miércoles, 8 de abril de 2020

Lomo al champiñón



Un lomo pequeño. Un cuarto kilo de champiñones. Medio kilo de papas. Una cebolla blanca. Un plantín de cebollita de verdeo. Crema. Doscientos gramos de jamón cocido. Cuarenta gramos de manteca. Un diente de ajo. Pimienta negra. Sal. Una pizca de cúrcuma, orégano y el secreto del cocinero: nigella sativa, o “negrilla”, un condimento que había comprado en el paseo por el Bazar de las Especias de Estambul ideal para sazonar carnes.

Él es buen cocinero. Le gusta todo el ritual de preparar los ingredientes: limpiar la carne, cortar las papas, cortar la cebolla blanca en rodajas finitas, picar el verdeo, separar las fetas de jamón y cortarlas en lonjas parejas, dejar todas las especias listas y a mano para el momento de agregarlas. Es que él no tiene a su ayudante que le acerque los elementos, le retire los cacharros usados y le limpie la mesada. Disfruta de cada paso, del momento de agregar cada componente del plato que prepara. Eso sí, siempre todo el proceso está acompañado de una copa de buen tinto.

Cocinar para él es homenajear. No es de los que te hace una milanesa con puré chef o unos fideos con manteca o una hamburguesa al horno. No, el tipo te cocina de verdad. Hasta para él solo se cocina bien. Pero si es para compartir, le pone más esmero, más pasión, cuida todo los detalles. Se odia cuando se le pasó un poco el punto de la carne, o si se le fue la mano en la sal o en la pimienta. Nunca el excedente es exagerado, pero una pizca de más hace la sutil diferencia de que la huella en el paladar y el registro en los sabores pasen de un “riquísimo” a un “un poquito picante”. Y eso que a él le gusta el picante. Pero sabe que cuando es demasiado tapa todo lo demás. Y eso hace inútil todo el esfuerzo y la dedicación previos.

Lo ideal es que siempre acompañe la música. Él es muy ecléctico. Escucha de todo. Es básicamente melómano. Pero cuando de cocinar se trata, mayormente, la compañía son los playlist de Spotify de música tranqui, la que sea, pero tranqui. Depende del día, de la hora, de su estado de ánimo y, principalmente, de quien se vaya a sentar a la mesa.

Esa noche era especial. El reencuentro con una vieja “amiga” de su adolescencia. “Amiga”, así entre comillas, es una buena forma de llamar a quien fue amiga porque no quiso ser otra cosa. Unos días atrás, la magia que significó Facebook los cruzó por casualidad en el perfil de un amigo en común. Él le mandó un mensaje privado: “Silvana… ¿sos vos? ¿sos la misma Silvana que egresó del Normal 7?¿sos la misma que fue abanderada? Tal vez te acuerdes de mí…. Qué lindo saber de vos…”. Ella que cómo no se iba a acordar, que sí, que era ella, que jajajaja qué loco, tantos años, que qué era de su vida. Él que se había casado y se divorció, pero sin hijos. Ella que también, pero que dos hijas, y el tipo se tomó el palo, pero que las crió sola y todo bien. Él que dónde vivís, ella que en Parque Saavedra, él que en Palermo, pero que laburaba en Nuñez. Ella que se recibió de Licenciada en Letras pero era administrativa en un laboratorio, él que arquitecto, con mucho laburo, pero que odiaba lo que hacía. Los dos que la música, que los gustos en común de la adolescencia. Él que che, tenemos que vernos. Ella que sí, que buenísimo. Él que te paso mi celular, agendame y cuando quieras mándame un WhatsApp. Ella que sí, que ya mismo. Él que hagamos una cosa, así nos ponemos al día después de tantos años, que si no te parece mal te invito a cenar, pero cocino yo, me encanta la cocina. Ella que ¡dale!, que odia la cocina, que el jueves o el viernes puede y él que listo, que el jueves venite, después coordinamos por mensajes.

Estuvo cuatro días emocionado, entusiasmado, pensando en el menú, en que no faltara nada. En qué se iba a poner. En que por ahí, quién te dice, sale algo bueno.

Preparó todo, puso la mesa de manera impecable, tenía todo listo para homenajear a Silvana con el mejor lomo al champiñón con papas a la crema que jamás hubiera comido. Puso en la cava el blend de Malbec y Cabernet Franc de 85 dólares que le regaló su amigo dueño de una bodega de exportación para que estuviera en la temperatura justa.

