Cuando Blas
nació, nadie se puso a imaginar seriamente el impacto que tendría su
descendencia. Ni mucho menos cómo y dónde terminaría todo.
Corría el
año 1865. Italia por entonces era un Reino (que duraría poco, pero reino al
fin). Estados Unidos en plena guerra civil veía morir a Abraham Linconln y
nacer al Ku Klux Klan. Francia estaba en Disney patentando y regulando el
telégrafo. El Reino Unido limitaba la velocidad de circulación de los autos a
16 km/h en el campo y a 5 km/h en la ciudad. Ese mismo año unos galeses desorientados
llegaron a las costas de lo que hoy es Puerto Madryn y se convirtieron en los
primeros en colonizar la Patagonia al sur del Río Negro. Y nació Blas, en
Teggiano, un pequeño pueblo de la provincia de Salerno, en Italia.
Blas tuvo
ocho hijos, y el cuarto -el primer varón- se llamó también Blas, nacido en
1898. Blas hijo creció en condiciones muy humildes, trabajó desde muy chico
porque era el primero que podía aportar económicamente al mantenimiento del
hogar (las mujeres solo se encargaban de limpiar, ordenar, cocinar y criarse
entre ellas y luego a sus hermanos menores).
El 28 de
julio de 1914 la historia del mundo cambiaría para siempre. En la Primera
Guerra Mundial Italia intentó mantenerse al margen. Y casi lo logró. Pero en
1922 de la mano de Benito Mussolini, el fascismo empezó a complicar mucho la
vida normal de los italianos y pocos imaginaban que en 1943 iban a ser
protagonistas de la Segunda Guerra Mundial que los sumiría en un desastre
económico y social sin precedentes. Antes de que eso ocurriera, Italia ya
estaba hambreada y con poco futuro. Blas hijo lo sabía, y quiso hacer algo
diferente. Allá por 1925 se la vio venir, y entonces habló con Paulina quien por
entonces era su novia y le dijo que iba a probar suerte en Argentina.
Y se vino
nomás. Llegó, se asentó, consiguió trabajo y se volvió a buscar a Paulina.
Apenas llegó la pasión post distanciamiento hizo que en poco menos de dos meses
ella quedara embarazada de Miguel. Vendieron todo, se achicaron, dejaron todo
listo y como faltaba poco para el nacimiento se quedaron en Teggiano hasta que Miguel
cumplió dos meses.
Con Miguel
en brazos cruzaron el Atlántico, llegaron a Buenos Aires, buscaron un terreno
con una casita modesta que compraron con sus ahorros y se instalaron en un
barrio de la zona sur del conurbano, donde había otras tantas familias tanas
que se habían animado a dejar su tierra natal.
Nadie
hubiera imaginado que a Miguel, le seguirían Antonio, Cono, María, Angel, Roque
y Filomena, todos argentinos. Miguel tuvo tres hijos, dos niñas y un varón.
Cono murió a los diecisiete cuando un paquete de petardos se le encendió en el
bolsillo del pantalón. Antonio tuvo dos varones y una nena, María otros tres
varones, Ángel una mujer y un varón, Roque tres más -dos mujeres y un niño- y
Filomena los últimos tres (dos varones, una nena). En menos de sesenta años,
Blas (hijo) había desparramado su apellido por todo el sur del Gran Buenos
Aires. Siete hijos y catorce nietos. Sus nietos, a su vez, tuvieron en promedio
dos hijos cada uno, así que se generaron veintiocho bisnietos, un total de
cuarenta y nueve descendientes…
Con lo que
no contaba Blas es que su hermano menor Rómulo, también se había venido un par
de años después y se fue a instalar en Bolívar, al sureste de la provincia de
Buenos Aires. Claro, no tenían celulares, ni WhatsApp ni Googlemaps, así que se
enteraron mutuamente alrededor de 1960 que estaban a 300 kilómetros. Rómulo
tuvo ocho hijos, un promedio de cuatro nietos por hijo, lo que daba
veinticuatro, y 2,5 bisnietos por nieto, algo así como sesenta portadores del
mismo apellido que los cuarenta y nueve descendientes de Blas. Contando a Blas
y a Rómulo, ciento once en total para 1990. Cuando Blas (hijo) murió, en 1996
ya eran ciento veinte.
En 2020,
llegaron a doscientos diez. Calculan que cuando se cumplan los cien años de la
llegada de Blas, la descendencia de los provenientes de Teggiano llegará a
doscientos cincuenta.
De un
pueblito minúsculo de donde vinieron dos personas, hoy hay doscientos cincuenta
descendientes que, haciendo la progresión geométrica, en 2120 serán treinta y
un mil doscientos cincuenta.
Blas,
nuestro Blas que llegó en 1925, nunca se hubiera imaginado que iba a ser el
origen de más de treinta mil familias que poblaron la Argentina.
Le conté
esto a mi hijo. Hoy, él está pensando seriamente en emigrar, en buscar nuevos
horizontes en otro país. Y me dijo que ya sabía cómo se iba a llamar su primer
hijo: Blas.
-
¿Por
qué Blas?, le pregunté.
- Porque la historia vuelve a empezar, Pá. Pero en otro lugar.

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