martes, 2 de julio de 2024

Semáforo rojo

 


Se puso la blusa de raso celeste inmediatamente después de abrocharse el corpiño. Subió el pantalón blanco con una mano, a los saltos mientras, con la otra mano, intentaba acomodar los cabellos enmarañados. Los zapatos de taco aguja los calzó a la fuerza. Agarró las llaves del auto de un manotazo, la cartera y corrió hasta la puerta del departamento. Estaba empapada en una mezcla de sudores, nervios y dos horas de sexo apasionado con Mariano. Lo miró de reojo mientras se iba. Roncaba profundamente. “Después lo llamo”, pensó.

Apretó el botón del ascensor varias veces como si la repetición de ese movimiento acelerara la llegada. Nunca bajó siete pisos con tanta ansiedad. Eran las 4.30. “¿Cómo mierda me quedé dormida? ¿Se puede ser tan pelotuda?”.

Le quedaban exactamente 45 minutos para llegar a su casa, bañarse, secarse el pelo, ponerse el camisón y meterse en la cama antes de que Adrián llegara de la guardia de los miércoles. Ella siempre salía con tiempo, pero esta vez, después de tantos orgasmos, posiciones y cabalgatas sobre Mariano, se recostó en su pecho y se durmió. En los segundos eternos que duraba el viaje en ascensor no dejaba de preguntarse “¿Por qué pude quedarme tan relajada acariciando el pecho de Mariano?”. Pensó que realmente el “touch and go” propuesto ya llevaba diez meses. Y no lo estaba pudiendo manejar.

Salió corriendo. El tiempo era justo: 25 minutos para llegar; 10 para sacarse la ropa, meterla en la lavadora, quitarse el maquillaje y bañarse; 5 para secarse el pelo, ventilar el baño y dejar todo ordenado; 5 minutos para ponerse el camisón, desarreglar un poco la cama y meterse adentro para generar calorcito como si hubiera estado durmiendo desde hacía horas.

Tomó la avenida a ochenta kilómetros por hora. De repente, un semáforo se puso en amarillo. Aceleró, pero no pudo evitar pasar con luz roja. Cincuenta metros después escuchó una sirena, miró por el espejo retrovisor y vio las luces azules del patrullero detrás de su auto. “¿De dónde salieron? Qué ganas de romper las bolas… ¿A tres cuadras de casa me tienen que parar?”.

Mientras les daba a los policías el registro de conducir, la cédula verde y el comprobante del seguro veía cómo pasaban segundos valiosísimos para impedir la catástrofe de que Adrián llegara a su casa antes que ella.

- Perdón oficial, venía distraída, es que estoy con muchos problemas y me está esperando mi hijo que levantó fiebre- mintió descaradamente, con voz entre sensual e inocente.

Fue inútil. Le explicaron que tenían que retenerle el vehículo, que su registro estaba vencido. Su cabeza funcionaba a mil. Pensó en irse. No, si la seguían era peor. Como sea, debía llegar a su casa. Se bajó del auto de un salto. “¿Quiere retener el auto? Quédese con el auto”, gritó desaforada. Su única misión era recorrer las dos cuadras y media, y meterse en su cama a tiempo. El auto es lo de menos, pensó, mañana veré qué hago.

- Señora, alto señora, no se puede ir…. ¡¡Señora!!- le gritó uno de los inspectores sin entender nada.

Mientras caminaba se veía en perspectiva, así, desaliñada, llena de sexo de Mariano. No podía dejar de imaginar la cara de Adrián cuando llegara. Se sentía idiota, horrible, deleznable, estúpidamente infiel. “Soy una hija de puta” se repetía mil veces. “Adri, es el ser más honesto y dulce sobre la Tierra… no se merece esto”. Lo imaginó como siempre, trabajador, amable, de buen carácter, compañero, responsable. Y ella, por una aventura ridícula con su compañero diez años menor, echaba todo a perder. “Cómo me cagué la vida… cómo le cagué la vida a Adri…”. Sintió ira contra ella misma.

Súbitamente, escuchó el chirrido de una frenada larga. Levantó la vista y vio que un bólido color azul venía desde la calle transversal zigzagueando descontrolado. Se puso de costado y empezó a dar vueltas. Todo terminó con un estallido cuando el auto chocó con una columna de cemento. Saltaron vidrios, chapas y pedazos de plástico por todos lados. El auto quedó con las ruedas hacia arriba todavía girando.

