Yo creo que
las peores derrotas son las morales, no las reales. Y las morales no son
necesariamente deportivas. Ocurren en la escuela, en la Facultad, en el
trabajo, con los amigos, en tu pareja. Y que sea derrota, no implica que no
ganaste. Tampoco que perdiste. Las derrotas a veces no se tratan de perder. Se
trata de sentirse defraudado, de pifiarla feo con algo en lo que creíste, de
descorazonarte con alguien en quien confiabas ciegamente.
Con esos
parámetros -muy personales, por cierto- me puse a pensar cuál puedo considerar
como la peor derrota de mi vida. Empecé a armar el esquema de eliminación de
cuatro entradas. Como cuatro llaves de campeonato deportivo en las que se van
eliminando entre sí las teóricas peores derrotas que sufrí a lo largo de mi
vida.
En la
primera de las llaves, las deportivas. En otra, las del amor. En la tercera,
confluyendo las de estudio/trabajo. En la cuarta las de la vida. Ahora, a
llenar casilleros. A repasar mentalmente en cada categoría los peores momentos.
En las
deportivas, la llave es corta. Por un lado, aquel día en el habiendo ganado un
lugar en el equipo de gimnasia deportiva que iba a representar a Argentina en
los Panamericanos de Punta Arenas, quedé literalmente marginado por falta de
presupuesto. Sí, no podía ir a competir porque no alcanzaba el presupuesto de
la Federación Argentina de Gimnasia para pagar los viáticos de los deportistas
patagónicos. Solo para los de Capital Federal. Sí, ya sé que lo de “Federal”
queda como sarcástico. Del otro lado, varios años más tarde, cuando jugando
como apertura de la selección de rugby Tehuelches (sí, claro, también de la
Patagonia), quedamos afuera de las semifinales del campeonato argentino frente
al seleccionado de Mar del Plata, por un punto, con un penal que convirtieron
faltando menos de 30 segundos.
La del amor
es más complicada, pero después de varias instancias de clasificación, quedaron
en la final de esa categoría mi primer noviazgo “serio” de la adolescencia,
frente a la pareja que constituí con la que fuera madre de mis tres hijos. Y
esas sí que no fueron derrotas en las que perdí, fueron derrotas en las que
aprendí. Los detalles no vienen al caso pero, en definitiva, en una con
tristeza, en la otra con dolor, pude obtener como resultado el beneficio de
aprender la manera de no hacer las cosas, o de no confiar tanto en que el otro
algún día va a cambiar, o de saber que uno puede y debe entregarse en una
relación pero no a cualquier precio.
Tercera
llave: estudio/trabajo. Por un lado, debemos tener claro que “estudio” abarca
tanto lo que estudié como lo que no. Lo que hice porque me gustaba, lo que
estudié porque debía, lo que no hice (y hubiera querido) porque la vida a veces
te lleva puesto. En el trabajo, mi peor derrota fue mi principal victoria.
Después de haber trabajado en medios “grandes” y “masivos”, pasé a una
consultora de prensa internacional en la que llegué a ser Director y alma mater
de todos los procesos que la hicieron crecer. Ahí, por la aparición de un
“socio” que más que currículum portaba un prontuario, como diría el Nano
Serrat, puestos a elegir, elegí irme con lo puesto y dejar años de esfuerzo,
cabeza, compromiso y un matrimonio en el camino, a cambio de un poco de paz
mental y mucho de dignidad. El resultado de semejante “derrota” fue que hace
exactamente veinticinco años elegí abrirme camino por mi cuenta, con aciertos y
errores, con subidas empinadas y caídas al vacío, pero hace más de dos décadas
que trabajo por y para mí, sabiendo que los errores son mi responsabilidad y
los éxitos, mis aciertos.
La
categoría de la vida es la más difícil. Porque las derrotas sí son pérdidas.
Pero son pérdidas de amigos, de lugares, de seres queridos. Perdí cuando era
adolescente a mi mejor amigo. O mejor dicho, el que creía que era mi mejor
amigo, cuando descubrí una maquiavélica estrategia que montó para distanciarme
de mi amor de ese momento… para abordarla él, diciendo que yo no le convenía.
Perdí en un momento mi hogar, cuando tuve que tomar el toro por las astas y
buscar mi propio espacio para preservarme yo, para despegar de una dinámica
tóxica que me hubiera arruinado para siempre. Perdí a mis viejos, cuando una
pandemia que nadie esperaba ni imaginaba, decidió que así, de un día para el
otro, en el término de dos meses yo me convirtiera en el huérfano que algún día
iba a ser, pero para lo que faltaban todavía unos cuantos años.
Una de las
semifinales se dio entre el ganador del grupo 1, aquella anécdota de la
gimnasia deportiva y el ganador del grupo 3, esa partida de mi último empleo en
relación de dependencia. La otra semi, fue entre el primero del grupo 2, que
terminó siendo la finalización de un vínculo doloroso con quien tuve días
felices pero muchos más días sufridos, y el ganador del grupo 4 que, sin dudas,
fue la pérdida casi en simultáneo de los dos seres que me dieron la vida, los
valores y el sentido de la existencia y que hicieron que hoy sea lo que soy.
La final,
es casi una anécdota, amigos. Porque de los dos ganadores de las mayores
derrotas, debía quedar uno solo: el más ganador, que -irónicamente- sería el
símbolo de la madre de todas las derrotas. ¿Qué más da quién ganó? Si al fin y
al cabo, debiera ser una pérdida. La conclusión, más irónica aun, casi bizarra,
kafkiana si se quiere, es que de todas las derrotas hay un único ganador: sí,
señoras y señores…
“And the winner is…”. Yo, ni más ni menos.
Porque aprendí. Siempre aprendí. Y crecí, y me curtí. Renací del dolor, de la
pérdida, de las cenizas. Rescaté las sonrisas, las alegrías, los momentos de
amor, de complicidad, de sinceridad, de manejar los enojos, de encontrarme en
la cresta de la ola o apenas trepando para subir a la lona. El resultado de las
peores derrotas, es la mejor versión de mi mismo. Pero sí, claro que voy a
seguir cometiendo errores y sufriendo derrotas. Pero no pregunto cuántas son,
solo espero que vayan pasando…

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