martes, 2 de julio de 2024

Tan lejos

 


Es lejos, muy lejos. ¿A ver? Sí, son 12 kilómetros. Pero tal vez, si me decido y tomo coraje, pueda llegar a tiempo. Puta madre… Creí que me iba a despertar solo. Siempre pasa eso cuando uno está nervioso o ansioso. No dormís bien. Te despertás a cada rato. Sobre todo cuando es un acontecimiento así. No sé cómo fue que no despegué un ojo hasta ahora. Anoche cuando volví del hospital me desmayé casi literalmente sobre la cama. Ya no estoy para estar un día entero sin dormir. Debe ser por eso que no moví ni un músculo en toda la noche. Y encima tener que caminar tres kilómetros con la helada rajándome las orejas y la nariz. Esa puta costumbre de seguir con la reserva del tanque hasta que el auto funcione casi con el olor de la nafta… Según mis cálculos llegaba a casa y me alcanzaba para ir hasta la estación de servicio que está casi a la entrada del pueblo. Error. No llegué ni a casa. Camila me va a putear en colores porque siempre llego con lo justo. Hoy no, hoy no llegué. Y tiene razón. Pero ¿justo hoy tenía que pasarme? ¿Justo hoy? ¿Y quedarme dormido? ¿Justo hoy? Bueno, basta. A ponerse en acción. A ver ¿qué hora es? ¡Mierda! ¿Ya las nueve y media? Debe estar entrando a quirófano. No llego a nada. Si recorro tres kilómetros por hora, que es un ritmo bastante intenso para mí, tardo cuatro horas. Y bueno, hago el intento… total, no pierdo nada. Sí, ya está, preparo todo y salgo. El bolso que dejamos listo, las pilchas mías, las de Cami. No me puedo olvidar las camperas. El chiflete que hace por estos lares en esta época del año es insoportable. Mis borsegos por si hay barro. Y las botas que tanto le gustan a ella. No, pero no puedo ir con todo esto. Si voy con todo eso voy a tardar como mínimo dos horas más. Una locura. Pero tampoco puedo llegar sin nada… En este preciso momento me pregunto por qué se nos ocurrió venirnos a vivir tan lejos, por qué nos dejamos llevar por ese estúpido afán de aventura y amor por la naturaleza y el aire libre. Naturaleza y soledad. Paz. Sí, amo la naturaleza, amo el verde, los colores, el aire puro, los animales salvajes, las sierras, el campo… Pero después dame una buena ducha con agua caliente de verdad, una buena estufa a gas y no esta salamandra, que si estás a un metro de distancia te asás al spiedo, si te alejás medio metro más, estás en Siberia; y dame una buena tele Smart, un buen equipo de música, la multiprocesadora... Sí, amo la soledad y la paz, pero dejame un vecino al menos a un kilómetro, dos como mucho, por cualquier cosa que uno necesite, para invitarlo a comer un asado, o para contar con alguien si tenés algún problema, alguna urgencia como esta… No, estamos a 12 kilómetros de la primera señal de algo parecido a un humano. Me fui un poquito de tema, jajaja… ¿ves? La cabeza no para, no logro que deje de hacer sinapsis ni una milésima de segundo ¿cómo es que no me desperté? Bueno, ya fue, no me desperté. Y entonces ¿qué hago? No puedo no ir… Cami me mata. Pero tiene que entender. Es por razones de fuerza mayor. Sin auto, sin caballo, sin despertador, sin siquiera un carrito para llevar todos los bagayos… Tranquilamente puedo esperar a pasado mañana que viene el repartidor de leña y le pido a él que me alcance hasta el pueblo. Me quedo, descanso bien, me recupero, dejo todo preparado y pasado mañana a las siete cuando pase el leñero, me voy con él. A las siete y media del jueves como máximo ya estoy allá. Y ella entre la anestesia, el cansancio y los dolores recién va a estar más lúcida mañana a la noche. Así que fenómeno. Sí, listo. Hago eso. No se hable más. Le aviso... Carajo, ella está sin celular. ¿Llamo a la guardia? Un quilombo para que te atiendan. Ya sé, mando un mail a la mesa de entradas del hospital y que le avisen cuando salga. O cuando se despierte. Capaz que incluso está medio atontada y ni entiende. Sí, es lo mejor. “Estimados, por favor tengan a bien hacerle llegar este mensaje a la paciente Camila Baigorria, de la habitación 114: “Cami, mi vida, se me complicó la ida. Me quedé sin nafta y encima me dormí. Voy el jueves con el leñero y llevo todo. Espero que la cesárea haya salido bien y que Luciano esté espléndido. No sabés la intriga y la ansiedad por verle la carita. Qué emoción… Te amo. Sebas”.

El mail nunca salió de su bandeja de entrada. Sebas llegó el jueves. Cami ya no estaba en el hospital. Ella y su hijo Luciano se fueron de alta la noche anterior. Nadie sabe dónde. Sebas tampoco.

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