Corrió los veinte metros hacia la esquina para ayudar. El auto le resultaba familiar. El color, la marca. Las pulsaciones le llegaron a mil. Un hombre ensangrentado atrapado dentro, apenas se movía. Una mujer rubia, hermosa, inconsciente del otro lado. ¿O muerta?

Se agachó del lado del conductor. Miró atónita. Sintió que el corazón le explotaba. El hombre del auto, bañado en sangre, recostado sobre su hombro levantó los párpados con dificultad. Le clavó la mirada. Él cerró los ojos. Ella balbuceó, con la voz entrecortada:

- ¿Adrián?– dijo con un nudo en la garganta.

Él volvió a parpadear muy lentamente, la vio despeinada, con el labial corrido, la blusa abierta y solo emitió un quejido de dolor. O de bronca. O de vergüenza.

Ningún lugar está cerca

 


Respiré hondo. Miré alrededor y vi que no había nadie. Sentí la tranquilidad de poder llorar sin que nadie me vea. Y lloré. Recordé el momento en el que adolescente, debí dejar mi lugar de pertenencia para ir hacia la gran ciudad a encontrar mi futuro, a desafiar a mi destino y convertirme en casi adulto de golpe. Una amiga entrañable me regaló, con lágrimas en los ojos, un ejemplar de “Ningún lugar está lejos”, de Richard Bach. Muchos consideran que Bach, con su bibliografía de relatos de un aviador ignoto, que hilvana libros como “Juan Salvador Gaviota”, “Ilusiones”, “El arte volar” o “Uno”, es un escritor de bajo vuelo -valga la ironía para un aviador- asimilable con otros grandes de la autoayuda como “Tus zonas erróneas”, “El alquimista” o “Quién se ha llevado mi queso”. Nunca leí esos libros. Bueno, a decir verdad, sí había sacado de la biblioteca de mis padres un ejemplar de “Uno” y en algunos fragmentos sentí un grado de identificación inimaginable.

Pero la historia de la pequeña Rae, corta, directa al corazón, representativa de ese momento de la vida que estaba atravesando, me emocionó. Y dejé lado los prejuicios literarios para darle paso al nudo en la panza que me generaba despegarme de un pedazo de mi vida.

“Tu casa está a miles de kilómetros de la mía, y viajo solo si tengo una buena razón…”. Analía, mi amiga del alma, me regaló esa breve y contundente historia.

“Entiendo poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es que “vayas” a la fiesta”. Analía no terminaba de entender por qué me iba. Y la realidad, es que me iba porque era parte del mandato, de eso que yo “debía” hacer, porque eso es lo que hacen los jóvenes de mi edad que tiene la posibilidad de hacerlo.

“¿Es que los kilómetros pueden separarnos verdaderamente de los amigos? Si quieres estar con Rae, ¿no estás allí ya?”. Sí, pero no. Uno puede estar ahí sin estar, pero no necesariamente llega a estar de la manera que el otro lo necesita, lo desea, lo piensa. Ni tampoco como uno lo imagina.

Ahora, a casi veinte años de ese momento. Estaba sentado solo en el banco de una plaza, de noche, a miles de kilómetros de mis afectos, de mi historia, de mis cosas. Pero, sin embargo, sentía que era el lugar donde debía estar. Donde construí una nueva versión de mí mismo, una nueva historia, con nuevos personajes, entrañables algunos, adorables, otros, detestables el resto.

“Porque lo importante -dijo la gaviota- es que tú sepas la verdad… Pero recuerda, que el ser desconocida, no impide a la verdad ser verdadera”. Y partió. Me quedé con eso. Cuántas veces me quedé pensando y sintiendo que había situaciones injustas, que no sabía cómo hacer para que se supiera la verdad. Y esa sentencia de Bach me devolvió a lo más básico de la realidad: el ser desconocida, no impide a la verdad ser verdadera.

Increíblemente, y a pesar de mis prejuicios, rescaté muchas cosas de ese libro para el resto de mi vida. “Cada regalo de un amigo es un deseo de felicidad”… Y aprendí a tomar eso como un axioma. La realidad es que con los años pude entender que ese regalo de Analía no era ni más ni menos que eso, un deseo de felicidad, aunque en su momento me resultaba una demanda inexplicable de mi mejor amiga.

Por eso es que tantos años después, ella entendió por qué me fui y yo entendí que ella no estaba lejos. Pero en ese momento, cuando estaba desgarrado en el banco de la plaza porque el amor de mi vida me había abandonado, estaba sin un peso y en la calle, me di cuenta de que aunque “ningún lugar está lejos”, cuando uno necesita calor, contención, un abrazo y una canción o una risa, necesita a sus personas favoritas cerca, al lado, mirándonos a los ojos, llorando juntos. En cambio, hoy, yo estoy llorando solo.

