martes, 2 de julio de 2024

Ningún lugar está cerca

 


Respiré hondo. Miré alrededor y vi que no había nadie. Sentí la tranquilidad de poder llorar sin que nadie me vea. Y lloré. Recordé el momento en el que adolescente, debí dejar mi lugar de pertenencia para ir hacia la gran ciudad a encontrar mi futuro, a desafiar a mi destino y convertirme en casi adulto de golpe. Una amiga entrañable me regaló, con lágrimas en los ojos, un ejemplar de “Ningún lugar está lejos”, de Richard Bach. Muchos consideran que Bach, con su bibliografía de relatos de un aviador ignoto, que hilvana libros como “Juan Salvador Gaviota”, “Ilusiones”, “El arte volar” o “Uno”, es un escritor de bajo vuelo -valga la ironía para un aviador- asimilable con otros grandes de la autoayuda como “Tus zonas erróneas”, “El alquimista” o “Quién se ha llevado mi queso”. Nunca leí esos libros. Bueno, a decir verdad, sí había sacado de la biblioteca de mis padres un ejemplar de “Uno” y en algunos fragmentos sentí un grado de identificación inimaginable.

Pero la historia de la pequeña Rae, corta, directa al corazón, representativa de ese momento de la vida que estaba atravesando, me emocionó. Y dejé lado los prejuicios literarios para darle paso al nudo en la panza que me generaba despegarme de un pedazo de mi vida.

“Tu casa está a miles de kilómetros de la mía, y viajo solo si tengo una buena razón…”. Analía, mi amiga del alma, me regaló esa breve y contundente historia.

“Entiendo poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es que “vayas” a la fiesta”. Analía no terminaba de entender por qué me iba. Y la realidad, es que me iba porque era parte del mandato, de eso que yo “debía” hacer, porque eso es lo que hacen los jóvenes de mi edad que tiene la posibilidad de hacerlo.

“¿Es que los kilómetros pueden separarnos verdaderamente de los amigos? Si quieres estar con Rae, ¿no estás allí ya?”. Sí, pero no. Uno puede estar ahí sin estar, pero no necesariamente llega a estar de la manera que el otro lo necesita, lo desea, lo piensa. Ni tampoco como uno lo imagina.

Ahora, a casi veinte años de ese momento. Estaba sentado solo en el banco de una plaza, de noche, a miles de kilómetros de mis afectos, de mi historia, de mis cosas. Pero, sin embargo, sentía que era el lugar donde debía estar. Donde construí una nueva versión de mí mismo, una nueva historia, con nuevos personajes, entrañables algunos, adorables, otros, detestables el resto.

“Porque lo importante -dijo la gaviota- es que tú sepas la verdad… Pero recuerda, que el ser desconocida, no impide a la verdad ser verdadera”. Y partió. Me quedé con eso. Cuántas veces me quedé pensando y sintiendo que había situaciones injustas, que no sabía cómo hacer para que se supiera la verdad. Y esa sentencia de Bach me devolvió a lo más básico de la realidad: el ser desconocida, no impide a la verdad ser verdadera.

Increíblemente, y a pesar de mis prejuicios, rescaté muchas cosas de ese libro para el resto de mi vida. “Cada regalo de un amigo es un deseo de felicidad”… Y aprendí a tomar eso como un axioma. La realidad es que con los años pude entender que ese regalo de Analía no era ni más ni menos que eso, un deseo de felicidad, aunque en su momento me resultaba una demanda inexplicable de mi mejor amiga.

Por eso es que tantos años después, ella entendió por qué me fui y yo entendí que ella no estaba lejos. Pero en ese momento, cuando estaba desgarrado en el banco de la plaza porque el amor de mi vida me había abandonado, estaba sin un peso y en la calle, me di cuenta de que aunque “ningún lugar está lejos”, cuando uno necesita calor, contención, un abrazo y una canción o una risa, necesita a sus personas favoritas cerca, al lado, mirándonos a los ojos, llorando juntos. En cambio, hoy, yo estoy llorando solo.

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