sentencia de Bach me devolvió a lo más básico de la realidad: el ser desconocida, no impide a la verdad ser verdadera.

Increíblemente, y a pesar de mis prejuicios, rescaté muchas cosas de ese libro para el resto de mi vida. “Cada regalo de un amigo es un deseo de felicidad”… Y aprendí a tomar eso como un axioma. La realidad es que con los años pude entender que ese regalo de Analía no era ni más ni menos que eso, un deseo de felicidad, aunque en su momento me resultaba una demanda inexplicable de mi mejor amiga.

Por eso es que tantos años después, ella entendió por qué me fui y yo entendí que ella no estaba lejos. Pero en ese momento, cuando estaba desgarrado en el banco de la plaza porque el amor de mi vida me había abandonado, estaba sin un peso y en la calle, me di cuenta de que aunque “ningún lugar está lejos”, cuando uno necesita calor, contención, un abrazo y una canción o una risa, necesita a sus personas favoritas cerca, al lado, mirándonos a los ojos, llorando juntos. En cambio, hoy, yo estoy llorando solo.

Vini, Vidi, Vinci

 

Yo creo que las peores derrotas son las morales, no las reales. Y las morales no son necesariamente deportivas. Ocurren en la escuela, en la Facultad, en el trabajo, con los amigos, en tu pareja. Y que sea derrota, no implica que no ganaste. Tampoco que perdiste. Las derrotas a veces no se tratan de perder. Se trata de sentirse defraudado, de pifiarla feo con algo en lo que creíste, de descorazonarte con alguien en quien confiabas ciegamente.

Con esos parámetros -muy personales, por cierto- me puse a pensar cuál puedo considerar como la peor derrota de mi vida. Empecé a armar el esquema de eliminación de cuatro entradas. Como cuatro llaves de campeonato deportivo en las que se van eliminando entre sí las teóricas peores derrotas que sufrí a lo largo de mi vida.

En la primera de las llaves, las deportivas. En otra, las del amor. En la tercera, confluyendo las de estudio/trabajo. En la cuarta las de la vida. Ahora, a llenar casilleros. A repasar mentalmente en cada categoría los peores momentos.

En las deportivas, la llave es corta. Por un lado, aquel día en el habiendo ganado un lugar en el equipo de gimnasia deportiva que iba a representar a Argentina en los Panamericanos de Punta Arenas, quedé literalmente marginado por falta de presupuesto. Sí, no podía ir a competir porque no alcanzaba el presupuesto de la Federación Argentina de Gimnasia para pagar los viáticos de los deportistas patagónicos. Solo para los de Capital Federal. Sí, ya sé que lo de “Federal” queda como sarcástico. Del otro lado, varios años más tarde, cuando jugando como apertura de la selección de rugby Tehuelches (sí, claro, también de la Patagonia), quedamos afuera de las semifinales del campeonato argentino frente al seleccionado de Mar del Plata, por un punto, con un penal que convirtieron faltando menos de 30 segundos.

La del amor es más complicada, pero después de varias instancias de clasificación, quedaron en la final de esa categoría mi primer noviazgo “serio” de la adolescencia, frente a la pareja que constituí con la que fuera madre de mis tres hijos. Y esas sí que no fueron derrotas en las que perdí, fueron derrotas en las que aprendí. Los detalles no vienen al caso pero, en definitiva, en una con tristeza, en la otra con dolor, pude obtener como resultado el beneficio de aprender la manera de no hacer las cosas, o de no confiar tanto en que el otro algún día va a cambiar, o de saber que uno puede y debe entregarse en una relación pero no a cualquier precio.

Tercera llave: estudio/trabajo. Por un lado, debemos tener claro que “estudio” abarca tanto lo que estudié como lo que no. Lo que hice porque me gustaba, lo que estudié porque debía, lo que no hice (y hubiera querido) porque la vida a veces te lleva puesto. En el trabajo, mi peor derrota fue mi principal victoria. Después de haber trabajado en medios “grandes” y “masivos”, pasé a una consultora de prensa internacional en la que llegué a ser Director y alma mater de todos los procesos que la hicieron crecer. Ahí, por la aparición de un “socio” que más que currículum portaba un prontuario, como diría el Nano Serrat, puestos a elegir, elegí irme con lo puesto y dejar años de esfuerzo, cabeza, compromiso y un matrimonio en el camino, a cambio de un poco de paz mental y mucho de dignidad. El resultado de semejante “derrota” fue que hace exactamente veinticinco años elegí abrirme camino por mi cuenta, con aciertos y errores, con subidas empinadas y caídas al vacío, pero hace más de dos décadas que trabajo por y para mí, sabiendo que los errores son mi responsabilidad y los éxitos, mis aciertos.

La categoría de la vida es la más difícil. Porque las derrotas sí son pérdidas. Pero son pérdidas de amigos, de lugares, de seres queridos. Perdí cuando era adolescente a mi mejor amigo. O mejor dicho, el que creía que era mi mejor amigo, cuando descubrí una maquiavélica estrategia que montó para distanciarme de mi amor de ese momento… para abordarla él, diciendo que yo no le convenía. Perdí en un momento mi hogar, cuando tuve que tomar el toro por las astas y buscar mi propio espacio para preservarme yo, para despegar de una dinámica tóxica que me hubiera arruinado para siempre. Perdí a mis viejos, cuando una pandemia que nadie esperaba ni imaginaba, decidió que así, de un día para el otro, en el término de dos meses yo me convirtiera en el huérfano que algún día iba a ser, pero para lo que faltaban todavía unos cuantos años.

Una de las semifinales se dio entre el ganador del grupo 1, aquella anécdota de la gimnasia deportiva y el ganador del grupo 3, esa partida de mi último empleo en relación de dependencia. La otra semi, fue entre el primero del grupo 2, que terminó siendo la finalización de un vínculo doloroso con quien tuve días felices pero muchos más días sufridos, y el ganador del grupo 4 que, sin dudas, fue la pérdida casi en simultáneo de los dos seres que me dieron la vida, los valores y el sentido de la existencia y que hicieron que hoy sea lo que soy.

La final, es casi una anécdota, amigos. Porque de los dos ganadores de las mayores derrotas, debía quedar uno solo: el más ganador, que -irónicamente- sería el símbolo de la madre de todas las derrotas. ¿Qué más da quién ganó? Si al fin y al cabo, debiera ser una pérdida. La conclusión, más irónica aun, casi bizarra, kafkiana si se quiere, es que de todas las derrotas hay un único ganador: sí, señoras y señores…

 “And the winner is…”. Yo, ni más ni menos. Porque aprendí. Siempre aprendí. Y crecí, y me curtí. Renací del dolor, de la pérdida, de las cenizas. Rescaté las sonrisas, las alegrías, los momentos de amor, de complicidad, de sinceridad, de manejar los enojos, de encontrarme en la cresta de la ola o apenas trepando para subir a la lona. El resultado de las peores derrotas, es la mejor versión de mi mismo. Pero sí, claro que voy a seguir cometiendo errores y sufriendo derrotas. Pero no pregunto cuántas son, solo espero que vayan pasando…


Tan lejos

 