Vini, Vidi, Vinci

 

Yo creo que las peores derrotas son las morales, no las reales. Y las morales no son necesariamente deportivas. Ocurren en la escuela, en la Facultad, en el trabajo, con los amigos, en tu pareja. Y que sea derrota, no implica que no ganaste. Tampoco que perdiste. Las derrotas a veces no se tratan de perder. Se trata de sentirse defraudado, de pifiarla feo con algo en lo que creíste, de descorazonarte con alguien en quien confiabas ciegamente.

Con esos parámetros -muy personales, por cierto- me puse a pensar cuál puedo considerar como la peor derrota de mi vida. Empecé a armar el esquema de eliminación de cuatro entradas. Como cuatro llaves de campeonato deportivo en las que se van eliminando entre sí las teóricas peores derrotas que sufrí a lo largo de mi vida.

En la primera de las llaves, las deportivas. En otra, las del amor. En la tercera, confluyendo las de estudio/trabajo. En la cuarta las de la vida. Ahora, a llenar casilleros. A repasar mentalmente en cada categoría los peores momentos.

En las deportivas, la llave es corta. Por un lado, aquel día en el habiendo ganado un lugar en el equipo de gimnasia deportiva que iba a representar a Argentina en los Panamericanos de Punta Arenas, quedé literalmente marginado por falta de presupuesto. Sí, no podía ir a competir porque no alcanzaba el presupuesto de la Federación Argentina de Gimnasia para pagar los viáticos de los deportistas patagónicos. Solo para los de Capital Federal. Sí, ya sé que lo de “Federal” queda como sarcástico. Del otro lado, varios años más tarde, cuando jugando como apertura de la selección de rugby Tehuelches (sí, claro, también de la Patagonia), quedamos afuera de las semifinales del campeonato argentino frente al seleccionado de Mar del Plata, por un punto, con un penal que convirtieron faltando menos de 30 segundos.

La del amor es más complicada, pero después de varias instancias de clasificación, quedaron en la final de esa categoría mi primer noviazgo “serio” de la adolescencia, frente a la pareja que constituí con la que fuera madre de mis tres hijos. Y esas sí que no fueron derrotas en las que perdí, fueron derrotas en las que aprendí. Los detalles no vienen al caso pero, en definitiva, en una con tristeza, en la otra con dolor, pude obtener como resultado el beneficio de aprender la manera de no hacer las cosas, o de no confiar tanto en que el otro algún día va a cambiar, o de saber que uno puede y debe entregarse en una relación pero no a cualquier precio.

Tercera llave: estudio/trabajo. Por un lado, debemos tener claro que “estudio” abarca tanto lo que estudié como lo que no. Lo que hice porque me gustaba, lo que estudié porque debía, lo que no hice (y hubiera querido) porque la vida a veces te lleva puesto. En el trabajo, mi peor derrota fue mi principal victoria. Después de haber trabajado en medios “grandes” y “masivos”, pasé a una consultora de prensa internacional en la que llegué a ser Director y alma mater de todos los procesos que la hicieron crecer. Ahí, por la aparición de un “socio” que más que currículum portaba un prontuario, como diría el Nano Serrat, puestos a elegir, elegí irme con lo puesto y dejar años de esfuerzo, cabeza, compromiso y un matrimonio en el camino, a cambio de un poco de paz mental y mucho de dignidad. El resultado de semejante “derrota” fue que hace exactamente veinticinco años elegí abrirme camino por mi cuenta, con aciertos y errores, con subidas empinadas y caídas al vacío, pero hace más de dos décadas que trabajo por y para mí, sabiendo que los errores son mi responsabilidad y los éxitos, mis aciertos.

La categoría de la vida es la más difícil. Porque las derrotas sí son pérdidas. Pero son pérdidas de amigos, de lugares, de seres queridos. Perdí cuando era adolescente a mi mejor amigo. O mejor dicho, el que creía que era mi mejor amigo, cuando descubrí una maquiavélica estrategia que montó para distanciarme de mi amor de ese momento… para abordarla él, diciendo que yo no le convenía. Perdí en un momento mi hogar, cuando tuve que tomar el toro por las astas y buscar mi propio espacio para preservarme yo, para despegar de una dinámica tóxica que me hubiera arruinado para siempre. Perdí a mis viejos, cuando una pandemia que nadie esperaba ni imaginaba, decidió que así, de un día para el otro, en el término de dos meses yo me convirtiera en el huérfano que algún día iba a ser, pero para lo que faltaban todavía unos cuantos años.

