martes, 2 de julio de 2024

Vini, Vidi, Vinci

 

Yo creo que las peores derrotas son las morales, no las reales. Y las morales no son necesariamente deportivas. Ocurren en la escuela, en la Facultad, en el trabajo, con los amigos, en tu pareja. Y que sea derrota, no implica que no ganaste. Tampoco que perdiste. Las derrotas a veces no se tratan de perder. Se trata de sentirse defraudado, de pifiarla feo con algo en lo que creíste, de descorazonarte con alguien en quien confiabas ciegamente.

Con esos parámetros -muy personales, por cierto- me puse a pensar cuál puedo considerar como la peor derrota de mi vida. Empecé a armar el esquema de eliminación de cuatro entradas. Como cuatro llaves de campeonato deportivo en las que se van eliminando entre sí las teóricas peores derrotas que sufrí a lo largo de mi vida.

En la primera de las llaves, las deportivas. En otra, las del amor. En la tercera, confluyendo las de estudio/trabajo. En la cuarta las de la vida. Ahora, a llenar casilleros. A repasar mentalmente en cada categoría los peores momentos.

En las deportivas, la llave es corta. Por un lado, aquel día en el habiendo ganado un lugar en el equipo de gimnasia deportiva que iba a representar a Argentina en los Panamericanos de Punta Arenas, quedé literalmente marginado por falta de presupuesto. Sí, no podía ir a competir porque no alcanzaba el presupuesto de la Federación Argentina de Gimnasia para pagar los viáticos de los deportistas patagónicos. Solo para los de Capital Federal. Sí, ya sé que lo de “Federal” queda como sarcástico. Del otro lado, varios años más tarde, cuando jugando como apertura de la selección de rugby Tehuelches (sí, claro, también de la Patagonia), quedamos afuera de las semifinales del campeonato argentino frente al seleccionado de Mar del Plata, por un punto, con un penal que convirtieron faltando menos de 30 segundos.

La del amor es más complicada, pero después de varias instancias de clasificación, quedaron en la final de esa categoría mi primer noviazgo “serio” de la adolescencia, frente a la pareja que constituí con la que fuera madre de mis tres hijos. Y esas sí que no fueron derrotas en las que perdí, fueron derrotas en las que aprendí. Los detalles no vienen al caso pero, en definitiva, en una con tristeza, en la otra con dolor, pude obtener como resultado el beneficio de aprender la manera de no hacer las cosas, o de no confiar tanto en que el otro algún día va a cambiar, o de saber que uno puede y debe entregarse en una relación pero no a cualquier precio.

Tercera llave: estudio/trabajo. Por un lado, debemos tener claro que “estudio” abarca tanto lo que estudié como lo que no. Lo que hice porque me gustaba, lo que estudié porque debía, lo que no hice (y hubiera querido) porque la vida a veces te lleva puesto. En el trabajo, mi peor derrota fue mi principal victoria. Después de haber trabajado en medios “grandes” y “masivos”, pasé a una consultora de prensa internacional en la que llegué a ser Director y alma mater de todos los procesos que la hicieron crecer. Ahí, por la aparición de un “socio” que más que currículum portaba un prontuario, como diría el Nano Serrat, puestos a elegir, elegí irme con lo puesto y dejar años de esfuerzo, cabeza, compromiso y un matrimonio en el camino, a cambio de un poco de paz mental y mucho de dignidad. El resultado de semejante “derrota” fue que hace exactamente veinticinco años elegí abrirme camino por mi cuenta, con aciertos y errores, con subidas empinadas y caídas al vacío, pero hace más de dos décadas que trabajo por y para mí, sabiendo que los errores son mi responsabilidad y los éxitos, mis aciertos.

La categoría de la vida es la más difícil. Porque las derrotas sí son pérdidas. Pero son pérdidas de amigos, de lugares, de seres queridos. Perdí cuando era adolescente a mi mejor amigo. O mejor dicho, el que creía que era mi mejor amigo, cuando descubrí una maquiavélica estrategia que montó para distanciarme de mi amor de ese momento… para abordarla él, diciendo que yo no le convenía. Perdí en un momento mi hogar, cuando tuve que tomar el toro por las astas y buscar mi propio espacio para preservarme yo, para despegar de una dinámica tóxica que me hubiera arruinado para siempre. Perdí a mis viejos, cuando una pandemia que nadie esperaba ni imaginaba, decidió que así, de un día para el otro, en el término de dos meses yo me convirtiera en el huérfano que algún día iba a ser, pero para lo que faltaban todavía unos cuantos años.

Una de las semifinales se dio entre el ganador del grupo 1, aquella anécdota de la gimnasia deportiva y el ganador del grupo 3, esa partida de mi último empleo en relación de dependencia. La otra semi, fue entre el primero del grupo 2, que terminó siendo la finalización de un vínculo doloroso con quien tuve días felices pero muchos más días sufridos, y el ganador del grupo 4 que, sin dudas, fue la pérdida casi en simultáneo de los dos seres que me dieron la vida, los valores y el sentido de la existencia y que hicieron que hoy sea lo que soy.

La final, es casi una anécdota, amigos. Porque de los dos ganadores de las mayores derrotas, debía quedar uno solo: el más ganador, que -irónicamente- sería el símbolo de la madre de todas las derrotas. ¿Qué más da quién ganó? Si al fin y al cabo, debiera ser una pérdida. La conclusión, más irónica aun, casi bizarra, kafkiana si se quiere, es que de todas las derrotas hay un único ganador: sí, señoras y señores…

 “And the winner is…”. Yo, ni más ni menos. Porque aprendí. Siempre aprendí. Y crecí, y me curtí. Renací del dolor, de la pérdida, de las cenizas. Rescaté las sonrisas, las alegrías, los momentos de amor, de complicidad, de sinceridad, de manejar los enojos, de encontrarme en la cresta de la ola o apenas trepando para subir a la lona. El resultado de las peores derrotas, es la mejor versión de mi mismo. Pero sí, claro que voy a seguir cometiendo errores y sufriendo derrotas. Pero no pregunto cuántas son, solo espero que vayan pasando…


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