Es lejos, muy lejos. ¿A ver? Sí, son 12 kilómetros. Pero tal vez, si me decido y tomo coraje, pueda llegar a tiempo. Puta madre… Creí que me iba a despertar solo. Siempre pasa eso cuando uno está nervioso o ansioso. No dormís bien. Te despertás a cada rato. Sobre todo cuando es un acontecimiento así. No sé cómo fue que no despegué un ojo hasta ahora. Anoche cuando volví del hospital me desmayé casi literalmente sobre la cama. Ya no estoy para estar un día entero sin dormir. Debe ser por eso que no moví ni un músculo en toda la noche. Y encima tener que caminar tres kilómetros con la helada rajándome las orejas y la nariz. Esa puta costumbre de seguir con la reserva del tanque hasta que el auto funcione casi con el olor de la nafta… Según mis cálculos llegaba a casa y me alcanzaba para ir hasta la estación de servicio que está casi a la entrada del pueblo. Error. No llegué ni a casa. Camila me va a putear en colores porque siempre llego con lo justo. Hoy no, hoy no llegué. Y tiene razón. Pero ¿justo hoy tenía que pasarme? ¿Justo hoy? ¿Y quedarme dormido? ¿Justo hoy? Bueno, basta. A ponerse en acción. A ver ¿qué hora es? ¡Mierda! ¿Ya las nueve y media? Debe estar entrando a quirófano. No llego a nada. Si recorro tres kilómetros por hora, que es un ritmo bastante intenso para mí, tardo cuatro horas. Y bueno, hago el intento… total, no pierdo nada. Sí, ya está, preparo todo y salgo. El bolso que dejamos listo, las pilchas mías, las de Cami. No me puedo olvidar las camperas. El chiflete que hace por estos lares en esta época del año es insoportable. Mis borsegos por si hay barro. Y las botas que tanto le gustan a ella. No, pero no puedo ir con todo esto. Si voy con todo eso voy a tardar como mínimo dos horas más. Una locura. Pero tampoco puedo llegar sin nada… En este preciso momento me pregunto por qué se nos ocurrió venirnos a vivir tan lejos, por qué nos dejamos llevar por ese estúpido afán de aventura y amor por la naturaleza y el aire libre. Naturaleza y soledad. Paz. Sí, amo la naturaleza, amo el verde, los colores, el aire puro, los animales salvajes, las sierras, el campo… Pero después dame una buena ducha con agua caliente de verdad, una buena estufa a gas y no esta salamandra, que si estás a un metro de distancia te asás al spiedo, si te alejás medio metro más, estás en Siberia; y dame una buena tele Smart, un buen equipo de música, la multiprocesadora... Sí, amo la soledad y la paz, pero dejame un vecino al menos a un kilómetro, dos como mucho, por cualquier cosa que uno necesite, para invitarlo a comer un asado, o para contar con alguien si tenés algún problema, alguna urgencia como esta… No, estamos a 12 kilómetros de la primera señal de algo parecido a un humano. Me fui un poquito de tema, jajaja… ¿ves? La cabeza no para, no logro que deje de hacer sinapsis ni una milésima de segundo ¿cómo es que no me desperté? Bueno, ya fue, no me desperté. Y entonces ¿qué hago? No puedo no ir… Cami me mata. Pero tiene que entender. Es por razones de fuerza mayor. Sin auto, sin caballo, sin despertador, sin siquiera un carrito para llevar todos los bagayos… Tranquilamente puedo esperar a pasado mañana que viene el repartidor de leña y le pido a él que me alcance hasta el pueblo. Me quedo, descanso bien, me recupero, dejo todo preparado y pasado mañana a las siete cuando pase el leñero, me voy con él. A las siete y media del jueves como máximo ya estoy allá. Y ella entre la anestesia, el cansancio y los dolores recién va a estar más lúcida mañana a la noche. Así que fenómeno. Sí, listo. Hago eso. No se hable más. Le aviso... Carajo, ella está sin celular. ¿Llamo a la guardia? Un quilombo para que te atiendan. Ya sé, mando un mail a la mesa de entradas del hospital y que le avisen cuando salga. O cuando se despierte. Capaz que incluso está medio atontada y ni entiende. Sí, es lo mejor. “Estimados, por favor tengan a bien hacerle llegar este mensaje a la paciente Camila Baigorria, de la habitación 114: “Cami, mi vida, se me complicó la ida. Me quedé sin nafta y encima me dormí. Voy el jueves con el leñero y llevo todo. Espero que la cesárea haya salido bien y que Luciano esté espléndido. No sabés la intriga y la ansiedad por verle la carita. Qué emoción… Te amo. Sebas”.

El mail nunca salió de su bandeja de entrada. Sebas llegó el jueves. Cami ya no estaba en el hospital. Ella y su hijo Luciano se fueron de alta la noche anterior. Nadie sabe dónde. Sebas tampoco.

Lady Million

 


La fragancia aquella vez era la misma que ahora, Paco Rabanne. Luigi la olió por primera vez en la casa de la zona universitaria en la que su mamá lavaba ropa dos veces por semana.

Pero esta vez todo era distinto. Aquel día, Luigi había ido a buscar a su madre cuando salió de trabajar, a pocas cuadras de allí, para regresar a su casa juntos. Cuando estaba parado en la puerta de los Jackson, apareció ella. Luigi la miró incrédulo. Por un momento creyó que estaba soñando. La vio llegar desde la esquina con dos amigas. Las amigas eran muy bonitas, pero al lado de ella parecían dos réplicas de muñecas de trapo mal terminadas. Ella brillaba, resplandecía, las opacaba. Cuando pasaron a su lado, esquivándolo, ella le sonrió amablemente y le dijo “Perdón…” e hizo un ademán como de querer entrar. Él hizo un movimiento torpe y tosco para correrse y respondió “Uy, no, no, perdón ustedes…”. Las tres se rieron y entraron a la casa. Cuando pasó ella, Romina, él sintió ese aroma inexplicablemente dulce y amargo a la vez. Pero le quedó impregnado en la memoria de sus papilas olfativas para siempre.

Al día siguiente fue a uno de esos locales enormes con perfumes, cremas y bálsamos para mujeres y olió decenas de aromas para tratar de saber cuál era. Cuarenta minutos después, cuando la empleada amable estaba dejando de ser amable, y ya su nariz y su olfato estaban totalmente mareados, logró identificarla: Paco Rabanne Lady Million.

Después de ese día, cuando la mamá de Luigi no iba a lavar a la casa de los Jackson él se paraba en la esquina, asegurándose de que Romina no lo viera y esperaba el momento en el que ella volvía de la Facultad, a veces sola, a veces con una o dos amigas solo para mirarla y admirarla. Y cada martes y cada jueves, inexorablemente, él iba a buscar a su madre y esperaba verla llegar, cruzar una mirada o unas palabras con ella, aunque claramente él presentía que, para Romina, Luigi era casi como un árbol que había que esquivar para poder entrar a su casa.

Un año después, Luigi había perdido contacto con la mayoría de sus amigos y en su familia no entendían por qué sistemáticamente llegaba más tarde de su trabajo. Romina se había convertido en su obsesión. La googleó, la buscó en Facebook, en Instagram y en Twitter. Como un voyeur seguía todos sus pasos, veía las fotos de la salidas con las amigas, los viajes, las fotos en la playa, los saludos de cumpleaños.

Como su madre ya no iba a trabajar más a la casa de los Jackson, había perdido la oportunidad de verla de cerca al menos dos días por semana. Se devanaba los sesos pensando con qué estrategia, con qué excusa, con qué buen motivo llegar hasta ella e invitarla a salir. Al fin y al cabo, ella no dejaría de verlo como el hijo de la señora que lava la ropa.

Todos los días dedicaba media hora a stalkearla en todos los perfiles de sus redes sociales. Trataba de juntar información, de armar la historia de Romina, de saber en qué andaba, de tener temas de conversación para cuando se animara a invitarla a salir. Pero un día sintió que su mundo se derribaba. Un nudo en la garganta, un vacío en el estómago, un estallido en su corazón, un volcán haciendo erupción en su cabeza. Romina estaba abrazada a un muchacho, buen mozo pero nada del otro mundo, de rulos, ojos claros y contextura mediana. Y el post decía: “Gracias por aparecer en mi vida”. Ella estaba hermosa como siempre, con una sonrisa de oreja a oreja… abrazada a él.

Entonces tomó la decisión más importante de su vida. Se dijo que no iba a permitirse perderla sin haber intentado acercarse a ella. Decidió reaccionar de una vez por todas, enfrentarla y decirle todo lo que sentía por ella desde hacía tanto tiempo. Planificó cómo ese día, a la salida del trabajo, iba a cambiar la estrategia voyeurista por una declaración de amor. Iba a ir a la Facultad, para interceptarla antes de que llegara a su casa. No, mejor la esperaba en el baldío que estaba a un par de cuadras de su casa, así no quedaba expuesto ante todos su compañeros y los cientos de desconocidos que salían de la Facultad de Medicina a esa hora.

Así lo hizo. Fue y la esperó en el baldío, cerca de la vereda. Apenas la vio aparecer la saludó y le dijo: “Necesito hablar con vos. Es urgente… Pero antes, tengo esto para vos”. Y le dio una bolsita de papel de Paco Rabanne con un Lady Million dentro.

Un rato después él estaba arrodillado, sentado sobre sus pies, rodeando el cuerpo de Romina con sus brazos.

- Es increíble Romi… al fin… al fin pude decirte todo, por fin pudiste saber lo que sentía por vos... -dijo con los ojos cerrados mientras olía el cuello de Romina- Esta fragancia es única en vos...

- Joven… quédese quieto… tranquilo… todo va a estar bien… tranquilo… deme eso - le dijo el oficial Scott mientras esquivaba el charco de sangre y le sacaba la cuchilla de su mano derecha.