Una de las semifinales se dio entre el ganador del grupo 1, aquella anécdota de la gimnasia deportiva y el ganador del grupo 3, esa partida de mi último empleo en relación de dependencia. La otra semi, fue entre el primero del grupo 2, que terminó siendo la finalización de un vínculo doloroso con quien tuve días felices pero muchos más días sufridos, y el ganador del grupo 4 que, sin dudas, fue la pérdida casi en simultáneo de los dos seres que me dieron la vida, los valores y el sentido de la existencia y que hicieron que hoy sea lo que soy.

La final, es casi una anécdota, amigos. Porque de los dos ganadores de las mayores derrotas, debía quedar uno solo: el más ganador, que -irónicamente- sería el símbolo de la madre de todas las derrotas. ¿Qué más da quién ganó? Si al fin y al cabo, debiera ser una pérdida. La conclusión, más irónica aun, casi bizarra, kafkiana si se quiere, es que de todas las derrotas hay un único ganador: sí, señoras y señores…

 “And the winner is…”. Yo, ni más ni menos. Porque aprendí. Siempre aprendí. Y crecí, y me curtí. Renací del dolor, de la pérdida, de las cenizas. Rescaté las sonrisas, las alegrías, los momentos de amor, de complicidad, de sinceridad, de manejar los enojos, de encontrarme en la cresta de la ola o apenas trepando para subir a la lona. El resultado de las peores derrotas, es la mejor versión de mi mismo. Pero sí, claro que voy a seguir cometiendo errores y sufriendo derrotas. Pero no pregunto cuántas son, solo espero que vayan pasando…


Tan lejos

 


Es lejos, muy lejos. ¿A ver? Sí, son 12 kilómetros. Pero tal vez, si me decido y tomo coraje, pueda llegar a tiempo. Puta madre… Creí que me iba a despertar solo. Siempre pasa eso cuando uno está nervioso o ansioso. No dormís bien. Te despertás a cada rato. Sobre todo cuando es un acontecimiento así. No sé cómo fue que no despegué un ojo hasta ahora. Anoche cuando volví del hospital me desmayé casi literalmente sobre la cama. Ya no estoy para estar un día entero sin dormir. Debe ser por eso que no moví ni un músculo en toda la noche. Y encima tener que caminar tres kilómetros con la helada rajándome las orejas y la nariz. Esa puta costumbre de seguir con la reserva del tanque hasta que el auto funcione casi con el olor de la nafta… Según mis cálculos llegaba a casa y me alcanzaba para ir hasta la estación de servicio que está casi a la entrada del pueblo. Error. No llegué ni a casa. Camila me va a putear en colores porque siempre llego con lo justo. Hoy no, hoy no llegué. Y tiene razón. Pero ¿justo hoy tenía que pasarme? ¿Justo hoy? ¿Y quedarme dormido? ¿Justo hoy? Bueno, basta. A ponerse en acción. A ver ¿qué hora es? ¡Mierda! ¿Ya las nueve y media? Debe estar entrando a quirófano. No llego a nada. Si recorro tres kilómetros por hora, que es un ritmo bastante intenso para mí, tardo cuatro horas. Y bueno, hago el intento… total, no pierdo nada. Sí, ya está, preparo todo y salgo. El bolso que dejamos listo, las pilchas mías, las de Cami. No me puedo olvidar las camperas. El chiflete que hace por estos lares en esta época del año es insoportable. Mis borsegos por si hay barro. Y las botas que tanto le gustan a ella. No, pero no puedo ir con todo esto. Si voy con todo eso voy a tardar como mínimo dos horas más. Una locura. Pero tampoco puedo llegar sin nada… En este preciso momento me pregunto por qué se nos ocurrió venirnos a vivir tan lejos, por qué nos dejamos llevar por ese estúpido afán de aventura y amor por la naturaleza y el aire libre. Naturaleza y soledad. Paz. Sí, amo la naturaleza, amo el verde, los colores, el aire puro, los animales salvajes, las sierras, el campo… Pero después dame una buena ducha con agua caliente de verdad, una buena estufa a gas y no esta salamandra, que si estás a un metro de distancia te asás al spiedo, si te alejás medio metro más, estás en Siberia; y dame una buena tele Smart, un buen equipo de música, la multiprocesadora... Sí, amo la soledad y la paz, pero dejame un vecino al menos a un kilómetro, dos como mucho, por cualquier cosa que uno necesite, para invitarlo a comer un asado, o para contar con alguien si tenés algún problema, alguna urgencia como esta… No, estamos a 12 kilómetros de la primera señal de algo parecido a un humano. Me fui un poquito de tema, jajaja… ¿ves? La cabeza no para, no logro que deje de hacer sinapsis ni una milésima de segundo ¿cómo es que no me desperté? Bueno, ya fue, no me desperté. Y entonces ¿qué hago? No puedo no ir… Cami me mata. Pero tiene que entender. Es por razones de fuerza mayor. Sin auto, sin caballo, sin despertador, sin siquiera un carrito para llevar todos los bagayos… Tranquilamente puedo esperar a pasado mañana que viene el repartidor de leña y le pido a él que me alcance hasta el pueblo. Me quedo, descanso bien, me recupero, dejo todo preparado y pasado mañana a las siete cuando pase el leñero, me voy con él. A las siete y media del jueves como máximo ya estoy allá. Y ella entre la anestesia, el cansancio y los dolores recién va a estar más lúcida mañana a la noche. Así que fenómeno. Sí, listo. Hago eso. No se hable más. Le aviso... Carajo, ella está sin celular. ¿Llamo a la guardia? Un quilombo para que te atiendan. Ya sé, mando un mail a la mesa de entradas del hospital y que le avisen cuando salga. O cuando se despierte. Capaz que incluso está medio atontada y ni entiende. Sí, es lo mejor. “Estimados, por favor tengan a bien hacerle llegar este mensaje a la paciente Camila Baigorria, de la habitación 114: “Cami, mi vida, se me complicó la ida. Me quedé sin nafta y encima me dormí. Voy el jueves con el leñero y llevo todo. Espero que la cesárea haya salido bien y que Luciano esté espléndido. No sabés la intriga y la ansiedad por verle la carita. Qué emoción… Te amo. Sebas”.

