La
fragancia aquella vez era la misma que ahora, Paco Rabanne. Luigi la olió por
primera vez en la casa de la zona universitaria en la que su mamá lavaba ropa
dos veces por semana.
Pero esta
vez todo era distinto. Aquel día, Luigi había ido a buscar a su madre cuando
salió de trabajar, a pocas cuadras de allí, para regresar a su casa juntos.
Cuando estaba parado en la puerta de los Jackson, apareció ella. Luigi la miró
incrédulo. Por un momento creyó que estaba soñando. La vio llegar desde la
esquina con dos amigas. Las amigas eran muy bonitas, pero al lado de ella
parecían dos réplicas de muñecas de trapo mal terminadas. Ella brillaba,
resplandecía, las opacaba. Cuando pasaron a su lado, esquivándolo, ella le
sonrió amablemente y le dijo “Perdón…” e hizo un ademán como de querer entrar.
Él hizo un movimiento torpe y tosco para correrse y respondió “Uy, no, no,
perdón ustedes…”. Las tres se rieron y entraron a la casa. Cuando pasó ella,
Romina, él sintió ese aroma inexplicablemente dulce y amargo a la vez. Pero le
quedó impregnado en la memoria de sus papilas olfativas para siempre.
Al día
siguiente fue a uno de esos locales enormes con perfumes, cremas y bálsamos
para mujeres y olió decenas de aromas para tratar de saber cuál era. Cuarenta
minutos después, cuando la empleada amable estaba dejando de ser amable, y ya
su nariz y su olfato estaban totalmente mareados, logró identificarla: Paco
Rabanne Lady Million.
Después de ese día, cuando la mamá de Luigi no iba a lavar a la casa de los Jackson él se paraba en la esquina, asegurándose de que Romina no lo viera y esperaba el momento en el que ella volvía de la Facultad, a veces sola, a veces con una o dos amigas solo para mirarla y admirarla. Y cada martes y cada jueves, inexorablemente, él iba a buscar a su madre y esperaba verla llegar, cruzar una mirada o unas palabras con ella, aunque claramente él presentía que, para Romina, Luigi era casi como un árbol que había que esquivar para poder entrar a su casa.
Un año
después, Luigi había perdido contacto con la mayoría de sus amigos y en su
familia no entendían por qué sistemáticamente llegaba más tarde de su trabajo.
Romina se había convertido en su obsesión. La googleó, la buscó en Facebook, en
Instagram y en Twitter. Como un voyeur seguía todos sus pasos, veía las fotos
de la salidas con las amigas, los viajes, las fotos en la playa, los saludos de
cumpleaños.
Como su
madre ya no iba a trabajar más a la casa de los Jackson, había perdido la
oportunidad de verla de cerca al menos dos días por semana. Se devanaba los
sesos pensando con qué estrategia, con qué excusa, con qué buen motivo llegar
hasta ella e invitarla a salir. Al fin y al cabo, ella no dejaría de verlo como
el hijo de la señora que lava la ropa.
Todos los
días dedicaba media hora a stalkearla en todos los perfiles de sus redes
sociales. Trataba de juntar información, de armar la historia de Romina, de
saber en qué andaba, de tener temas de conversación para cuando se animara a
invitarla a salir. Pero un día sintió que su mundo se derribaba. Un nudo en la
garganta, un vacío en el estómago, un estallido en su corazón, un volcán
haciendo erupción en su cabeza. Romina estaba abrazada a un muchacho, buen mozo
pero nada del otro mundo, de rulos, ojos claros y contextura mediana. Y el post
decía: “Gracias por aparecer en mi vida”. Ella estaba hermosa como siempre, con
una sonrisa de oreja a oreja… abrazada a él.
Entonces
tomó la decisión más importante de su vida. Se dijo que no iba a permitirse
perderla sin haber intentado acercarse a ella. Decidió reaccionar de una vez
por todas, enfrentarla y decirle todo lo que sentía por ella desde hacía tanto
tiempo. Planificó cómo ese día, a la salida del trabajo, iba a cambiar la
estrategia voyeurista por una declaración de amor. Iba a ir a la Facultad, para
interceptarla antes de que llegara a su casa. No, mejor la esperaba en el
baldío que estaba a un par de cuadras de su casa, así no quedaba expuesto ante todos su compañeros
y los cientos de desconocidos que salían de la Facultad de Medicina a esa hora.
Así lo
hizo. Fue y la esperó en el baldío, cerca de la vereda. Apenas la vio aparecer
la saludó y le dijo: “Necesito hablar con vos. Es urgente… Pero antes, tengo
esto para vos”. Y le dio una bolsita de papel de Paco Rabanne con un Lady
Million dentro.
Un rato
después él estaba arrodillado, sentado sobre sus pies, rodeando el cuerpo de
Romina con sus brazos.
- Es
increíble Romi… al fin… al fin pude decirte todo, por fin pudiste saber lo que
sentía por vos... -dijo con los ojos cerrados mientras olía el cuello de
Romina- Esta fragancia es única en vos...
- Joven…
quédese quieto… tranquilo… todo va a estar bien… tranquilo… deme eso - le dijo
el oficial Scott mientras esquivaba el charco de sangre y le sacaba la cuchilla
de su mano derecha.

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