Volver a empezar

 


Cuando Blas nació, nadie se puso a imaginar seriamente el impacto que tendría su descendencia. Ni mucho menos cómo y dónde terminaría todo.

Corría el año 1865. Italia por entonces era un Reino (que duraría poco, pero reino al fin). Estados Unidos en plena guerra civil veía morir a Abraham Linconln y nacer al Ku Klux Klan. Francia estaba en Disney patentando y regulando el telégrafo. El Reino Unido limitaba la velocidad de circulación de los autos a 16 km/h en el campo y a 5 km/h en la ciudad. Ese mismo año unos galeses desorientados llegaron a las costas de lo que hoy es Puerto Madryn y se convirtieron en los primeros en colonizar la Patagonia al sur del Río Negro. Y nació Blas, en Teggiano, un pequeño pueblo de la provincia de Salerno, en Italia.

Blas tuvo ocho hijos, y el cuarto -el primer varón- se llamó también Blas, nacido en 1898. Blas hijo creció en condiciones muy humildes, trabajó desde muy chico porque era el primero que podía aportar económicamente al mantenimiento del hogar (las mujeres solo se encargaban de limpiar, ordenar, cocinar y criarse entre ellas y luego a sus hermanos menores).

El 28 de julio de 1914 la historia del mundo cambiaría para siempre. En la Primera Guerra Mundial Italia intentó mantenerse al margen. Y casi lo logró. Pero en 1922 de la mano de Benito Mussolini, el fascismo empezó a complicar mucho la vida normal de los italianos y pocos imaginaban que en 1943 iban a ser protagonistas de la Segunda Guerra Mundial que los sumiría en un desastre económico y social sin precedentes. Antes de que eso ocurriera, Italia ya estaba hambreada y con poco futuro. Blas hijo lo sabía, y quiso hacer algo diferente. Allá por 1925 se la vio venir, y entonces habló con Paulina quien por entonces era su novia y le dijo que iba a probar suerte en Argentina.

Y se vino nomás. Llegó, se asentó, consiguió trabajo y se volvió a buscar a Paulina. Apenas llegó la pasión post distanciamiento hizo que en poco menos de dos meses ella quedara embarazada de Miguel. Vendieron todo, se achicaron, dejaron todo listo y como faltaba poco para el nacimiento se quedaron en Teggiano hasta que Miguel cumplió dos meses.

Con Miguel en brazos cruzaron el Atlántico, llegaron a Buenos Aires, buscaron un terreno con una casita modesta que compraron con sus ahorros y se instalaron en un barrio de la zona sur del conurbano, donde había otras tantas familias tanas que se habían animado a dejar su tierra natal.

Nadie hubiera imaginado que a Miguel, le seguirían Antonio, Cono, María, Angel, Roque y Filomena, todos argentinos. Miguel tuvo tres hijos, dos niñas y un varón. Cono murió a los diecisiete cuando un paquete de petardos se le encendió en el bolsillo del pantalón. Antonio tuvo dos varones y una nena, María otros tres varones, Ángel una mujer y un varón, Roque tres más -dos mujeres y un niño- y Filomena los últimos tres (dos varones, una nena). En menos de sesenta años, Blas (hijo) había desparramado su apellido por todo el sur del Gran Buenos Aires. Siete hijos y catorce nietos. Sus nietos, a su vez, tuvieron en promedio dos hijos cada uno, así que se generaron veintiocho bisnietos, un total de cuarenta y nueve descendientes…

Con lo que no contaba Blas es que su hermano menor Rómulo, también se había venido un par de años después y se fue a instalar en Bolívar, al sureste de la provincia de Buenos Aires. Claro, no tenían celulares, ni WhatsApp ni Googlemaps, así que se enteraron mutuamente alrededor de 1960 que estaban a 300 kilómetros. Rómulo tuvo ocho hijos, un promedio de cuatro nietos por hijo, lo que daba veinticuatro, y 2,5 bisnietos por nieto, algo así como sesenta portadores del mismo apellido que los cuarenta y nueve descendientes de Blas. Contando a Blas y a Rómulo, ciento once en total para 1990. Cuando Blas (hijo) murió, en 1996 ya eran ciento veinte.

En 2020, llegaron a doscientos diez. Calculan que cuando se cumplan los cien años de la llegada de Blas, la descendencia de los provenientes de Teggiano llegará a doscientos cincuenta.

De un pueblito minúsculo de donde vinieron dos personas, hoy hay doscientos cincuenta descendientes que, haciendo la progresión geométrica, en 2120 serán treinta y un mil doscientos cincuenta.

Blas, nuestro Blas que llegó en 1925, nunca se hubiera imaginado que iba a ser el origen de más de treinta mil familias que poblaron la Argentina.

Le conté esto a mi hijo. Hoy, él está pensando seriamente en emigrar, en buscar nuevos horizontes en otro país. Y me dijo que ya sabía cómo se iba a llamar su primer hijo: Blas.

-          ¿Por qué Blas?, le pregunté.

-          Porque la historia vuelve a empezar, Pá. Pero en otro lugar.

Juan era Juan

Le dio una palmadita en la espalda.

- Tranquilo, Juan… Tranquilo… Son cosas que pasan… -dijo utilizando la muletilla más inapropiada para un momento así.

- ¿Tranquilo? ¿Tranquilo me decís? No, Javi, estas cosas no pasan… me quiero morir… pero me quiero morir de verdad. ¿Cómo sigue mi vida ahora? ¿Vos te das cuenta? La maté ¿entendés? ¡¡La maté yo!! Se murió ella y me tendría que haber muerto yo…

- No, Juan no seas injusto con vos mismo… vos no la mataste…

No le pudo decir nada más. Repasó mentalmente la escena del momento en el que Juan le dijo a Victoria que si no se animaba a tirarse en parapente con él no se casaban. Ella tenía pánico, pero aceptó el desafío. Corrieron por la cima de la sierra, ella con el arnés atado al de él… el parapente se abrió, empezaron a sobrevolar el valle de Merlo, en el cordón serrano que separa San Luis de Córdoba. Javi los seguía con el dron. De pronto los dos abrieron los brazos como si fueran dos pájaros. Un ruido. Dos. “Trak”. “Trak, trak”… y en un microsegundo al arnés de Victoria se soltó y cayó al vacío. Seiscientos cincuenta metros. Golpeó contra los riscos de la sierra. Rodó. Se desangró. Todo quedó grabado en la GoPro del dron. Los peritos usaron ese video para evaluar la responsabilidad de cada uno.

Durante seis meses, Juan vivió en “slow motion”. Todo lo que pasaba a su alrededor y todo lo que hacía era como una película en cámara lenta. Hablaba despacio. Su caminar se volvió cansino, despojado de ritmo y velocidad. Sus pensamientos se hilvanaban con la velocidad de una tortuga.

Casi no salía. Solo al jardín, de vez en cuando. Y cada vez era el mismo ritual. Caminaba con la cabeza gacha mirando el camino de piedras en medio del parque. Llegaba a la glorieta que estaba cerca del aljibe. Levantaba la cabeza y miraba al cielo.

- Tranquila, Vic… venís conmigo -balbuceaba. Y se quedaba no menos de hora y media mirando fijo el suelo.

Las sesiones de kinesiología permitieron que Juan volviera a caminar a los seis meses. Analía, la kinesióloga, lo hacía hacer ejercicios, le hacía masajes, le hablaba con dulzura como una amiga de toda la vida, lo escuchaba como un psicóloga profesional, lo acariciaba como una enamorada acaricia al amor de su vida.

- Ana me tiene lástima -le dijo un día a Javier.

- ¿Pero vos sos boludo? ¿Por qué decís eso?

- Me doy cuenta por la mirada. Por su actitud…

- ¿Lástima de qué?

- De que soy un asesino exculpado por la falta de intencionalidad… y ella se da cuenta de que mi vida es una mierda, y sin embargo está acá todos los martes, jueves y sábados.

Juan perdió su trabajo, su rutina y su familia. Y perdió a los amigos y a la familia de Vic. Perdió la orientación de su vida.

A los pocos meses el doctor Zavaleta, su médico de cabecera, le dijo que estaba físicamente repuesto en un ciento por ciento. En tanto, la licenciada Arroyo, su psicóloga lo derivó con Leticia Garrigós, una de las mejores psiquiatras del país.