El mail nunca salió de su bandeja de entrada. Sebas llegó el jueves. Cami ya no estaba en el hospital. Ella y su hijo Luciano se fueron de alta la noche anterior. Nadie sabe dónde. Sebas tampoco.

Lady Million

 


La fragancia aquella vez era la misma que ahora, Paco Rabanne. Luigi la olió por primera vez en la casa de la zona universitaria en la que su mamá lavaba ropa dos veces por semana.

Pero esta vez todo era distinto. Aquel día, Luigi había ido a buscar a su madre cuando salió de trabajar, a pocas cuadras de allí, para regresar a su casa juntos. Cuando estaba parado en la puerta de los Jackson, apareció ella. Luigi la miró incrédulo. Por un momento creyó que estaba soñando. La vio llegar desde la esquina con dos amigas. Las amigas eran muy bonitas, pero al lado de ella parecían dos réplicas de muñecas de trapo mal terminadas. Ella brillaba, resplandecía, las opacaba. Cuando pasaron a su lado, esquivándolo, ella le sonrió amablemente y le dijo “Perdón…” e hizo un ademán como de querer entrar. Él hizo un movimiento torpe y tosco para correrse y respondió “Uy, no, no, perdón ustedes…”. Las tres se rieron y entraron a la casa. Cuando pasó ella, Romina, él sintió ese aroma inexplicablemente dulce y amargo a la vez. Pero le quedó impregnado en la memoria de sus papilas olfativas para siempre.

Al día siguiente fue a uno de esos locales enormes con perfumes, cremas y bálsamos para mujeres y olió decenas de aromas para tratar de saber cuál era. Cuarenta minutos después, cuando la empleada amable estaba dejando de ser amable, y ya su nariz y su olfato estaban totalmente mareados, logró identificarla: Paco Rabanne Lady Million.

Después de ese día, cuando la mamá de Luigi no iba a lavar a la casa de los Jackson él se paraba en la esquina, asegurándose de que Romina no lo viera y esperaba el momento en el que ella volvía de la Facultad, a veces sola, a veces con una o dos amigas solo para mirarla y admirarla. Y cada martes y cada jueves, inexorablemente, él iba a buscar a su madre y esperaba verla llegar, cruzar una mirada o unas palabras con ella, aunque claramente él presentía que, para Romina, Luigi era casi como un árbol que había que esquivar para poder entrar a su casa.

