Las legañas
no me dejaban despegar los ojos. La cabeza me estallaba. Me levanté en la
oscuridad y, a tientas, llegué hasta la ventana. Cuando el sol entró por las
hendijas de la persiana fue como si me hubieran clavado cientos de alfileres en
los ojos. Y alguien hubiera salido de dentro del placard y me hubiera dado un
hachazo en la frente.
Pasaron
unos cuantos segundos hasta que pude volver a abrir los ojos sin achinarlos. De
a poco logré ir haciendo foco en todo lo que me rodeaba: la cama revuelta, mi
almohada en el piso, el vaso de agua en la mesita de luz, los zapatos en
rincones opuestos de la habitación, una de las medias sobre la silla del
rincón, la otra inexplicablemente colgada de la manija de la puerta. “Debe
haber sido Gina”, me dije. Esa gata siamesa tan bonita pero tan
insuperablemente traviesa cuya costumbre favorita era jugar con mis medias
durante toda la noche.
Giré
lentamente la cabeza hacia la ventana y, esta vez por precaución, achiné los
ojos antes de enfrentar el fulgor del reflejo del sol que atravesaba el vidrio.
Di dos pasos con lentitud para acercarme a la ventana y correr la cortina de
voile que apenas reducía el resplandor de la luz externa. Allí, detrás de ese
haz de claridad, estaba el jardín. Un jardín modesto en el que solo había
césped porque nunca fui bueno cuidando plantas. Y por eso, nunca tuve plantas
ni flores ni huerta. Sólo césped, pero solo grama bahiana, que requiere menos
cuidados. Necesitaba un poco de verde, y la grama bahiana me daba lo que
necesitaba sin mayor demanda.
Cuando
empecé a abrir los ojos y miré hacia el jardín sentí que estaba alucinando. O
que todavía la fotofobia que me atormentaba esa mañana estaba en su peor
momento. Me restregué los ojos y me saqué dos legañas enormes. Volví a mirar.
Un frío helado recorrió toda mi columna vertebral. Mis latidos se aceleraron a
una velocidad a la que nunca en mi vida imaginé que podría bombear mi corazón.
Abrí una de las hojas de la ventana y asomé mi torso para ver mejor.
En el
centro exacto del jardín, en medio de un enorme charco de sangre, había una
especie de estaca, como esas de metal enorme que se usan para asar corderos,
lechones o chivitos, pero hecha con trozos del cajón de manzanas que había
quedado en el patio y atado con tiras de la sábana verde que dejé colgada la
noche anterior en el tender.
Y en la
estaca, Gina, mi gata, con todo el cuerpo abierto al medio, las entrañas
colgando, las cuatro patas atadas a la estaca, la cabeza prolijamente tirada
hacia adelante. Lo espeluznante del cuadro se completó cuando noté que no tenía
los ojos y le habían cortado las orejas.
Me
temblaban las piernas. Mi respiración se entrecortaba. Corrí hasta la mesita de
luz. Quise agarrar el celular para llamar al 911 y la flaccidez de mis manos
hicieron que saliera despedido violentamente hacia la pared y la pantalla se
hiciera añicos. “¡¡El WhatsApp web!!” dije para mis adentros, recordando que
fue lo último que minimicé antes de que la borrachera me venciera. Ni siquiera
podía recordar con quién había estado hablando, pero sabía que quien fuera
podría hacer algo por mí.
Fui a los
tumbos hasta el pequeño escritorio de pino en el que estaba mi laptop abierta.
Moví el mouse como pude con mi manos temblorosas. La pantalla comenzó a
iluminarse lentamente. Cuando quise abrir la ventana del Chrome, hice click en
varios íconos del escritorio sin lograr acertar en el círculo tricolor con el
punto azul en el medio. Se abrió una planilla de cálculos en blanco. Luego el
reproductor de música. Le siguió la bandeja de entrada de Outlook… No puedo saber cuánto tiempo quedé inmóvil y
pálido mirando la lista de correos no leídos, resaltados en negrita. Había tres
que habían entrado durante la noche: uno de Carla de Turismocity,
inexplicablemente ofreciendo alternativas de viajes para cuando el aislamiento
al que nos sometió la pandemia nos deje ir más allá de las cinco cuadras a la
redonda; otro de la compañía de luz, recordándome que mi factura vencía en dos
días…. El tercero fue el que me provocó pavura. Era un correo dirigido a mí, obviamente,
cuyo remitente era… yo.
Dudé mucho
del origen de ese correo pensando en hackers, en qué tan borracho hubiera
estado como para haberme enviado un mail a mí mismo, en quién me estaría
haciendo un chiste… Finalmente, la curiosidad y el desconcierto me hicieron
olvidar por un segundo la imagen horrorosa de Gina estaqueada y destripada en
el medio del jardín. Hice doble click y se abrió a pantalla completa el correo
de marras. Había una sola frase, a Arial Black a tamaño 42: “Cuidado con lo que
hacés”. Nada más. Ni firma. Ni datos. Ni alguna explicación de todo lo que
estaba pasando.
Me recosté
sobre el sillón tirando la cabeza hacia atrás y el torso hacia adelante hasta
quedar haciendo casi una plancha entre el respaldo y el asiento. Cerré los
ojos. Traté de hacer memoria buscando respuestas de no sabía qué, no sabía
dónde. Me dormí. O eso creí. Sentí calor en el pecho. Y también sentí cómo un
líquido tibio recorría mi esternón hacia el ombligo. Algo me hacía cosquillas
en la barbilla. Hice un esfuerzo hercúleo para volver a abrir los ojos.
Despacio, para evitar la fotofobia. Sin moverme miré hacia abajo, hacia mis
pectorales. Lo que me hacía cosquillas eran los bigotes del hocico de Gina. El
calor en el pecho eran las tripas de Gina, abierta al medio con sus patitas
casi abrazándome y su sangre corriendo por mi abdomen. En los agujeros de los
ojos ausentes de mi gata, había dos rollitos de papel diminutos. Intentando no
moverme mucho para que no seguir derramando sangre, saqué los dos rollitos de
los ojos de Gina. Estaban numerados. Abrí lentamente el que tenía el número 1.
“La respuesta está en vos mismo”. Desorientado, abrí el rollito número 2. “Sí,
fuiste vos. Vos me hiciste esto. Vos te hiciste esto. Vos y el alcohol. Traté
de cuidarte. Traté de protegerte. Pero seguiste tomando. Te avisé. Un día me
vas a encontrar muerta. Fuiste muy cruel. Al menos podrías haberme dejado los
ojos celestes. Juro que no me vas a olvidar. Gina”.
Hoy se
cumple un años desde ese día. Hace ocho meses que no tomo. Un día por vez. Mi
grupo de AA me contuvo y me acompañó después de los seis meses de internación. Desde
entonces, entendí un montón de cosas… menos, qué fue lo que pasó esa noche.

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