Juan empezó a pintar. Cubismo. Picasso, Braqué, Blanchard o Metzinger se hubieran sentido unos iniciados si hubieran visto la producción pictórica de Juan.

Analía seguía visitándolo los días de kinesio, pero además los domingos, lunes, miércoles y viernes. En resumen, Ana iba todos los días a verlo.

Un día, cuando volvía de su caminata errática a la glorieta. Javier lo atajó antes de que volviera a entrar a la casa.

- Juan, ya es hora de que te dejes de hinchar las pelotas. ¿Hasta cuándo vas a esperar para decirle a Ana lo que sentís?

- ¿Que siento de qué? -dijo él desconcertado.

- Que estás enamorado, Juancho… que la pensás, que la sentís, que la extrañás…

- ¿Yo? ¿A Analía? Nada que ver…

- Juan, decíselo, salí de este encierro, cásate con ella, sé feliz, la puta madre…´

Juan se quedó encerrado en sus pensamientos. Tal vez evaluando que Javi tuviera razón. Pero había algo que todavía no le cerraba. Sentía que le faltaba algo por hacer.

Javier se enteró que a la semana siguiente, Juan finalmente habló con Analía. Y se puso feliz por su amigo. Se merecía salir de tanto dolor.

Dos meses después lo llamaron de la clínica de rehabilitación para darle una noticia inimaginable. Juan estaba encerrado en un altillo, con la puerta encadenada. Pero esa no era la noticia inesperada. Lo que siguió fue desconcertante… o no.

- Sí, señor Javier… la encontramos en el fondo del aljibe…. Según nos dijo otro de los pacientes, Juan le dijo que si si de verdad lo amaba, no podía decir que no, y entonces le dijo que si no se animaba a asomarse por el aljibe no se casaban…

Analía estaba muerta. Y Javier entendió que Juan decía la verdad:

- La maté ¿entendés? ¡¡La maté yo!!

Martes 13

 


Cuando el comisario inspector Mucchi terminó de describir mi misión, creí que era una broma de mal gusto.

Las descripción inicial era atrapante para quien se dedica a la investigación policial: “Es una búsqueda muy complicada”.

Los protagonistas eran interesantes, porque le agregaban relevancia a mi tarea: “Están involucrados el príncipe Reinaldo, la candidata a princesa, novia actual del príncipe, y gran parte de la corte del Rey Sansirano”.

Las coordenadas eran un lujo: “Tiene que ir al Palacio Real, en las escalinatas de acceso ya está el perímetro cercado para que nadie pueda alterar la escena del crimen”.

- ¿Y a quién tenemos que investigar comisario? ¿Hay pistas sobre el asesino? – me entusiasmé.

- No, Fagundez… no hable pelotudeces… ¿qué asesino?... Tenemos que buscar un zapato…

- Jajajajaaaaaa… Jefe, usted está cada día más ocurrente con los chistes… -le dije complaciente, aunque el chiste me pareció malísimo.

- Ningún chiste, Fagundez… buscamos un zapato. Parece que, en la festichola de anoche en el Palacio, una minita despampanante entró sin invitación y le tiró onda al príncipe… y parece que este Reinaldo, que es un bobalicón, se olvidó de que estaba su prometida y la sacó a bailar… Bueno, nadie sabe cómo, cuando se hicieron las doce, la chiquita esta salió corriendo del salón, lo dejó de garpe al príncipe y se fue a la mierda...

Yo no sabía si reírme, si quedarme serio, si poner cara de circunstancia o si decirle a Mucchi que se fuera a la puta madre que lo parió. Pero elegí seguir escuchando a ver cómo continuaba la cosa…

- La cuestión es que el pelandrún del príncipe ahora dice que esa mujer es la mujer de su vida, que si descubre quién es se va a casar con ella.

- Me está jodiendo…. ¿y la candidata?

- Nada, Fagundez, la candidata está llorando desde anoche y los guardias del Palacio no saben cómo hacer para que se vaya sin hacer escándalo.

- Y entonces… ¿qué tenemos que investigar?

- La única pista que tenemos es un zapatito de cristal pedorro que el príncipe encontró en las escalinatas del Palacio cuando salió a buscar a la minita…

- ¿Y con eso qué hacemos? -pregunté con calma, como para no entrar en la joda, y esperando a que Mucchi me dijera que, efectivamente, era una joda y me diera los detalles reales de la misión.

- Hay que agarrar el zapatito de cristal y salir a buscar en todas las posadas de los alrededores del palacio a ver a quién carajo le calza. Y a la que le calza, llevarla al Palacio para que el pelotudo de Reinaldo le diga que va a ser la princesa del reino y que quiere tener un heredero con ella.

Me quedé impávido, en silencio, mirando fijo al comisario inspector. Y con el pensamiento delirante y ridículo de imaginar qué pasaría si el zapato le calzaba a un travesti de la comarca…

- ¡¡Y dele, Fagundez!! ¿Qué carajo está esperando?

- No… no… sí…. sí, comisario­ inspector… ya salgo para allá.

Cuando llegué a las escalinatas del Palacio, había un montón de curiosos que se preguntaban por qué estaban las fajas de “No pasar”, algunos mozos, los cocineros, el director de la orquesta y los asesores del príncipe.

Al pie de las escaleras un zapatito de cristal. Yo le calculé talle 37 o 38. No más que eso. Pero no tenía ni idea por dónde empezar la investigación. No solo porque no tenía idea, sino porque era la pesquisa más pelotuda que me hubieran asignado en mis veinticinco años de carrera.

Una de las testigos que estaba cerca cuando la chica salió corriendo dijo que la vio subirse a un carruaje majestuoso. Que era bellísima y que la cara de la señorita le parecía conocida, porque era casi igual a la hijastra de la viuda del señor Cingulani. "Flor de turra es la vieja - dijo la testigo -, y tiene dos hijas feas como patada en los ovarios y malas como arañas galponeras que, como no está el padre que proteja a la pobre piba, la usan de sirvienta". Que ella se la cruzó varias veces en el almacén del pueblo toda harapienta y con los pelos desarreglados, agregó la testigo. Que la confundía haberla visto tan emperifollada y bien vestida… Pero que creía que era ella. Y agregó que, aunque sabía que no era un dato que ayudara, si el zapato era de la sirvientita ella iba a estar feliz, así las dos yeguas de las hijas de la viuda de Cingulani dejaban de hacerle la vida imposible.

Yo seguía sin dar crédito de la misión que me había asignado Mucchi, de la historia del príncipe, su prometida y la desconocida que le escupió el asado, de la testigo que odiaba a la viuda de Cingulani, y de que todo lo que tenía como elemento de investigación era un zapato de cristal.

Miré el reloj para tratar de ubicarme y casi por acto reflejo vi la fecha. Noviembre 13, martes.  Definitivamente, ese día me tendría que haber quedado en casa. No había forma de que este caso terminara bien.

Martillando la inocencia

¿Quién martilla con tanta intensidad a esta hora de la madrugada? ¿Quién está arreglando qué a las dos de la mañana? ¿Quién golpea tanto? ¿Y por qué tan parejito? ¿Por qué no termina nunca? Desde la 1.30 AM no puedo pegar un ojo porque escucho cómo del otro lado de la medianera viene un sonido intenso. Y casi cuarenta minutos después me percato de que el ritmo era parejo: Toc – Toc – Toc-toc – Toc - Toc – Toc-toc – Toc – Toc - Toc-toc… Y así vuelve a empezar mil veces.

Mi perra Pinky se impacienta. Empieza a ladrar desaforadamente con el hocico casi pegado a la pared y moviendo la cola frenéticamente. Los caniches no son muy aguerridos ni agresivos, pero cuando ladran hacen mucho ruido. Pinky corre de una pared a la otra, salta, gruñe. A esta altura, su ladrido es constante y persistente. Nunca imaginé que tuviera semejante resistencia para no parar de ladrar.

Ahora empiezo a escuchar los gritos ininteligibles de la viejita rusa (y cuando digo rusa, digo rusa de Rusia, nativa, con un manejo del español que llega a apenas el veinte por ciento de todo lo que habla) del octavo A, el departamento arriba del mío. Deduzco que está insultando en ruso, porque no entiendo lo que dice, pero lo que dice lo dice con el mismo tono que yo diría “¡¡¡¡Pará de golpear la reputa madre que te parió!!!!”, pero que no lo hago -todavía- porque quiero tratar de buscarle una explicación a semejante barullo. Entre Pinky, la rusa y el “toc-toc” generan un aturdimiento insoportable.

