Un rincón en el que puedo volcar mis raptos de catarsis literaria. Así, sin filtro, sin edición. Puro impulso de palabas. Porque sí. Porque quiero. Y necesito. Gracias al Campeonato Mundial de Escritura por ayudarme a animarme a esto... y Gaby, que me insistió hasta el cansancio.
miércoles, 8 de abril de 2020
Lomo al champiñón
Lentos
Daniel sí lo podía creer. Es más… hacía años que esperaba que Joaco terminara así. Lo que no podía creer es no haber hecho nada antes, en la época de los lentos. Pero ya era tarde.
Mirar miradas
Sin embargo, sigo creyendo en el poder de la mirada. Si alguna vez me cruzan por ahí, tengan en cuenta que los voy a estar mirando. No como el “Gran Hermano”, no. Mirándolos directo a los ojos. Hablando con la mirada. A veces de más…
Sensualidad
Viajar
Benjamín
Se cruzaron
en la escalera de la Facultad. Él venía bajando con un grupo de compañeros de
la clase de Análisis Matemático. Ella, subiendo con una amiga, vaya a saber rumbo
a qué materia. Cuando la vio, la miró fijo mientras seguía hablando con Damián.
Ella lo miró, bajó la cabeza, se sonrió tímidamente y se ruborizó.
Dos días
más tarde, el jueves, la misma escena, varios escalones más abajo. La mirada,
la sonrisa, el rubor.
Damián era
un colgado, así que nunca se dio cuenta de nada. Pero Juan, un peruano fachero
y con pinta de ganador, que siempre estaba a la pesca de alguna mujer bonita
para decirle un piropo inteligente o para buscar una excusa ridícula para
chocarse “involuntariamente” había percibido algo raro el martes, y volvía a
verlo hoy.
- Lucas, no
te hagás el boludo… ya fichaste a la morocha de pelo lacio, ¿no?
- ¿Qué
morocha? No, gil, de qué hablás…
- Lucas, te
conozco, macho… vos no das puntada sin hilo, y donde ponés el ojo ponés la
bala.
- No,
boludo, en serio… nada que ver.
Bueno, en
realidad sí. Sí había algo que ver. Los ojos marrones profundos de la señorita
en cuestión lo flashearon. Ella estaba impecable, con una camisa floreada, un
pantalón ajustado, botas bajas y un maquillaje sutil pero llamativo a la vez.
No era de esas que se pintan como una puerta para ir a la Facultad. No era de
esas que van a cara lavada y se sientan al lado de tu banco en el aula como si
solamente le faltara el gorrito con pompón del pijama. Cuando la miraba, antes
de que ella bajara la cabeza, veía el brillo de los ojos, la sonrisa perfecta,
el pestañeo sensual…
Los días
pasaron y el cruce de miradas sutil pasaron a ser tan obvios y evidentes que
las cargadas de los amigos de Lucas eran casi justificadas. Y a ella, una
semana después, se le sumaron dos compañeras más que resultaron ser cómplices
de las risas post mirada.
Cada día
Lucas volvía a su casa pensando qué hacer para salir de esa rutina tan poco
efectiva de cruzarla en una escalera de la Facultad. No sabía el nombre, no
sabía qué carrera cursaba, no sabía la edad, no sabía nada de nada.
Lo más
extraño es que cada vez que se la cruzaba se le aceleraba el corazón, le daban
como palpitaciones, hacía esfuerzos hercúleos por no ponerse colorado el
también. Justo él, que era un ganador nato, que portaba una seguridad de galán
de telenovela mexicana que todos sus amigos envidiaban. Disimulaba como podía,
pero el corazón le latía tan fuerte que el rubor era inevitable.
Casi un mes
después, mientras iba en el 152 para llegar a la clase de Análisis I, se le
ocurrió una idea genial. Temeraria, pero genial. De alto riesgo. El riesgo de
quedar como un pelotudo sin remedio. Pero la morocha bien valía la pena el
riesgo. Y lo iba a hacer.