Ella llegó, impecable, esbelta. Se dieron un beso en la mejilla, se abrazaron largo, se rieron y dijeron el típico “Estás igual” de compromiso. Mientras él desplegaba todas sus habilidades de anfitrión, comieron la picada sutil con un blanco espumante suave como los que a ella le gustaban. No le dijo nada del menú para que fuera una sorpresa. Se sentaron en el living y empezaron a hablar. Mejor dicho, empezó a hablar ella. De política. Sin parar. Él quiso cambiar de tema. Y ella seguía despotricando contra el gobierno de turno, contándole que militaba en una agrupación de base de la oposición. Entonces él, con el tacto que lo caracterizaba, la sacó de la política con un inteligente “Bueno, Sil, contame de vos, de tu vida… muero por saber cómo llegaste hasta acá”. Error. Ella empezó a contarle que cuando terminaron la secundaria empezó a salir de novia con un abogado cinco años mayor que ella… y le relató casi minuto a minuto toda la relación con el tal Augusto, las peleas, los viajes, el nacimiento de las hijas, el sexo, que a él le gustaban los tríos, que se mataban, que la suegra era insoportable, pero la cuñada más yegua, y que nacieron las mellizas, y que los pañales, que la papilla, que la varicela de cada una, que él se cansó porque no cogían y que no podía llevar otra mina a la casa para que siguieran con los tríos, que la primaria, el egreso de las nenas, con detalle de todos los actos y las lágrimas en cada uno...

Él, que estaba en silencio, entró como en trance, hastiado de la verborragia hueca de Silvana. Pensó que todavía le faltaba la secundaria de las nenas y sus historias con tipos, y más de su militancia política, de su odio por los judíos, de su rechazo por la gente en situación de calle que si está ahí es porque quiere, de sus carcajadas guarangas.

- Bancame un minuto - le dijo.

Fue a la cocina, apagó el horno sabiendo que ya el lomo se había pasado de su punto hacía rato. Volvió al living con un suéter en la mano.

- Che, con la emoción del reencuentro y lo entretenido de la charla me olvidé de decirte… ¿podés creer que ayer encontraron una pérdida en la entrada de gas al departamento y me lo cortaron? Una cagada… Así que vamos yendo, que acá a la vuelta hay una pizzería que hacen una de cebolla y queso que es un infierno…

Fue la cena más larga y aburrida de su vida. No pidió ni postre. A la media hora, con la pizza a medio comer miró el reloj, que qué tarde se hizo, que mañana madrugo porque tengo que supervisar una obra, que sí, un embole, que che, que gustazo haberte reencontrado, que ¿te pido un Uber?, que pucha cómo tarda, que dale, te llamo y otro día cuando tenga gas te hago una rica comida ¿dale?, que avisame cuando llegues así me quedo tranquilo.

Nunca más la volvió a ver.

Lentos




Se acordó de esa noche en la que estaba con Joaquín y Luciano en el boliche. Viernes era. Bah, sábado ya. Eran las cuatro y cuarto. En la pista empezó a sonar el teclado de Roger Hodgson. Los primeros acordes de “In Jeopardy” eran la señal indicada. De ahí, directo a los lentos. Entonces, como buitres desesperados, todos los “sueltos”, los que no estaban bailando, salían como Carl Lewis a recorrer el boliche a conseguir partenaire para bailar. Era el momento de salir a buscar a esa a la que ya habían fichado prolijamente, con aires seductores y de galanes ignotos. O no, o como decía un amigo… “después de las cuatro, si es mujer, mejor” y agarraba al primer bagarto que se le cruzaba con tal de bailar lentos.

En simultáneo, un tercio de las parejas que estaban bailando “movido” salían apenas empezaban a bajar las luces. Era un clásico. Las que rajaban de la pista porque se reservaban para “otro”. Las tímidas que no querían que ningún muchachote las hiciera pasar un mal momento. Las que habían salido a la pista para darle celos o mostrarse con otro ante el príncipe de sus sueños. Porque, señoras y señores, un hombre nunca dejaba la pista antes de los lentos. Era casi una cuestión de honor. Esa decisión quedaba en manos de las señoritas… y en ese caso, había que tratar de pasar desapercibido, bajar el perfil, tratar de que nadie fuera testigo del papelón, y una vez repuesto del golpe bajo de la minita que te dejaba de garpe justo cuando arrancaba lo más interesante, había que afilar las garras y salir en tiempo de descuento a ver si enganchabas algo como la gente.

