Cuando el
comisario inspector Mucchi terminó de describir mi misión, creí que era una
broma de mal gusto.
Las
descripción inicial era atrapante para quien se dedica a la investigación
policial: “Es una búsqueda muy complicada”.
Los protagonistas
eran interesantes, porque le agregaban relevancia a mi tarea: “Están
involucrados el príncipe Reinaldo, la candidata a princesa, novia actual del
príncipe, y gran parte de la corte del Rey Sansirano”.
Las
coordenadas eran un lujo: “Tiene que ir al Palacio Real, en las escalinatas de
acceso ya está el perímetro cercado para que nadie pueda alterar la escena del
crimen”.
- ¿Y a
quién tenemos que investigar comisario? ¿Hay pistas sobre el asesino? – me
entusiasmé.
- No,
Fagundez… no hable pelotudeces… ¿qué asesino?... Tenemos que buscar un zapato…
-
Jajajajaaaaaa… Jefe, usted está cada día más ocurrente con los chistes… -le
dije complaciente, aunque el chiste me pareció malísimo.
- Ningún
chiste, Fagundez… buscamos un zapato. Parece que, en la festichola de anoche en
el Palacio, una minita despampanante entró sin invitación y le tiró onda al príncipe… y parece que este Reinaldo,
que es un bobalicón, se olvidó de que estaba su prometida y la sacó a bailar…
Bueno, nadie sabe cómo, cuando se hicieron las doce, la chiquita esta salió
corriendo del salón, lo dejó de garpe al príncipe y se fue a la mierda...
Yo no sabía
si reírme, si quedarme serio, si poner cara de circunstancia o si decirle a
Mucchi que se fuera a la puta madre que lo parió. Pero elegí seguir escuchando
a ver cómo continuaba la cosa…
- La
cuestión es que el pelandrún del príncipe ahora dice que esa mujer es la mujer
de su vida, que si descubre quién es se va a casar con ella.
- Me está
jodiendo…. ¿y la candidata?
- Nada,
Fagundez, la candidata está llorando desde anoche y los guardias del Palacio no
saben cómo hacer para que se vaya sin hacer escándalo.
- Y
entonces… ¿qué tenemos que investigar?
- La única
pista que tenemos es un zapatito de cristal pedorro que el príncipe encontró en
las escalinatas del Palacio cuando salió a buscar a la minita…
- ¿Y con
eso qué hacemos? -pregunté con calma, como para no entrar en la joda, y
esperando a que Mucchi me dijera que, efectivamente, era una joda y me diera
los detalles reales de la misión.
- Hay que
agarrar el zapatito de cristal y salir a buscar en todas las posadas de los
alrededores del palacio a ver a quién carajo le calza. Y a la que le calza,
llevarla al Palacio para que el pelotudo de Reinaldo le diga que va a ser la
princesa del reino y que quiere tener un heredero con ella.
Me quedé
impávido, en silencio, mirando fijo al comisario inspector. Y con el
pensamiento delirante y ridículo de imaginar qué pasaría si el zapato le
calzaba a un travesti de la comarca…
- ¡¡Y dele,
Fagundez!! ¿Qué carajo está esperando?
- No… no…
sí…. sí, comisario inspector… ya salgo para allá.
Cuando
llegué a las escalinatas del Palacio, había un montón de curiosos que se
preguntaban por qué estaban las fajas de “No pasar”, algunos mozos, los
cocineros, el director de la orquesta y los asesores del príncipe.
Al pie de
las escaleras un zapatito de cristal. Yo le calculé talle 37 o 38. No más que
eso. Pero no tenía ni idea por dónde empezar la investigación. No solo porque
no tenía idea, sino porque era la pesquisa más pelotuda que me hubieran
asignado en mis veinticinco años de carrera.
Una de las
testigos que estaba cerca cuando la chica salió corriendo dijo que la vio
subirse a un carruaje majestuoso. Que era bellísima y que la cara de la
señorita le parecía conocida, porque era casi igual a la hijastra de la viuda
del señor Cingulani. "Flor de turra es la vieja - dijo la testigo -, y tiene dos
hijas feas como patada en los ovarios y malas como arañas galponeras que, como
no está el padre que proteja a la pobre piba, la usan de sirvienta". Que ella
se la cruzó varias veces en el almacén del pueblo toda harapienta y con los
pelos desarreglados, agregó la testigo. Que la confundía haberla visto tan
emperifollada y bien vestida… Pero que creía que era ella. Y agregó que, aunque
sabía que no era un dato que ayudara, si el zapato era de la sirvientita ella
iba a estar feliz, así las dos yeguas de las hijas de la viuda de Cingulani
dejaban de hacerle la vida imposible.
Yo seguía
sin dar crédito de la misión que me había asignado Mucchi, de la historia del
príncipe, su prometida y la desconocida que le escupió el asado, de la testigo
que odiaba a la viuda de Cingulani, y de que todo lo que tenía como elemento de
investigación era un zapato de cristal.
Miré el
reloj para tratar de ubicarme y casi por acto reflejo vi la fecha. Noviembre
13, martes. Definitivamente, ese día me
tendría que haber quedado en casa. No había forma de que este caso terminara bien.

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