Como de
costumbre, se volvieron a cruzar. Se miraron, él esta vez le sonrió. Y se
ruborizaron los dos. Las amigas de ella con esas risitas nerviosas e
indisimulables de que se trataba de que “algo pasaba” cada vez que se cruzaba
con Lucas y sus amigos.
Cuando
llegaron a la puerta de la Facultad, Lucas le dijo a sus amigos:
- Uhhhh…
qué boludo, me olvidé de comprar el cuadernillo de Álgebra!!
- Ah, pero
no podés ser más nabo… ¿ahora te acordás de ir al tercer piso? -le dijo
Damián-. Dale, mañana vas.
- No, Dami,
de verdad, estoy super atrasado. Ustedes vayan, yo subo un toque, compro eso y
los alcanzo en la parada. Si ven que me demoro vayan, hablamos a la tarde.
Lucas ya
sabía que se iba a demorar. Porque el cuadernillo de Álgebra lo tenía que
comprar, pero no era de vida o muerte. Para aprovechar el tiempo, fue al tercer
piso y lo compró. A la vuelta, bajando, cuando pasaba por el segundo piso,
decidió recorrer los pasillos para ver si, en una de esas, descubría en qué
aula estaba la morocha. Pero no, fue inútil. No la vio.
Estuvo dos
horas haciendo tiempo. Justo justo lo que duran los bloques de cursadas. Cerca
de las once se fue acercando a la puerta de entrada de la Facu. A esa hora, en
el cambio de materias, los pasillos y la entrada de la Facultad parecen un
hormiguero. No sabía cómo, pero tenía que verla, tenía que encontrarla sin que
ella ni las amigas se dieran cuenta. Once y diez, vio la cabellera castaño-oscura
(no sabía por qué le decía morocha, si no era morocha, era castaño-oscura) en
medio del mar de estudiantes que bajaban las escaleras de entrada y salida. El
brillo de la sonrisa de la extraña estudiante de vaya saber qué, sobresalía,
iluminaba todo, resplandecía.
Lucas se
escondía, agachaba la cabeza, miraba de reojo. Tenía que asegurarse de que
nadie lo viera. Y lo logró. Entonces empezó a seguirla. Quería saber qué
colectivo tomaba y si podía, filtrarse en la multitud para ver dónde bajaba. Y
si podía, bajarse en la misma parada y ver dónde entraba.
La suerte
estuvo de su lado. La castaño oscuro no subió a ninguna línea de colectivos.
Caminó con dos amigas un par de cuadras, una se quedó y las otras dos siguieron
una cuadra más, cruzaron la avenida y subieron otras cuadras por otra avenida
empinada. Él las seguía sigilosamente, a una distancia prudencial. En la
esquina de Independencia y Balcarce, su castaño-oscura y la amiga se
despidieron con un beso. Ella siguió una cuadra más. Dobló en Defensa hacia la
derecha. Él apresuró el paso y espió desde la ochava. A unos 30 metros ella
entró en una casa de esas antiguas, tipo chorizo, con puertas altas y angostas.
Defensa 757. Eran las once y veinticinco. ¡Bingo! Ya sabía al menos dónde
vivía.
Los dos
días que siguieron, hasta la próxima clase de Análisis I, se le hicieron
eternos. Casi no durmió. Y le costó mucho concentrarse en las clases. No habló
casi con nadie y mucho menos acerca de su plan.
Finalmente,
el jueves cuando salió de clase (y se volvieron a cruzar y a mirar, obvio) él
inventó otra excusa para quedarse. Pero esta vez no hizo tiempo en el bar de la
Facultad. Es decir, sí, un rato estuvo, pero a las diez y media pagó el cortado
y la medialuna y se fue caminando despacito hasta la esquina de Defensa e
Independencia, donde había una farmacia.
Diez
cincuenta. Nervios. Repasar la frase que le iba a decir. Medir el miedo y la
vergüenza para controlarlos. Once. Debe estar saliendo. Once y diez. Ya debe
estar empezando a caminar por Paseo Colón. Once y cuarto. Cruzan la avenida.