Al mismo tiempo, en sentido contrario iban los que entraban con el bagre que encontraron o con la diosa que habían marcado toda la noche… o con una amiga de esas con las que tenés toda la confianza, y siempre estás al límite de mandarte el moco de querer chantarle un beso. O con la noviecita de turno, que era un poco más aburrido, pero era bailar lentos al fin.

Como no podía ser de otra manera la tanda de lentos arrancó con el saxo de “Careless whisper”, de Wham!. Él ya había pasado dos veces delante del grupito de chicas que estaban a la salida del túnel que desembocaba en la escalera que llevaba a los reservados. “Reservados”, como si alguien de los cientos de chicos y chicas que estaban en el boliche se hubieran asegurado un lugar para estar ahí, sentados, en la parte oscura, en esos sillones de tela gastada que la oscuridad disimulaba con mesitas ratonas que solo se usaban para apoyar los pies en pose canchera, o para apoyar el trago que venían portando desde la pista.

Las dos veces que pasó, la miró lo más fijo que pudo. Las dos veces, ella se dio cuenta, y mantuvo la mirada unos segundos y se hizo la distraída haciendo como que miraba a otros lados o riéndose con sus amigas de vaya a saber qué. Lo miró lo suficiente como para verlo pero no tanto para que él estuviera seguro de que lo había visto.

“La tercera es la vencida” se dijo. Y encaró para donde estaba la rubia. Se abrió paso entre las amigas, la miró, le guiñó un ojo y le tendió la mano. No le gustaba lo que hacía su amigo Joaquín, que directamente les agarraba la mano y si la mina no quería el tironeaba y empezaba un forcejeo ridículo.

“Dale, boludo… sos un cagón al final” le dijo Joaco. “Agarrala y llevala para la pista y listo. Una vez que estás ahí te la apretás bien contra el bulto y le decís ‘No hagás bardo, nena, que va a ser peor para los dos’ y listo… en cuanto se descuida te la chapás, y capaz que hasta la llevás a los reservados y la podés manosear un poco”.

El prefería el ridículo de tener que darse vuelta y hacerse el boludo antes que hacer el papelón de tironear a una chica de esa manera. Luciano medio como que también aunque en general nunca se animaba ni siquiera a arrimarse a la minita. Joaco no, Joaco tenía que hacer lo que él quería.

Esa noche se acordó de aquella noche. Fue cuando Luciano lo llamó y le dijo: “Dani, no sabés… te caés de culo, no lo vas a poder creer… Lo metieron en cana a Joaco… Femicidio, dicen… Se lo llevaron de la casa hace un rato. Encontraron a la mujer hecha hilachas… Se llevaban como el culo, ¿viste? Pero hace mil… Bueno, resulta que ahora ella le dijo que se quería separar, y el no quería… Y viste como es Joaco, que si el no quiere, no quiere… Ella le insistió y se calentó, parece… La cagó cortando con una cuchilla por todos lados… Dicen que se desangró. Una muerte lenta… No se puede creer, boludo…”.

Daniel sí lo podía creer. Es más… hacía años que esperaba que Joaco terminara así. Lo que no podía creer es no haber hecho nada antes, en la época de los lentos. Pero ya era tarde. 

Mirar miradas


Mirar el amanecer y sentir que no hay nada más bello. Mirar la luna y preguntarse por qué tantos poetas se inspiraron en ella. Mirar las estrellas y sentirse diminuto, insignificante y buscar, frustrados, la explicación de su origen. Mirar a los hijos durmiendo, o siendo felices, y meterse en la coctelera de sentimientos que provoca pensar en su futuro. Mirar a los padres cruzando metas día a día rumbo al final de sus días esperando que, a pesar de todo, cuando mueran tengan motivos para pensar que su paso por esta vida valió la pena. Mirar a tu amigo llorando de dolor por amor o riendo a carcajadas con dolor de panza por el chiste más bobo. Mirar al gato prescindente agazapado para cazar una mariposa y regalársela a su humano-amo como trofeo mientras uno siente mezcla de pena y asco. Mirar al ser amado a los ojos y ver como una espiral de imágenes de pasión, risas, enojos y discusiones que casi terminan con la historia de la pareja fue el recorrido necesario y obligado hasta llegar a este hoy que, todavía, los mantiene unidos.