Un año después, Luigi había perdido contacto con la mayoría de sus amigos y en su familia no entendían por qué sistemáticamente llegaba más tarde de su trabajo. Romina se había convertido en su obsesión. La googleó, la buscó en Facebook, en Instagram y en Twitter. Como un voyeur seguía todos sus pasos, veía las fotos de la salidas con las amigas, los viajes, las fotos en la playa, los saludos de cumpleaños.

Como su madre ya no iba a trabajar más a la casa de los Jackson, había perdido la oportunidad de verla de cerca al menos dos días por semana. Se devanaba los sesos pensando con qué estrategia, con qué excusa, con qué buen motivo llegar hasta ella e invitarla a salir. Al fin y al cabo, ella no dejaría de verlo como el hijo de la señora que lava la ropa.

Todos los días dedicaba media hora a stalkearla en todos los perfiles de sus redes sociales. Trataba de juntar información, de armar la historia de Romina, de saber en qué andaba, de tener temas de conversación para cuando se animara a invitarla a salir. Pero un día sintió que su mundo se derribaba. Un nudo en la garganta, un vacío en el estómago, un estallido en su corazón, un volcán haciendo erupción en su cabeza. Romina estaba abrazada a un muchacho, buen mozo pero nada del otro mundo, de rulos, ojos claros y contextura mediana. Y el post decía: “Gracias por aparecer en mi vida”. Ella estaba hermosa como siempre, con una sonrisa de oreja a oreja… abrazada a él.

Entonces tomó la decisión más importante de su vida. Se dijo que no iba a permitirse perderla sin haber intentado acercarse a ella. Decidió reaccionar de una vez por todas, enfrentarla y decirle todo lo que sentía por ella desde hacía tanto tiempo. Planificó cómo ese día, a la salida del trabajo, iba a cambiar la estrategia voyeurista por una declaración de amor. Iba a ir a la Facultad, para interceptarla antes de que llegara a su casa. No, mejor la esperaba en el baldío que estaba a un par de cuadras de su casa, así no quedaba expuesto ante todos su compañeros y los cientos de desconocidos que salían de la Facultad de Medicina a esa hora.

Así lo hizo. Fue y la esperó en el baldío, cerca de la vereda. Apenas la vio aparecer la saludó y le dijo: “Necesito hablar con vos. Es urgente… Pero antes, tengo esto para vos”. Y le dio una bolsita de papel de Paco Rabanne con un Lady Million dentro.

Un rato después él estaba arrodillado, sentado sobre sus pies, rodeando el cuerpo de Romina con sus brazos.

- Es increíble Romi… al fin… al fin pude decirte todo, por fin pudiste saber lo que sentía por vos... -dijo con los ojos cerrados mientras olía el cuello de Romina- Esta fragancia es única en vos...

- Joven… quédese quieto… tranquilo… todo va a estar bien… tranquilo… deme eso - le dijo el oficial Scott mientras esquivaba el charco de sangre y le sacaba la cuchilla de su mano derecha.

Volver a empezar

 


Cuando Blas nació, nadie se puso a imaginar seriamente el impacto que tendría su descendencia. Ni mucho menos cómo y dónde terminaría todo.

Corría el año 1865. Italia por entonces era un Reino (que duraría poco, pero reino al fin). Estados Unidos en plena guerra civil veía morir a Abraham Linconln y nacer al Ku Klux Klan. Francia estaba en Disney patentando y regulando el telégrafo. El Reino Unido limitaba la velocidad de circulación de los autos a 16 km/h en el campo y a 5 km/h en la ciudad. Ese mismo año unos galeses desorientados llegaron a las costas de lo que hoy es Puerto Madryn y se convirtieron en los primeros en colonizar la Patagonia al sur del Río Negro. Y nació Blas, en Teggiano, un pequeño pueblo de la provincia de Salerno, en Italia.

Blas tuvo ocho hijos, y el cuarto -el primer varón- se llamó también Blas, nacido en 1898. Blas hijo creció en condiciones muy humildes, trabajó desde muy chico porque era el primero que podía aportar económicamente al mantenimiento del hogar (las mujeres solo se encargaban de limpiar, ordenar, cocinar y criarse entre ellas y luego a sus hermanos menores).

