Respiré
hondo. Miré alrededor y vi que no había nadie. Sentí la tranquilidad de poder
llorar sin que nadie me vea. Y lloré. Recordé el momento en el que adolescente,
debí dejar mi lugar de pertenencia para ir hacia la gran ciudad a encontrar mi
futuro, a desafiar a mi destino y convertirme en casi adulto de golpe. Una
amiga entrañable me regaló, con lágrimas en los ojos, un ejemplar de “Ningún
lugar está lejos”, de Richard Bach. Muchos consideran que Bach, con su
bibliografía de relatos de un aviador ignoto, que hilvana libros como “Juan
Salvador Gaviota”, “Ilusiones”, “El arte volar” o “Uno”, es un escritor de bajo
vuelo -valga la ironía para un aviador- asimilable con otros grandes de la
autoayuda como “Tus zonas erróneas”, “El alquimista” o “Quién se ha llevado mi
queso”. Nunca leí esos libros. Bueno, a decir verdad, sí había sacado de la
biblioteca de mis padres un ejemplar de “Uno” y en algunos fragmentos sentí un
grado de identificación inimaginable.
Pero la
historia de la pequeña Rae, corta, directa al corazón, representativa de ese
momento de la vida que estaba atravesando, me emocionó. Y dejé lado los
prejuicios literarios para darle paso al nudo en la panza que me generaba
despegarme de un pedazo de mi vida.
“Tu casa
está a miles de kilómetros de la mía, y viajo solo si tengo una buena razón…”.
Analía, mi amiga del alma, me regaló esa breve y contundente historia.
“Entiendo
poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es que “vayas” a la fiesta”.
Analía no terminaba de entender por qué me iba. Y la realidad, es que me iba
porque era parte del mandato, de eso que yo “debía” hacer, porque eso es lo que
hacen los jóvenes de mi edad que tiene la posibilidad de hacerlo.
“¿Es que
los kilómetros pueden separarnos verdaderamente de los amigos? Si quieres estar
con Rae, ¿no estás allí ya?”. Sí, pero no. Uno puede estar ahí sin estar, pero no
necesariamente llega a estar de la manera que el otro lo necesita, lo desea, lo
piensa. Ni tampoco como uno lo imagina.
Ahora, a
casi veinte años de ese momento. Estaba sentado solo en el banco de una plaza,
de noche, a miles de kilómetros de mis afectos, de mi historia, de mis cosas. Pero,
sin embargo, sentía que era el lugar donde debía estar. Donde construí una
nueva versión de mí mismo, una nueva historia, con nuevos personajes,
entrañables algunos, adorables, otros, detestables el resto.
“Porque lo
importante -dijo la gaviota- es que tú sepas la verdad… Pero recuerda, que el
ser desconocida, no impide a la verdad ser verdadera”. Y partió. Me quedé con
eso. Cuántas veces me quedé pensando y sintiendo que había situaciones
injustas, que no sabía cómo hacer para que se supiera la verdad. Y esa
sentencia de Bach me devolvió a lo más básico de la realidad: el ser
desconocida, no impide a la verdad ser verdadera.
Increíblemente,
y a pesar de mis prejuicios, rescaté muchas cosas de ese libro para el resto de
mi vida. “Cada regalo de un amigo es un deseo de felicidad”… Y aprendí a tomar
eso como un axioma. La realidad es que con los años pude entender que ese
regalo de Analía no era ni más ni menos que eso, un deseo de felicidad, aunque
en su momento me resultaba una demanda inexplicable de mi mejor amiga.
Por eso es
que tantos años después, ella entendió por qué me fui y yo entendí que ella no
estaba lejos. Pero en ese momento, cuando estaba desgarrado en el banco de la
plaza porque el amor de mi vida me había abandonado, estaba sin un peso y en la
calle, me di cuenta de que aunque “ningún lugar está lejos”, cuando uno
necesita calor, contención, un abrazo y una canción o una risa, necesita a sus
personas favoritas cerca, al lado, mirándonos a los ojos, llorando juntos. En
cambio, hoy, yo estoy llorando solo.

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