Miradas de odio. Miradas sensuales. Miradas sexuales. Miradas suspicaces. Miradas cómplices. Miradas de desconcierto. Miradas de temor. Miradas de olvido. Miradas inquisidoras. Miradas de reojo. Miradas robadas.

Soy de mirar mucho. Pero no de mirón. Más bien de mirador. Mirar desde ese lugar que te permite ver todo: un paisaje, una ciudad, un lago, un castillo, una montaña… Pero a diferencia del mirador desde el que uno mira todo, así como en un plano general o una vista panorámica, para mirar a una persona no hay que mirar de lejos. Hay que mirarla a los ojos. O, mejor dicho, no hay que mirar, si no generar una mirada.

Me apasiona el lenguaje de las miradas. Porque los ojos no mienten. A lo largo de mi vida, de tanto mirar miradas, desarrollé como un sexto sentido, como una habilidad especial para poder atravesar los ojos de mi interlocutor (entiéndase en sentido genérico, o sin género, me suena muy raro todavía decir “inlocutore”) y percibir cuestiones tan básicas como la honestidad, el don de gentes, la sensibilidad, la sinceridad, el odio, el erotismo, la lascivia…

Alguna vez leí que lo malo de las miradas es que a veces hablan de más. No sé si de más, pero sí es cierto que hablan. Porque sin hablar pude decir “estoy triste”, “qué embole que tengo”, “vámonos de acá ya y hagamos todo eso en lo que estamos pensando”, “no podés ser tan hija de puta”, “¡¡¡no me digas!!!!”, “¿vos estás loca? No podemos…”, “vos sabés que estás mintiendo descaradamente” o “te amo como nunca amé a nadie”.

Cuando uno cruza miradas con alguien con quien “pasa algo”, lo más difícil es mantenerla, seguir mirando, demostrar que eso que pasa es tan intenso que te cohíbe, te abochorna o te delata.

Mi mirada es muy fácil de leer. Tengo la ventaja o la desventaja de que sea transparente. No puede disimular ni un poquito lo que me pasa. Está en la suspicacia o la habilidad del otro en descifrarla, en entenderla, en encontrar el punto débil para desnudarme en cuestión de segundos. Y cuando digo desnudarme, es desnudarme en el más amplio sentido de la palabra. Dejarme con el corazón al desnudo, el alma al desnudo, mi cuerpo al desnudo. Y según las intenciones, los sentimientos o los valores del “interlocutore” eso puede ser muy bueno o tan malo que, como me ha pasado, puede costarme muy caro.

A pesar de mi instinto mirador, alguna vez me equivoqué. Feo. Por suerte fueron pocas, porque esa virtud de desenmascarar a cualquiera con la mirada, cuando falla, es lo peor. Porque si el otro es mala persona o un psicópata profesional y logra engañarte, uno cae en el engaño como un caballo manso que va a la caballeriza en la que va a quedar encerrado. Y te puede hacer mucho daño. Porque una vez que uno entra, el otro sabe que es vulnerable. Y como es mala persona, usa ese poder para lastimar, para manipular, para usar los buenos sentimientos. Y salir de la caballeriza puede costar mucho, muchísimo, o tal vez no sale nunca. Eso sí que es letal.

Sin embargo, sigo creyendo en el poder de la mirada. Si alguna vez me cruzan por ahí, tengan en cuenta que los voy a estar mirando. No como el “Gran Hermano”, no. Mirándolos directo a los ojos. Hablando con la mirada. A veces de más…

Sensualidad



Él estaba sentado en el sillón de chenille negro y suave. Ella puso el pendrive que llevaba en su cartera en el equipo de audio. Seleccionó la carpeta que había preparado: Diana Krall, Norah Jones, Lindsey Webster. Smooth Jazz del bueno. Nada de música romántica barata o covers instrumentales típicos de telos de mala muerte.

Caminó hasta él atravesando el living minimalista con muebles modernos en metal y madera opaca. Se acercó lenta y sugerentemente mirándolo fijo. Contoneando su cintura, con un andar sensual pero delicado. Nada que pudiera confundirse con esos movimientos grotescos de una bailarina de cabarute de mala muerte. No, ella era otra cosa. Era más ‘Cincuenta sombras de Grey’ que ‘Nueve semanas y media’. Se paró apenas a un centímetro de sus rodillas, sin tocarlo.