Pienso que tal vez darle de comer es una buena estrategia para que deje de ladrar, saltar y gruñir. Error. Le importa un rábano que yo agite su plato con comida fresquita. Siegue obsesionada por el ruido del otro la pared.

Voy hasta el baño, revuelvo los cajones en busca de algo para tapar mis oídos, encuentro un paquete casi entero de algodón Estrella que desconozco como llegó ahí, yo nunca compro, seguro que fue Ximena, mi última ex novia que odiaba los cotonetes para limpiarse las orejas y los separadores de dedos cuando se arreglaba las uñas de los pies. Y para todo usaba algodón. Al menos algo bueno antes de irse había hecho. Hice dos bollitos y los metí en mis orejas hasta que casi hicieran tope.

El ruido generalizado es tan ensordecedor que ni el algodón puede con él. Doy vueltas por mi cuarto pensando qué hacer, cómo solucionar esta situación insoportable. Me decido. Tengo que ir y tocar el timbre del séptimo A del edificio de al lado. No queda otra. Tengo que parar a ese energúmeno.

Me pongo el rompevientos encima de mi remera de dormir, las bermudas cargo y las crocs y encaro al ascensor con determinación. De repente el ruido para. Retrocedo puteando y vuelvo a la puerta de mi departamento. Cuando estoy entrando, otra vez: “Toc-toc, toc-toc-toc”.

-          ¡¡La reputísima madre!! -digo volviendo sobre mis pasos hacia el ascensor.

Bajo y ya desde el pasillo que da al palier del edificio noto que afuera, en la calle, hay un aglutinamiento de gente poco habitual para un miércoles a las 2.47 de la mañana. Salgo y trato de descifrar alguna de las siete conversaciones en paralelo. El denominador común es que nadie entiende qué pasa, todos están enfurecidos por no poder conciliar el sueño, todos protestan (sí, muchos putean muy groseramente) y, lo peor, es que nadie sabe quién está en el séptimo A, pero los martillazos siguen y siguen.

El departamento está desocupado hace cinco años cuando murió el dueño, un anciano de noventa y tres años que -dice la señora gorda del séptimo B que vive ahí hace veinte años- tenía la carpintería en la esquina del departamento, en la esquina de Ciudad de la Paz y Olleros. El viejo no tenía familia ni herederos conocidos. La carpintería y el departamento, no se abrían desde hacía 1.915 días… básicamente, desde que los del séptimo C le avisaron al portero (perdón, al encargado, porque como todos odia que le den el título de cuidapuertas cuando en realidad es el dueño de todos los movimientos del edificio y se encarga de transportar todos los chismes con sutileza… por eso es encargado y no portero) que un olor hediondo salía de esa puerta.

Llega la policía. La jueza civil que es amiga de la tipa del sexto A. El fiscal que interviene de oficio (no tan de oficio porque lo llamó el astrólogo del octavo B). Según intuyo la carátula de la causa (vamos, entre nosotros esto no amerita una causa) será “Ruidos molestos agravados por el vínculo”… el vínculo de vecinos, ponele.

- ¡¡¡Hay luz en el séptimo!!! -grita el gordo del quinto A que estaba parado con su mujer en la vereda de enfrente.

Todos cruzan corriendo a verificar la versión. Miran atónitos cómo se levanta la persiana. Se abre la puerta ventana. Una silueta encorvada se asoma al balcón. Muchos se restregan los ojos. La médica del quinto A achina la mirada para tratar de ajustar la visión. La sombra de esa figura extraña que se asoma al balcón porta un martillo en la mano. “Es el car… pin... tero” -dice entrecortada la señora con ruleros de no sé qué departamento. “Síiiiii… don Luis..” -afirma el encargado del edificio de al lado, desencajado, con los ojos como dos huevos fritos.

En eso vuelvo a mirar hacia arriba en el preciso instante, ante el grito generalizado de estupor y miedo, se ve caer pesadamente el cuerpo del carpintero. Los más valientes salen disparados a socorrer al hombre muerto hace cinco años y pico…

Cuando llegan a la vereda del edificio solo encuentran un mameluco azul. Y un martillo. Pero ni rastros del cuerpo. Y un bollo de papel. La jueza pide que todos se aparten. La policía hace una cadena humana alrededor. El fiscal se acerca. Pide un testigo. Me señala. Me acerco. Se agacha y levanta el bollo de papel. Lo abre lentamente pidiéndome que preste mucha atención. Lo despliega. Lee: “Feliz día, hijos de puta…”. Sí. Es 28 de diciembre.


Marcela

 




La vida es circular. Uno va y viene como dando vueltas, casi sin darse cuenta, pasando siempre por los mismos lugares. Lugares de repetición, lugares de elección, lugares de nostalgia, lugares de alegrías. Y también, lugares de amor.

Desde que cumplí los quince años mi vida dio tantas vueltas y por tantos lugares que es razonable que por momentos sienta esa sensación de mareo que te da la calesita después de la tercer ronda buscando atrapar la sortija.
Pero en todas las vueltas, en distintos momentos, apareció siempre la imagen de Marcela. O mejor dicho, la imagen que a mí me quedó de Marcela. Porque uno no se olvida así nomás de la primera novia. Y cuando hablo de novia, hablo de la que de verdad nos robó el corazón y no la necesidad de canalizar la libido. Es que, a esa edad, a veces uno se confunde. Pero en mi caso, estaba claro. Mi atracción por Marcela iba más allá del sexo. No me animaba a definirlo como amor, pero al fin y al cabo se le parecía mucho.

La cuestión es que finalmente fuimos noviecitos. Casi durante seis meses, que para mí en ese momento era como una eternidad. Porque a mis quince, aunque siempre fui un enamoradizo empedernido, me costaba mucho esa cosa de la continuidad, de ir a la matineé a encontrarte siempre con la misma piba. Habiendo tanta oferta y tanta testosterona suelta, como que abrojarte como una sanguijuela a una sola presa era un desperdicio. Por eso, mis “relaciones” duraban como mucho un mes… cuatro fines de semana yendo al boliche (a las seis de la tarde, ¡¡qué antigüedad!!) sin poder mirar ni encarar a otra minita era suficiente tortura. Si pasabas del mes, era algo muy parecido al amor. Sí, amor adolescente, pero amor al fin.

Bueno, imagínate seis meses… estabas engrampado hasta las muelas. Así que podría decirse, sin temor a equivocarse, que Marcela fue mi primer amor.

- Abuelo, Marcela es nombre de vieja- me dijo mi nieto mayor cuando le conté la historia con los recortes necesarios

- ¿Cómo de vieja? ¿Quién te dijo? - le pregunté.                                                      

- Sí, Abu… nadie de mis amigas se llama así…. Ni sus mamás… Así que debe ser un nombre de vieja…

Obvié la referencia etaria y seguí sumergido en mis pensamientos.

Con Marcela volvimos a encontrarnos a nuestros casi treinta. Ella a punto de recibirse de odontóloga, yo terminando mi segunda carrera terciaria gracias a la inmadurez y la indecisión que te da tener que elegir a los diecisiete años qué vas a ser y a hacer el resto de tu vida. En ese café icónico de Corrientes y Montevideo, pasamos cuatro horas charlando, riéndonos y compartiendo nostalgias de otros tiempos.

Ella estaba de novia hacía cuatro años con un arquitecto seis años mayor que ella. Estaban pensando en irse a vivir juntos, pero la familia de él era un poco tradicional y no estaba de acuerdo. Por eso él le propuso casamiento. Y ella le había dicho que sí, pero -me confesó- no se sentía del todo preparada para afrontar un matrimonio.

Yo también estaba de novio. Con Mariela, una estudiante de Sociología dos años menor que yo. “Al final, no cambiaste tanto…. Solamente una letra” - dijo ella antes de reírse con tanta naturalidad y sarcasmo que no pude reaccionar para evitar la simplificación de pensar que, de Marcela a los quince a Mariela a los treinta, por mi vida no habían pasado muchas otras mujeres. Mi perfil de donjuán acababa de quedar reducido a cenizas con esa sola frase.

Un rato después de ese incidente y varias risas después, nos despedimos bajo promesa de seguir en contacto sin importar que fuera de nuestras vidas.

