martes, 2 de julio de 2024

Martes 13

 


Cuando el comisario inspector Mucchi terminó de describir mi misión, creí que era una broma de mal gusto.

Las descripción inicial era atrapante para quien se dedica a la investigación policial: “Es una búsqueda muy complicada”.

Los protagonistas eran interesantes, porque le agregaban relevancia a mi tarea: “Están involucrados el príncipe Reinaldo, la candidata a princesa, novia actual del príncipe, y gran parte de la corte del Rey Sansirano”.

Las coordenadas eran un lujo: “Tiene que ir al Palacio Real, en las escalinatas de acceso ya está el perímetro cercado para que nadie pueda alterar la escena del crimen”.

- ¿Y a quién tenemos que investigar comisario? ¿Hay pistas sobre el asesino? – me entusiasmé.

- No, Fagundez… no hable pelotudeces… ¿qué asesino?... Tenemos que buscar un zapato…

- Jajajajaaaaaa… Jefe, usted está cada día más ocurrente con los chistes… -le dije complaciente, aunque el chiste me pareció malísimo.

- Ningún chiste, Fagundez… buscamos un zapato. Parece que, en la festichola de anoche en el Palacio, una minita despampanante entró sin invitación y le tiró onda al príncipe… y parece que este Reinaldo, que es un bobalicón, se olvidó de que estaba su prometida y la sacó a bailar… Bueno, nadie sabe cómo, cuando se hicieron las doce, la chiquita esta salió corriendo del salón, lo dejó de garpe al príncipe y se fue a la mierda...

Yo no sabía si reírme, si quedarme serio, si poner cara de circunstancia o si decirle a Mucchi que se fuera a la puta madre que lo parió. Pero elegí seguir escuchando a ver cómo continuaba la cosa…

- La cuestión es que el pelandrún del príncipe ahora dice que esa mujer es la mujer de su vida, que si descubre quién es se va a casar con ella.

- Me está jodiendo…. ¿y la candidata?

- Nada, Fagundez, la candidata está llorando desde anoche y los guardias del Palacio no saben cómo hacer para que se vaya sin hacer escándalo.

- Y entonces… ¿qué tenemos que investigar?

- La única pista que tenemos es un zapatito de cristal pedorro que el príncipe encontró en las escalinatas del Palacio cuando salió a buscar a la minita…

- ¿Y con eso qué hacemos? -pregunté con calma, como para no entrar en la joda, y esperando a que Mucchi me dijera que, efectivamente, era una joda y me diera los detalles reales de la misión.

- Hay que agarrar el zapatito de cristal y salir a buscar en todas las posadas de los alrededores del palacio a ver a quién carajo le calza. Y a la que le calza, llevarla al Palacio para que el pelotudo de Reinaldo le diga que va a ser la princesa del reino y que quiere tener un heredero con ella.

Me quedé impávido, en silencio, mirando fijo al comisario inspector. Y con el pensamiento delirante y ridículo de imaginar qué pasaría si el zapato le calzaba a un travesti de la comarca…

- ¡¡Y dele, Fagundez!! ¿Qué carajo está esperando?

- No… no… sí…. sí, comisario­ inspector… ya salgo para allá.

Cuando llegué a las escalinatas del Palacio, había un montón de curiosos que se preguntaban por qué estaban las fajas de “No pasar”, algunos mozos, los cocineros, el director de la orquesta y los asesores del príncipe.

Al pie de las escaleras un zapatito de cristal. Yo le calculé talle 37 o 38. No más que eso. Pero no tenía ni idea por dónde empezar la investigación. No solo porque no tenía idea, sino porque era la pesquisa más pelotuda que me hubieran asignado en mis veinticinco años de carrera.

Una de las testigos que estaba cerca cuando la chica salió corriendo dijo que la vio subirse a un carruaje majestuoso. Que era bellísima y que la cara de la señorita le parecía conocida, porque era casi igual a la hijastra de la viuda del señor Cingulani. "Flor de turra es la vieja - dijo la testigo -, y tiene dos hijas feas como patada en los ovarios y malas como arañas galponeras que, como no está el padre que proteja a la pobre piba, la usan de sirvienta". Que ella se la cruzó varias veces en el almacén del pueblo toda harapienta y con los pelos desarreglados, agregó la testigo. Que la confundía haberla visto tan emperifollada y bien vestida… Pero que creía que era ella. Y agregó que, aunque sabía que no era un dato que ayudara, si el zapato era de la sirvientita ella iba a estar feliz, así las dos yeguas de las hijas de la viuda de Cingulani dejaban de hacerle la vida imposible.

Yo seguía sin dar crédito de la misión que me había asignado Mucchi, de la historia del príncipe, su prometida y la desconocida que le escupió el asado, de la testigo que odiaba a la viuda de Cingulani, y de que todo lo que tenía como elemento de investigación era un zapato de cristal.

Miré el reloj para tratar de ubicarme y casi por acto reflejo vi la fecha. Noviembre 13, martes.  Definitivamente, ese día me tendría que haber quedado en casa. No había forma de que este caso terminara bien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Semáforo rojo

  Se puso la blusa de raso celeste inmediatamente después de abrocharse el corpiño. Subió el pantalón blanco con una mano, a los saltos mien...