Mientras todavía la bata de raso blanca se acomodaba al dibujo de sus piernas, empezó a desabrocharle los botones de la camisa blanca. Despacio, uno por uno, rozándole disimuladamente los bellos del pecho. Llegó hasta el pantalón y se detuvo. Dio dos pasos para atrás. Tomó la botella de champagne que prolijamente había puesto en la frappera con hielo y agua, tapada por una servilleta blanca de satén. Sirvió las dos copas burbujeantes y se fue a apagar la luz de la araña medieval que pendía del techo. Volvió hacia el sillón, le dio una copa a él y dejó la otra en la mesa redonda que estaba al lado, con esa lámpara de luz tenue.

“When I look in your eyes, I see the wisdom of the world in your eyes” cantaba Diana Krall y ella lo susurró mirándolo a los ojos. Él sintió cómo se le aceleraban lentamente las pulsaciones. No sabía qué, pero lo que fuera a pasar era maravillosamente excitante. Ella, con displicencia, pero con firmeza, desabrochó el primer botón de su blusa, y dejó que casi por casualidad asomara la voluptuosidad de sus pechos contenidos por ese brassier con puntillas, dejando el principio del seno al descubierto. A él le encantaba esa sutileza con la que ella se movía, en silencio, sugerente, sensual, atrapante.

Ella acercó su cara a la de él sin tocarlo, sin rozarlo siquiera. Sus narices estaban separadas por una distancia imperceptible. Podían sentir su respiración, su aliento, vibrar con sus miradas penetrantes de deseo contenido.

“In your eyes, I see the deepness of the sea, I see the deepness of the love…”. Ella generaba el clima, él acompañaba. No sabía si esperar un arrebato en el que ella le desprendía el pantalón, y dejaba asomar su sexo en estado puro y duro, llevarlo casi con violencia al cuarto y disparar una batería de recursos eróticos que él ni se imaginaba. O si ella iba a seguir con esos juegos de seducción lentamente para llegar sin prisa a un estado de excitación supremo, proponerle otros juegos, con los complementos que ella tan bien manejaba. Un dildo con vibraciones variables que solía utilizar para autosatisfacerse como parte del momento de éxtasis en el que sus cuerpos vibraban y se unían con besos, caricias, respiraciones agitadas y manos que recorrían sus entrepiernas mientras deseaban llegar al momento en el que él abriera sus piernas para sentir el calor húmedo en los labios de su vagina, lubricada, deseosa, caliente, esperando que él la penetrara con sabiduría, paciencia y mucha pasión hasta ver cómo su cuerpo se retorcía de placer.

De repente, del cajón diminuto de la mesa redonda en la que estaba la lámpara ella sacó un pañuelo de seda negro. Eso no se lo esperaba. Sin dudas, sabía -lo había visto, y hasta alguna vez lo había experimentado- era un recurso habitual en muchas parejas. Algo así como el “gallo ciego” pero del sexo.

Ella dobló el pañuelo con extrema calma, con suavidad, con sensualidad indescriptible, hasta dejar una larga tira de unos diez centímetros de ancho. Él esbozó una sonrisa y ella colocó el dedo índice sobre su boca, y a él se le vino la imagen de esa enfermera de hospital que pide implícitamente silencio. O que en silencio pide complicidad. Él entendió el código. Ella apoyó la mano en la que sostenía el pañuelo sobre sus párpados y él, obediente, los cerró. Después sintió cómo ella colocaba el pañuelo en tira sobre sus ojos, rodeó su cabeza y anudó el pañuelo detrás de su nuca. La respiración se aceleraba. Diana Krall dio paso a Norah Jones, él no reconocía el tema pero la melodía le pareció encantadora en el más amplio sentido del término. Lo encantó, lo subyugó, lo entregó por completo.
Ella tomó la mano derecha de él y la puso suavemente sobre su pecho izquierdo. La apretó, la frotó. Al mismo tiempo notó que su otra mano, la de ella, se apoyaba sobre el cinturón de su pantalón de gabardina azul. Lo desprendió. Lo aflojó. Y metió su mano lentamente hasta encontrar su miembro que a esa altura bombeaba sangre con fuerza, tanta fuerza que la erección era indisimulable.

Ella dejó la mano de él frotando sus pechos y pasó la suya detrás de la nuca de él. Lo acercó hasta su entrepierna. Él notó que detrás de la bata de raso ya no había nada más que la piel de ella, su pubis, la calidez húmeda de su vulva al descubierto. La excitación fue en aumento. La respiración se aceleraba.