El 28 de julio de 1914 la historia del mundo cambiaría para siempre. En la Primera Guerra Mundial Italia intentó mantenerse al margen. Y casi lo logró. Pero en 1922 de la mano de Benito Mussolini, el fascismo empezó a complicar mucho la vida normal de los italianos y pocos imaginaban que en 1943 iban a ser protagonistas de la Segunda Guerra Mundial que los sumiría en un desastre económico y social sin precedentes. Antes de que eso ocurriera, Italia ya estaba hambreada y con poco futuro. Blas hijo lo sabía, y quiso hacer algo diferente. Allá por 1925 se la vio venir, y entonces habló con Paulina quien por entonces era su novia y le dijo que iba a probar suerte en Argentina.

Y se vino nomás. Llegó, se asentó, consiguió trabajo y se volvió a buscar a Paulina. Apenas llegó la pasión post distanciamiento hizo que en poco menos de dos meses ella quedara embarazada de Miguel. Vendieron todo, se achicaron, dejaron todo listo y como faltaba poco para el nacimiento se quedaron en Teggiano hasta que Miguel cumplió dos meses.

Con Miguel en brazos cruzaron el Atlántico, llegaron a Buenos Aires, buscaron un terreno con una casita modesta que compraron con sus ahorros y se instalaron en un barrio de la zona sur del conurbano, donde había otras tantas familias tanas que se habían animado a dejar su tierra natal.

Nadie hubiera imaginado que a Miguel, le seguirían Antonio, Cono, María, Angel, Roque y Filomena, todos argentinos. Miguel tuvo tres hijos, dos niñas y un varón. Cono murió a los diecisiete cuando un paquete de petardos se le encendió en el bolsillo del pantalón. Antonio tuvo dos varones y una nena, María otros tres varones, Ángel una mujer y un varón, Roque tres más -dos mujeres y un niño- y Filomena los últimos tres (dos varones, una nena). En menos de sesenta años, Blas (hijo) había desparramado su apellido por todo el sur del Gran Buenos Aires. Siete hijos y catorce nietos. Sus nietos, a su vez, tuvieron en promedio dos hijos cada uno, así que se generaron veintiocho bisnietos, un total de cuarenta y nueve descendientes…

Con lo que no contaba Blas es que su hermano menor Rómulo, también se había venido un par de años después y se fue a instalar en Bolívar, al sureste de la provincia de Buenos Aires. Claro, no tenían celulares, ni WhatsApp ni Googlemaps, así que se enteraron mutuamente alrededor de 1960 que estaban a 300 kilómetros. Rómulo tuvo ocho hijos, un promedio de cuatro nietos por hijo, lo que daba veinticuatro, y 2,5 bisnietos por nieto, algo así como sesenta portadores del mismo apellido que los cuarenta y nueve descendientes de Blas. Contando a Blas y a Rómulo, ciento once en total para 1990. Cuando Blas (hijo) murió, en 1996 ya eran ciento veinte.

En 2020, llegaron a doscientos diez. Calculan que cuando se cumplan los cien años de la llegada de Blas, la descendencia de los provenientes de Teggiano llegará a doscientos cincuenta.

De un pueblito minúsculo de donde vinieron dos personas, hoy hay doscientos cincuenta descendientes que, haciendo la progresión geométrica, en 2120 serán treinta y un mil doscientos cincuenta.

Blas, nuestro Blas que llegó en 1925, nunca se hubiera imaginado que iba a ser el origen de más de treinta mil familias que poblaron la Argentina.

Le conté esto a mi hijo. Hoy, él está pensando seriamente en emigrar, en buscar nuevos horizontes en otro país. Y me dijo que ya sabía cómo se iba a llamar su primer hijo: Blas.

-          ¿Por qué Blas?, le pregunté.

-          Porque la historia vuelve a empezar, Pá. Pero en otro lugar.

Juan era Juan

Le dio una palmadita en la espalda.

- Tranquilo, Juan… Tranquilo… Son cosas que pasan… -dijo utilizando la muletilla más inapropiada para un momento así.

- ¿Tranquilo? ¿Tranquilo me decís? No, Javi, estas cosas no pasan… me quiero morir… pero me quiero morir de verdad. ¿Cómo sigue mi vida ahora? ¿Vos te das cuenta? La maté ¿entendés? ¡¡La maté yo!! Se murió ella y me tendría que haber muerto yo…

- No, Juan no seas injusto con vos mismo… vos no la mataste…

No le pudo decir nada más. Repasó mentalmente la escena del momento en el que Juan le dijo a Victoria que si no se animaba a tirarse en parapente con él no se casaban. Ella tenía pánico, pero aceptó el desafío. Corrieron por la cima de la sierra, ella con el arnés atado al de él… el parapente se abrió, empezaron a sobrevolar el valle de Merlo, en el cordón serrano que separa San Luis de Córdoba. Javi los seguía con el dron. De pronto los dos abrieron los brazos como si fueran dos pájaros. Un ruido. Dos. “Trak”. “Trak, trak”… y en un microsegundo al arnés de Victoria se soltó y cayó al vacío. Seiscientos cincuenta metros. Golpeó contra los riscos de la sierra. Rodó. Se desangró. Todo quedó grabado en la GoPro del dron. Los peritos usaron ese video para evaluar la responsabilidad de cada uno.