La verdad es que eso nunca ocurrió. No seguimos en contacto, pero ella siguió presente en mi vida durante mi noviazgo con Mariela, mi concubinato fallido, mi relación con Karina, mi convivencia con Luciana, mi matrimonio con Valeria, mis dos hijos Celeste y Ramiro, mis dos amantes fugaces de las que ni siquiera recuerdo el nombre, durante la primaria de mis nietos, durante la secundaria fugaz seguida de sus relaciones libres e independientes (para mí inentendibles), durante mi jubilación y hasta en los viajes de “placer” por distintos lugares del país y del mundo. Marcela siempre, pero siempre, estaba presente en mis recuerdos, en mis deseos o en mis elucubraciones sobre “qué hubiera pasado si…” que nunca tenían una única respuesta.

Hoy, a mis ochenta y siete, sé que me quedan pocos cartuchos en esta pistola de la vida. Por eso, con la ayuda de Ramiro, empecé a rastrear a Marcela, para saber si todavía estaba viva, si tenía una familia, un hogar… Ramiro buscó en Instagram… nada… ninguna de las combinaciones de búsqueda nos llevó a Marcela. Buscó en Google. Tampoco… “Hay mil, abuelo, es imposible”. Buscó en Facebook. Tampoco. Instagram. Menos.

- ¿Y si buscás en la guía?

- ¿Qué guía, Abu?

- En la guía telefónica…

Me miró como si estuviera hablando en sánscrito. Y le expliqué que hasta no hace mucho te llegaban unos libracos con los listados de teléfonos de todos los que tuvieran una línea registrada a su nombre.

- Abu, eso no existe más… ahora tenés Telexplorer para eso.

- Y bueno… dale… buscá ahí… -dije entusiasmado…

Ramiro buscó. Y encontró. Marcela Konz, vive en Yerbal 1117 4to A. Teléfono 3274-3589.

Llamé. Sonó siete veces. Una voz de mujer atendió:

- ¿Sí? Diga…

El timbre de voz era inconfundible. Era ella. Era Marcela. El amor de mi vida. Sesenta años después. Me temblaban las piernas, las manos, las cejas… Corté. Respiré profundo. Sentí paz y alegría al mismo tiempo. Ella estaba viva. Y la dulzura de su voz seguía intacta. Ramiro me miró y me dijo:

- Abu… se te ve feliz… no entiendo… ¿por qué no seguiste hablando?

No hacía falta. Ya podía morir en paz. Ella estaba viva, pero viva de verdad. Lo demás no importaba.

jueves, 23 de mayo de 2024

La mujer de la bolsa

 


Cerró la puerta con llave. Caminó media cuadra hasta la parada del 152 que la dejaba en la puerta de la Facultad. Según sus cálculos iba a llegar exactamente cinco minutos antes de las 10. Justo a tiempo para la clase de Psicología. Estaba muy dormida. Muy.

El bondi estaba atestado de gente. Ella subió, pagó su boleto y encaró con intenciones de forcejear para llegar al menos a la mitad del colectivo, cerca de la doble puerta para bajar. Es toda una aventura atravesar la marea humana esquivando mochilas, carteras, evitando que te pungueen o que te toquen el culo.

La cruzada por llegar a pararse cerca de la puerta se convierte en una carrera de obstáculos. Además de esquivar todos los bártulos que llevan los demás, uno le suma los propios. Y hay que desplazarlos como en un Tetris viendo donde calzan para seguir avanzando: ahora tu mochila casi por el piso para esquivar la carterota de la señora mayor, luego levantarla, llevarte el bulto al cuerpo, ahora pasarlo para atrás… Curiosamente, la tarea le demandó mucho menos esfuerzo que el que pensaba. Casi como se tratara de Lady Di entrando a una ceremonia, la gente le abría paso y le dejaba espacio, solo que con esas caras extrañas e indescifrables mezcla de sueño, odio, enojo, falta de sexo y asco. “La gente está muy mal -se dijo-, tan temprano con semejante cara de orto”. Pero como consiguió su objetivo, se limitó a poner su mochila entre las piernas, apretarla fuerte, y sacó del bolsillo del saco la versión ídem de "Harry Potter y las reliquias de la muerte".

Mientras iba absorta en la lectura, se sintió afortunada por haber llegado rápido a ubicarse donde quería. Y más aun porque nadie se le había pegado, ni la empujaba, ni quedaba apretada contra el caño pasamanos. Todo iban bien, pero de pronto un olor nauseabundo comenzó a desconcentrarla. Empezó a mirar hacia los costados disimuladamente -con su rostro apuntando al libro como si estuviera leyendo- tratando de identificar de quién provenía el vaho. Era muy intenso y desagradable. Pero no era olor a transpiración, ni a rancio ni a bolas ni a las flatulencias que alguien despedía en el anonimato de la multitud. Era una mezcla de olor penetrante a carne en descomposición, yerba húmeda y grasa, todo en un mismo aroma. Insoportable.

A las pocas cuadras ya le costaba respirar y contaba los metros hasta llegar a la siguiente parada para que se abriera la puerta y circulara algo de aire. La gente que se bajaba, aparentemente también lo notaba. Vio a una mamá con su hijita con cara de asco que la miró desde la vereda arrugando el ceño y agitando la mano de izquierda a derecha reiteradas veces delante de su nariz. Un señor gordo, que para ella hubiera sido el sospechoso, bufó y resopló fuerte mientras daba saltitos en los escalones de salida del bondi. Pero no se llevó los aromas con él, al contrario, se hicieron más fuertes.

Se corrió unos pasos más al fondo, pero el pestilente olor parecía seguir cerca de ella y no lograba identificar quién era el hijo de puta que olía de esa manera. Faltaban todavía cuatro paradas para llegar a la Facultad. No aguantaba más esa hediondez insoportable que ya sentía como si envolviera todo su cuerpo desde los pies, la cintura, la garganta… “Qué asco por Diosssss… Llegar a la Facu con esta baranda” pensó. Tomó la decisión de bajarse antes a riesgo de llegar tarde a su clase. No daba para más. Quien fuera que olía tan feo lo disimulaba demasiado bien.

Cuando en la siguiente parada se abrieron las puertas, tomó del piso su mochila, dio dos zancadas, bajó la escalera y dio un saltito. Se quedó parada, inmóvil hasta asegurarse de que el colectivo arrancara y se llevara esa tortura olfativa. Pasada la bocanada de humo negro del gasoil que salió del caño de escape del bondi, se preparó para respirar hondo y cambiar el aire. Lo hizo. Inspiró con fuerza… pero se desesperó cuando sintió el mismo olor nauseabundo. Quería salir corriendo.

Agarró su mochila y, por primera vez, quiso colocarla en su espalda para caminar más cómoda las 12 cuadras hasta su Facultad. No pudo. La mochila no tenía las correas para pasar los brazos. La mochila no tenía correderas ni bolsillos ni cierre. La mochila, su mochila, no era una mochila. En ese preciso instante se dio cuenta de que cuando salió de su casa, en lugar de agarrar la mochila, tomó la bolsa negra de residuos con toda la basura del día anterior que había dejado detrás de la puerta para sacar cuando saliera hacia la parada.

Sintió que se incendiaba por dentro, que sus cachetes estaban al rojo vivo, que todo el mundo la miraba, que todos los pasajeros de ese viaje no olvidarían más su cara. No fue a la clase de Psicología. Tomó un taxi de vuelta a casa y en el camino llamó a su psicóloga.

Gina

 


Las legañas no me dejaban despegar los ojos. La cabeza me estallaba. Me levanté en la oscuridad y, a tientas, llegué hasta la ventana. Cuando el sol entró por las hendijas de la persiana fue como si me hubieran clavado cientos de alfileres en los ojos. Y alguien hubiera salido de dentro del placard y me hubiera dado un hachazo en la frente.

Pasaron unos cuantos segundos hasta que pude volver a abrir los ojos sin achinarlos. De a poco logré ir haciendo foco en todo lo que me rodeaba: la cama revuelta, mi almohada en el piso, el vaso de agua en la mesita de luz, los zapatos en rincones opuestos de la habitación, una de las medias sobre la silla del rincón, la otra inexplicablemente colgada de la manija de la puerta. “Debe haber sido Gina”, me dije. Esa gata siamesa tan bonita pero tan insuperablemente traviesa cuya costumbre favorita era jugar con mis medias durante toda la noche.