Él comenzó a jugar con su lengua en la piel desnuda y depilada de la ingle de ella. Ella lo masturbaba sin pudor, con fuerza, con pasión. Y gemía, una y otra vez. Mientras él lamía los labios, el clítoris, y movía frenéticamente la lengua una y otra vez.

Entonces ella lo sacó de golpe. Lo recostó sobre el respaldo del sillón marrón. Él quedó excitado, sintiendo que el corazón le explotaba con cada latido, con cada pulsación. Se preguntaba qué seguía, cómo seguía todo ahora.

Sintió un pinchazo frío en su pecho. Como si ella hubiera tomado un hielo enorme y lo hubiera colocado en su pectoral izquierdo. Sintió algo así como una ebullición de placer que lo desvanecía, que se mareaba, que la puntada de frío de repente se envolvía en una catarata de líquido caliente sobre su pecho, que bajaba por el abdomen, que llegaba a su vientre, que llegaba a la entrepierna.
Atinó a poner su mano en el pecho y notó que algo no andaba bien. Ahí donde sentía la puntada en su pecho, detectó una hoja gélida de metal, un mango, un puñal… No entendía qué pasaba, estaba confundido, más mareado, perdiendo fuerzas, con un dolor agudo en su pecho que lo obligó a emitir un gemido, más que gemido un grito, un grito de dolor, de desconierto…

Se sentía morir. De hecho, se estaba muriendo. Finalmente, se murió. Pero antes procesó la única y última frase que salió de boca de ella antes de cerrar por última vez sus ojos:

- ¿Viste, hijo de mil putas? Algo así es lo que se siente cuando te enterás de que tu novio estuvo con otra… aprendé, por única y última vez, aprendé que con Selene no se jode…

Ramiro murió pocos segundos después. Selene terminó presa. “La otra” era Mariela, una compañera de trabajo de Ramiro con la que Ramiro nunca “estuvo”. Ni se acostó. Ni le dio un beso. Ni nada. La imaginación de Selene pudo más que la realidad. Cuando la policía científica analizó la escena del crimen no podía entender qué sentido tenía la cajita roja con dos alianzas que encontraron en la mesita de luz del cuarto de Ramiro. Es que Ramiro nunca llegó a decile a Selene que esa noche, la noche del satény el champagne, él le iba a proponer compromiso y a fijar la fecha de la boda. Nunca nadie lo supo. Y todo trascendió como un crimen pasional que nunca fue. Porque a veces, lo que parece no es. Y lo que es, no parece.

Viajar




Dicen que viajando se fortalece el corazón… Viajar es un placer sublime. Soy de esos que piensa que el dinero invertido en viajes es el dinero mejor invertido. Cuando pude, lo hice. A donde fuera. La mayoría de las veces, el “paseo”, era consecuencia de algún viaje por trabajo. Pero aunque fuera a toda velocidad, siempre trataba de recorrer lo máximo posible o al menos los lugares icónicos.

Antes, cuando era más joven, en mis veintipico, viaje a unos cuantos lugares de la Argentina para alguna cobertura periodística de la radio o la televisión. En esos viajes uno no tiene tiempo de pasear. No tenés horarios. Llegás y tenés que aprovechar cada segundo para llamar gente, contactos, buscar fuentes, recorrer el lugar donde vas a hacer la nota para ver los encuadres, la luz, el paisaje o el edificio. Llegás, armas, hacés la nota, hablás en off, buscás otra punta para investigar u otro testimonio para sumar. Así que de mis viajes a Tucumán, Zapala, Mendoza, General Roca, Neuquén, Victoria, San Pedro, General Pico, San Martín de los Andes, Villa Gesel, San Antonio de Areco y tantos otros lugares solo tengo recuerdos de los hoteles o albergues donde nos tocaba parar, y algún que otro paraje o barrio donde nos tocaba hacer las notas. Y el camino de ida y vuelta al aeropuerto, o al local de alquiler de autos.