Once y veintidós. Se despide de su amiga con un beso. Once y veinticuatro. Está
caminando por Independencia hacia Defensa. El corazón se aceleraba. Los latidos
parecían un tambor. El rubor insistía en salir. No se quería asomar para ver si
venía. Mirá si justo lo veía. Un papelonazo. Se apoyó contra la vidriera de la
farmacia y esperó.
Once y
veinticinco. Nada… Nervios. ¿Se asomaba? No, mejor esperaba un minuto más. Once
y veintiséis. Nada… “Yo me asomo”, pensó… “No, no, ya debe estar por venir”, se
respondió. ¿Y si se fue a otro lado? Capaz que se quedó en el bar de la Facu…
Se maldijo. No había sido una buena idea. No era un buen plan. No había
previsto este tipo de alternativas. Ya a las once y veintinueve estaba
totalmente desilusionado. Manoteó el atado de cigarrillos, desesperanzado, y
sacó uno. Lo prendió y mientras pitaba levantó la mirada y miró a la izquierda,
al final de la ochava sobre Independencia. Y detrás de los ojos marrón oscuro
apareció ella. Se sobresaltó, se frenó.
- Hola –
dijo Lucas con una sonrisa mitad de alegría por ver que el plan funcionaba y
mitad de nervios.
- Hola…
-balbuceó ella, con temor- ¿qué hacés acá?
- Nada, te
esperaba…
- Pero… y….
es que… ¿cómo sabías?
- Menos
pregunta Dios y perdona. Tengo un ejército de enanos que se encarga de
investigar dónde puedo encontrar a gente que me interesa mucho…
- Perooo… y
¿cómo? -ella no sabía si seguir, si escaparse corriendo, si reírse. “Hay tanto
loco suelto que una tiene miedo…”
- A ver, yo
sé que esto puede ser muy loco. Pero más loco es que nos estemos cruzando dos
veces por semana durante varios meses y yo ni siquiera sepa tu nombre… Yo soy
Lucas, y como sabrás, curso en Paseo Colón. ¿Vos sos…? -dijo él extendiendo la
mano con extrema formalidad.
- Lorena…
-y empezó a sonreír extendiendo la mano también.
- Bueno,
Lorena, te dejo porque debés estar apurada y yo en dos minutos más empiezo a
tartamudear y sería una lástima convertir este momento mágico en un papelón.
Ella se rió
fuerte. Y le dijo:
- Estás
totalmente loco…
- Puede
ser, pero todavía no se dieron cuenta… Lorena, ¿te parece si el martes cuando
salimos te invito a tomar un café? No me contestes ahora. Pensalo y me
confirmás después -y le alcanzó un papelito con el número de su celular escrito
a mano alzada-. Si querés me mandás un mensaje. Si no, fue un placer
acompañarte estos 30 metros.
El resto de
la historia es larga. Pero con una sola palabra se puede resumir qué pasó ese
martes. Más que una palabra, un nombre: Benjamín. Tres kilos seiscientos.
Nacido por parto natural. Hijo de Lucas y Lorena.
Mata Hari
“Restos calcinados y descuartizados fueron encontrados esta madrugada en inmediaciones de la calle Intendente Neyer y Roma, en el barrio de Beccar, partido de San Isidro. Se trataría de una mujer joven, de unos 20 a 22 años, cuya identidad se desconoce. Los investigadores intentan descubrir cuál fue el móvil del asesinato tan macabro, pero el cadáver está carbonizado y no han podido rescatar huellas dactilares. Vecinos del barrio La Cava, aseguran que se trataría de un ajuste de cuentas entre narcotraficantes. Ampliaremos.”
La madre apagó la tele y almorzó, sonriendo, su comida favorita.
Despertares
Semáforo rojo
Se puso la blusa de raso celeste inmediatamente después de abrocharse el corpiño. Subió el pantalón blanco con una mano, a los saltos mien...