Giré lentamente la cabeza hacia la ventana y, esta vez por precaución, achiné los ojos antes de enfrentar el fulgor del reflejo del sol que atravesaba el vidrio. Di dos pasos con lentitud para acercarme a la ventana y correr la cortina de voile que apenas reducía el resplandor de la luz externa. Allí, detrás de ese haz de claridad, estaba el jardín. Un jardín modesto en el que solo había césped porque nunca fui bueno cuidando plantas. Y por eso, nunca tuve plantas ni flores ni huerta. Sólo césped, pero solo grama bahiana, que requiere menos cuidados. Necesitaba un poco de verde, y la grama bahiana me daba lo que necesitaba sin mayor demanda.

Cuando empecé a abrir los ojos y miré hacia el jardín sentí que estaba alucinando. O que todavía la fotofobia que me atormentaba esa mañana estaba en su peor momento. Me restregué los ojos y me saqué dos legañas enormes. Volví a mirar. Un frío helado recorrió toda mi columna vertebral. Mis latidos se aceleraron a una velocidad a la que nunca en mi vida imaginé que podría bombear mi corazón. Abrí una de las hojas de la ventana y asomé mi torso para ver mejor.

En el centro exacto del jardín, en medio de un enorme charco de sangre, había una especie de estaca, como esas de metal enorme que se usan para asar corderos, lechones o chivitos, pero hecha con trozos del cajón de manzanas que había quedado en el patio y atado con tiras de la sábana verde que dejé colgada la noche anterior en el tender.

Y en la estaca, Gina, mi gata, con todo el cuerpo abierto al medio, las entrañas colgando, las cuatro patas atadas a la estaca, la cabeza prolijamente tirada hacia adelante. Lo espeluznante del cuadro se completó cuando noté que no tenía los ojos y le habían cortado las orejas.

Me temblaban las piernas. Mi respiración se entrecortaba. Corrí hasta la mesita de luz. Quise agarrar el celular para llamar al 911 y la flaccidez de mis manos hicieron que saliera despedido violentamente hacia la pared y la pantalla se hiciera añicos. “¡¡El WhatsApp web!!” dije para mis adentros, recordando que fue lo último que minimicé antes de que la borrachera me venciera. Ni siquiera podía recordar con quién había estado hablando, pero sabía que quien fuera podría hacer algo por mí.

Fui a los tumbos hasta el pequeño escritorio de pino en el que estaba mi laptop abierta. Moví el mouse como pude con mi manos temblorosas. La pantalla comenzó a iluminarse lentamente. Cuando quise abrir la ventana del Chrome, hice click en varios íconos del escritorio sin lograr acertar en el círculo tricolor con el punto azul en el medio. Se abrió una planilla de cálculos en blanco. Luego el reproductor de música. Le siguió la bandeja de entrada de Outlook…  No puedo saber cuánto tiempo quedé inmóvil y pálido mirando la lista de correos no leídos, resaltados en negrita. Había tres que habían entrado durante la noche: uno de Carla de Turismocity, inexplicablemente ofreciendo alternativas de viajes para cuando el aislamiento al que nos sometió la pandemia nos deje ir más allá de las cinco cuadras a la redonda; otro de la compañía de luz, recordándome que mi factura vencía en dos días…. El tercero fue el que me provocó pavura. Era un correo dirigido a mí, obviamente, cuyo remitente era… yo.

Dudé mucho del origen de ese correo pensando en hackers, en qué tan borracho hubiera estado como para haberme enviado un mail a mí mismo, en quién me estaría haciendo un chiste… Finalmente, la curiosidad y el desconcierto me hicieron olvidar por un segundo la imagen horrorosa de Gina estaqueada y destripada en el medio del jardín. Hice doble click y se abrió a pantalla completa el correo de marras. Había una sola frase, a Arial Black a tamaño 42: “Cuidado con lo que hacés”. Nada más. Ni firma. Ni datos. Ni alguna explicación de todo lo que estaba pasando.

Me recosté sobre el sillón tirando la cabeza hacia atrás y el torso hacia adelante hasta quedar haciendo casi una plancha entre el respaldo y el asiento. Cerré los ojos. Traté de hacer memoria buscando respuestas de no sabía qué, no sabía dónde. Me dormí. O eso creí. Sentí calor en el pecho. Y también sentí cómo un líquido tibio recorría mi esternón hacia el ombligo. Algo me hacía cosquillas en la barbilla. Hice un esfuerzo hercúleo para volver a abrir los ojos. Despacio, para evitar la fotofobia. Sin moverme miré hacia abajo, hacia mis pectorales. Lo que me hacía cosquillas eran los bigotes del hocico de Gina. El calor en el pecho eran las tripas de Gina, abierta al medio con sus patitas casi abrazándome y su sangre corriendo por mi abdomen. En los agujeros de los ojos ausentes de mi gata, había dos rollitos de papel diminutos. Intentando no moverme mucho para que no seguir derramando sangre, saqué los dos rollitos de los ojos de Gina. Estaban numerados. Abrí lentamente el que tenía el número 1. “La respuesta está en vos mismo”. Desorientado, abrí el rollito número 2. “Sí, fuiste vos. Vos me hiciste esto. Vos te hiciste esto. Vos y el alcohol. Traté de cuidarte. Traté de protegerte. Pero seguiste tomando. Te avisé. Un día me vas a encontrar muerta. Fuiste muy cruel. Al menos podrías haberme dejado los ojos celestes. Juro que no me vas a olvidar. Gina”.

Hoy se cumple un años desde ese día. Hace ocho meses que no tomo. Un día por vez. Mi grupo de AA me contuvo y me acompañó después de los seis meses de internación. Desde entonces, entendí un montón de cosas… menos, qué fue lo que pasó esa noche.

Walkman

 


Un walkman. Hacía al menos treinta años que no veía uno. Pero el tipo lo portaba colgado en su cinturón con una hidalguía y un orgullo propios de quien no disimula para mostrar su Iphone último modelo.

Un walkman supone un cassette. Esos con cinta, de los que si se enganchan en los cabezales reproductores te provocan el vacío más grande y una angustia semejante a la de haber perdido un anillo de platino con diamantes incrustados.

Y un walkman supone una birome, sí un bolígrafo, BIC en lo posible, para ahorrar pilas cuando querés volver a escuchar ese tema que te parte la cabeza y comenzás con esa ceremonia casi mística de colocarlo del lado correcto, esperar a que se trabe en los dientes del carrete elegido y empezar a girar violentamente la mano en círculos para que el cassette comience a dar vueltas como una calesita diabólica alrededor de tu mano, mientras ves cómo la cinta que está en el carrete opuesto va disminuyendo a la vez que la que se enrosca en el que está la birome engorda y engorda… y en el medio casi podés escuchar cómo esa canción, esa que querés volver a escuchar pasa en reversa como un mensaje satánico de esos que, decían algunos, se escuchaban en los temas de Xuxa o en Stairway to heaven de Led Zeppelin.

Lo peor (o lo mejor si uno lo piensa como un ingrediente gestáltico que compone la imagen de ese hombre que acababa de traspasar la puerta del kiosco) es que en la cadera opuesta, colgaba del cinturón una suerte de cartuchera de cuero con cuatro bolígrafos BIC, con prolijo capuchón blanco, pero el cuerpo de la birome de los cuatro colores que componían el arcoiris BIC de los ochenta: uno negro, uno azul, uno rojo y uno verde, un portaminas Schaeffer impecable y una lapicera Parker de pluma, de esas que llevan un cartucho cónico en el interior y un capuchón color plata opaca esmerilada que parecía casi sin uso.

 Los auriculares no eran ni esos grandotes que están de moda hoy (en los ochenta, andar con eso por la calle era un papelón inimaginable) ni tampoco de esos minúsculos, tipo earphone, que apenas se asoman del oído (en los ochenta eso no solo no existía, sino que parecía algo de ciencia ficción). No, era un Sony con esos protectores redondos que parecían dos esponjas, que se destacaban de la vincha plateada y negra que le aplastaba los rulos, cómplices ideales para esconder la estructura del auricular en la maraña de pelos del hombrecito.

- Hola… buenas tardes -dijo sacándose el auricular del oído izquierdo.

- Sí, qué tal… ¿qué buscabas? – le respondí escaneándolo de arriba abajo y sin pode quitar mi vista de las botas tejanas con motivos cosidos, puntiagudas y con el taco apenas gastado.

- ¿Me das un Tubby 4? -me dijo con naturalidad.

Yo no sabía si me estaba cargando, se estaba haciendo el pelotudo o realmente me estaba pidiendo una golosina que se dejó de fabricar hace treinta años.

- No… no me quedó ¿sabés? -le dije irónico, con mi mejor cara de pelotudo para seguirle la corriente.