Durante seis meses, Juan vivió en “slow motion”. Todo lo que pasaba a su alrededor y todo lo que hacía era como una película en cámara lenta. Hablaba despacio. Su caminar se volvió cansino, despojado de ritmo y velocidad. Sus pensamientos se hilvanaban con la velocidad de una tortuga.

Casi no salía. Solo al jardín, de vez en cuando. Y cada vez era el mismo ritual. Caminaba con la cabeza gacha mirando el camino de piedras en medio del parque. Llegaba a la glorieta que estaba cerca del aljibe. Levantaba la cabeza y miraba al cielo.

- Tranquila, Vic… venís conmigo -balbuceaba. Y se quedaba no menos de hora y media mirando fijo el suelo.

Las sesiones de kinesiología permitieron que Juan volviera a caminar a los seis meses. Analía, la kinesióloga, lo hacía hacer ejercicios, le hacía masajes, le hablaba con dulzura como una amiga de toda la vida, lo escuchaba como un psicóloga profesional, lo acariciaba como una enamorada acaricia al amor de su vida.

- Ana me tiene lástima -le dijo un día a Javier.

- ¿Pero vos sos boludo? ¿Por qué decís eso?

- Me doy cuenta por la mirada. Por su actitud…

- ¿Lástima de qué?

- De que soy un asesino exculpado por la falta de intencionalidad… y ella se da cuenta de que mi vida es una mierda, y sin embargo está acá todos los martes, jueves y sábados.

Juan perdió su trabajo, su rutina y su familia. Y perdió a los amigos y a la familia de Vic. Perdió la orientación de su vida.

A los pocos meses el doctor Zavaleta, su médico de cabecera, le dijo que estaba físicamente repuesto en un ciento por ciento. En tanto, la licenciada Arroyo, su psicóloga lo derivó con Leticia Garrigós, una de las mejores psiquiatras del país.

Juan empezó a pintar. Cubismo. Picasso, Braqué, Blanchard o Metzinger se hubieran sentido unos iniciados si hubieran visto la producción pictórica de Juan.

Analía seguía visitándolo los días de kinesio, pero además los domingos, lunes, miércoles y viernes. En resumen, Ana iba todos los días a verlo.

Un día, cuando volvía de su caminata errática a la glorieta. Javier lo atajó antes de que volviera a entrar a la casa.

- Juan, ya es hora de que te dejes de hinchar las pelotas. ¿Hasta cuándo vas a esperar para decirle a Ana lo que sentís?

- ¿Que siento de qué? -dijo él desconcertado.

- Que estás enamorado, Juancho… que la pensás, que la sentís, que la extrañás…

- ¿Yo? ¿A Analía? Nada que ver…

- Juan, decíselo, salí de este encierro, cásate con ella, sé feliz, la puta madre…´

Juan se quedó encerrado en sus pensamientos. Tal vez evaluando que Javi tuviera razón. Pero había algo que todavía no le cerraba. Sentía que le faltaba algo por hacer.

Javier se enteró que a la semana siguiente, Juan finalmente habló con Analía. Y se puso feliz por su amigo. Se merecía salir de tanto dolor.

Dos meses después lo llamaron de la clínica de rehabilitación para darle una noticia inimaginable. Juan estaba encerrado en un altillo, con la puerta encadenada. Pero esa no era la noticia inesperada. Lo que siguió fue desconcertante… o no.

- Sí, señor Javier… la encontramos en el fondo del aljibe…. Según nos dijo otro de los pacientes, Juan le dijo que si si de verdad lo amaba, no podía decir que no, y entonces le dijo que si no se animaba a asomarse por el aljibe no se casaban…

Analía estaba muerta. Y Javier entendió que Juan decía la verdad:

- La maté ¿entendés? ¡¡La maté yo!!

Semáforo rojo

  Se puso la blusa de raso celeste inmediatamente después de abrocharse el corpiño. Subió el pantalón blanco con una mano, a los saltos mien...