El tipo se quedó pensativo. Del bolsillo del chaleco (recién me percataba de que tenía un chaleco negro sobre su camisa Calvin Klein blanca impoluta) sacó una cajita de chicles Adams amarilla, de las que eran largas y chatas, todavía con el papel celofán por fuera. Pero no eran de los últimos que alcancé a ver en 2015 con packaging moderno, antes de que cerrara en Colombia la última fábrica que los distribuía. Tenía la caja original… la abrió, sacó el cuadradito blanco y se lo llevó a la boca. Temí que cuando lo fuera a morder le estallara en pedazos la dentadura, porque mi experiencia indicaba que después de un tiempo, pasado el vencimiento, morder un Adams era como masticar un pedazo de diamante en bruto. Sin embargo, el chicle emitió el crujido típico que surgía cuando se quebraba la cobertura azucarada cuando uno le hincaba el diente.

- Uhhh… Bueno… qué macana… se ve que no están llegando al barrio porque hace como veinte años que no lo consigo… -espetó.

Yo seguía sin saber si el tipo me estaba cargando, si había estacionado la nave nodriza en la esquina, o si se había bajado del Delorean de Volver al futuro y lo estaban esperando Marty McFly y el Dr. Brown en la puerta.

- Ah, mirá qué loco… -atiné a decir con mi mejor cara de póker. No, no iba a entrar en la gastada de este nabo que me viene a verduguear un miércoles a las dos de la tarde.

Guardó la cajita de Adams en su bolsillo y mientras mascaba suavemente el chicle volvió a la carga:

- Sí, no sé qué estará pasando… pero bueno… dame una Teem y un paquete de papas fritas bien secas -dijo sin que se le moviera un pelo.

Estaba a punto de recontraputearlo porque me di cuenta de que claramente me estaba tomando por boludo. Pero justo entró al kiosco una señora mayor, encorvada, de pelo blanco y apoyándose en un bastón. No me parecía correcto que la pobre mujer pasara el mal momento de escuchar el listado de barrabasadas que tenía para decirle al tipo.

- ¿Señora? -le dije ignorando al pelotudo que miraba desorientado y se tapaba la cara con la mano derecha, para atender a la señora rápido y después poder mandarlo bien a la mierda- ¿en qué puedo ayudarla?

- No, querido -dijo con voz temblorosa- no me ayudes, no necesito. Lo vengo a buscar a él… -y se dirigió derecho al tipo que, escondido detrás de su mano, trataba de hacer de cuenta que no veía nada de lo que estaba pasando.

A los pocos segundos, entraron dos hombres con ambo verde, camisolín de manga corta, celular en una mano y en la otra uno con un chaleco blanco como de tela de avión, y el otro como con un barbijo pero de cuero. Yo no entendía que estaba pasando, y entonces escuché a la señora:

- Vení, Ricardito, vení… no pasa nada. Acá tampoco hay... Vení, que los doctores te van a llevar a un kiosco donde hay todo lo que vos querés.

Aquelarre

 

- Buenas noches… Gonzalo Dachs y señora, mesa 13 -le dijo adelantándose a la pregunta de la recepcionista, una rubia despampanante con un ajustadísimo vestido que dejaba ver sus curvas generosas y que Gonzalo recorrió mientras su mujer le pellizcaba disimuladamente el brazo.

El maitre los acompañó unos metros y les indicó amablemente cuál era su mesa, que todavía estaba vacía. Se acomodaron con Juana, su esposa, en dos sillas que les permitía quedar frente a la que, aparentemente, era la mesa de los novios.

De pronto una pareja de treinta y pico se acercó a la mesa, saludó cordialmente y se ubicaron enfrente de Juana y de Gonzalo. Él solo atinó a mirar a la joven mientras se sentaban y le dijo: “Mesa 13… ¿será de suerte o de yeta?” y lanzó una carcajada forzada.

Luego llegó otra pareja un poco mayor, unos 45 ella y unos 40 él, y se sentaron a la izquierda de Juana. Todos cuchicheaban entre sí, sin interactuar con los demás. Claramente, ninguno de ellos conocía a los otros.

Cuando llegó la cuarta pareja (él un tipo elegante y apuesto de unos 55 años, ella una bellísima mujer de no más de 25 o 26) ocuparon las dos sillas que quedaban libres mientras sonriendo delicadamente meneaban la cabeza en señal de algo parecido a un saludo. Sin dudas, tampoco conocían a nadie.

- ¿De dónde me dijiste que conocías a este que se casó? – preguntó Juana, entre curiosa e incómoda.

- De las canchas de pádel, amor… ¿te acordás que el año pasado empezamos a jugar también los jueves? Los martes es con el Pela, Cristian y Adrián. Y los jueves con Julián, Marcos y Andrés. Bueno, Andrés es el que se casó hoy.

- Ah... no conozco a ninguno... ¿Y los otros? ¿No vinieron? ¿No es ninguno de estos tres?

- No, no… no sé, capaz que no podían… la verdad que últimamente como Andrés estaba con el tema de los preparativos, suspendimos y casi no hablé con el resto…

De pronto una invasión de mozos empezó a llenar las copas de champagne en todas las mesas. Pocos segundos después se encendieron unos reflectores muy potentes y comenzó a sonar “My first, my last, my everything” de Barry White a todo volumen. Se abrió la enorme puerta de madera y los novios entraron casi corriendo, felices y sonrientes, saludando a todos y escuchando el aplauso estruendoso que venía de todo el salón.

Se apagaron todas las luces y solo quedaron los seguidores enfocando a la feliz pareja. El volumen de la música fue bajando lentamente y alguien se acercó agachado a alcanzarle un micrófono a Andrés. Los aplausos fueron desapareciendo armónicamente.

- Buenas noches a todos y muchísimas gracias por acompañarnos en este día tan maravilloso para nosotros. Es un placer compartir con todos ustedes este momento tan emocionante… Y para que nada interrumpa la fiesta después queremos decirles unas palabras antes de empezar a comer…

Volvió el aplauso general, con gritos y silbidos, mientras Andrés hacía señas pidiendo silencio.

- Antes que nada, gracias a nuestra familia que siempre nos apoyó -dijo Andrés mientras se encendían los reflectores sobre las mesas 1, 2 y 3 y se veían las caras emocionadas de los padres, las lágrimas de las madres y las sonrisas llorosas de las hermanas de Mariana.

- Gracias a toda esta gente linda de la secundaria, que nos vio cuando Nani y yo empezamos a salir hace ya diez años -siguió mientras los reflectores enfocaban las mesas 4, 5 y 6 y se escuchaba el griterío de más de 20 jóvenes desaforados.

- A los cumpas del Ministerio... mil gracias, chicos, en serio… un lujo tenerlos acá. Con ustedes paso casi más tiempo que con Nani -reflector en las mesas 7, 8, 9 y 10. Risas. Copas levantadas.

Juana se acercó al oído de Gonzalo y le susurró: “Qué forma rara de entrar al salón… nunca la vi”. Él asintió con la cabeza. “Es gente muy… poco convencional” aclaró. Ella trataba de imaginar cómo sería el saludo para esa mesa en la que eran todos ilustres desconocidos. Él se secó una gota de transpiración en la frente. Prefería no pensar.

- Ahí -dijo mientras se iluminaban a pleno las mesas 11 y 12- las más grosas, las chicas del jardín, las compañeras de Nani que tantas tardes han compartido haciendo manualidades para los peques…

Gonzalo empezó a sentir palpitaciones. Y calor. Soltó la mano de Juana.

- Gonza, Raúl, Lucas, Sebastián… qué decirles… Son parte importantísima de nuestra pareja… -el reflector enceguecía y Gonzalo no paraba de transpirar-. Ustedes no se conocen, pero hace más de un año que en distintos momentos compartieron nuestros jueves maravillosos en Aquelarre. Gracias por el respeto y el cuidado que siempre tienen por ella y por mí.

Mientras Andrés agradecía a la mesa 14, se escuchó un griterío del que sobresalió un “¡¡¡Hijo de mil putas!!!! ¿Así que Aquelarre? Hijo de putaaaaa…”

En pocos segundos, en la mesa 13 quedaron todas las sillas vacías. Y todo por Aquelarre, el boliche swinger.

Semáforo rojo

  Se puso la blusa de raso celeste inmediatamente después de abrocharse el corpiño. Subió el pantalón blanco con una mano, a los saltos mien...