Más adelante, ya no por motivos periodísticos y por ende con más margen para recorrer lugares, comenzaron mis primeros viajes al exterior: Miami, México DF, Porto Alegre, Montevideo, Guayaquil, Madrid, Barcelona, Londres… Y varios años después, la vida me permitió conocer varias ciudades maravillosas de Europa: Lisboa, Mónaco, Estambul, Praga, Amsterdam, y varias más.
Hoy tengo la imagen vívida de esos lugares. Las sensaciones que me generaba cada sitio, cada construcción, cada “foto” grabada en mi retina y en mis oídos de la gente de esos lugares. Mirar el cadalso de Ana Bolena y pensar que un pedazo de historia estaba frente a mis ojos. Observar la Torre del Oro en Sevilla, donde los españoles guardaban las riquezas que se llevaban de América. La Alhambra, recorrida por miles de personas alucinadas por el contraste de la arquitectura y la decoración árabe, minimalista, en yeso, con un trabajo manual de construcción y de tallado de los motivos en las paredes, las columnas y los dinteles, contrapuesto con el lujo bañado en oro de las épocas del cristianismo. La Plaza Mayor de Madrid, sede del mercado de abasto transformado en el proyecto de residencia de la Corte que comenzó Felipe II en mil quinientos y pico, se empezó a construir casi 60 años después y pasó por tres incendios. O recorrer la Torre de Londres, donde Enrique III, ateo confeso, tenía una sala con un altar y una cruz porque, aunque no creía en Dios, en épocas de guerra o desastres naturales se arrodillaba a rezar, aunque no tenía la más pálida idea de cómo hacerlo. Y yo ahí, mirando esos lugares, tocando esas piedras, recorriendo esos pasillos.
Podría seguir, pero más allá de que el resultado obvio era que se me erizara la piel de solo pensarlo, lo que siempre me llamaba la atención eran los miles y miles de turistas que cada día recorrían esos lugares.

Cuando hace unos años comenzó la serie de atentados terroristas, no hablemos de las Torres Gemelas, que fue una masacre en sí misma, la visión que muchos tenían de “viajar” empezó a cambiar de contenido y de sentido. Recordemos los atentados con bombas en la estación Atocha de Madrid en 2004. La toma de rehenes en una escuela rusa de Osetia que terminó con 370 muertos (171 chiquitos). Las explosiones en el metro de Londres en 2005. La matanza de la maratón de Boston en 2013. O los ataques en las calles de París en 2015 y en metro de Bruselas en 2016. El tiroteo en la disco de Estambul en 2017. El auto que arrolló peatones en el Palacio de Westminster ese mismo año, igual que la furgoneta que recorrió La Rambla en Barcelona o el que hizo lo mismo en Times Square en 2018 y otra camioneta que arrasó una concentración de festejo de fin de año en Tokio... Hubo más, muchísimos más atentados, que nos llenaron de miedo. Quizás logrando el objetivo de los terroristas, pero muchos lo pensaron dos veces antes de planificar un viaje, porque lo que es “el dinero mejor invertido” podía convertirse en segundos en una tragedia.

Lo que nadie podía imaginar nunca era la resignificación que podía tener el hecho -y el acto- de viajar en marzo de 2020. He visto fotos de Venecia con góndolas vacías y varadas en medio del agua cristalina de los canales, de la esquina Picadilly Circus solo llena de luces resplandecientes que no se reflejan sobre ningún alma humana, la zona roja de Amsterdam que parece un cuadro del Sahara con calles y luces coloradas, la rambla de Barcelona en la que solo pasean algún que otro envoltorio de papel celofán de galletitas Traviata, el mercado de las especies de Estambul en un silencio sepulcral impensado para el que alguna vez lo transitó escuchando los gritos ensordecedores de los vendedores turcos, la entrada a El Corte Inglés en la Puerta del Sol simulando un páramo de la puna de Atacama, las cataratas del Iguazú más verdes y sonoras que nunca en las que los pájaros se aburren de cruzarse entre ellos, las autopistas de Miami simulando un juego de Escalectric con no más de 2 autos por carril (alguien de menos de 40 dificulto que sepa de que estoy hablando), la entrada al Circus Circus de Las Vegas como el último campamento antes de hacer cumbre en el Everest, las calles de New York muy parecidas a las de mi querido Trelew un domingo de verano a las 2 de la tarde (NdR: imposible cruzarse con más de dos personas en un radio de cinco cuadras a la redonda en el término de dos horas), las calles de acceso al barrio Pablo Escobar de Medellín como si fuera una manifestación de nazis en Israel (imaginen no más de 4 personas)… y puedo seguir enumerando.

Lo cierto es que hoy, 30 de marzo de 2020, viajar es la peor inversión posible. Salvo que se trate de una misión suicida o de alguien que tenga ganas de pasar unos cuantos meses o años en una celda. Esto que nos pasa es, sin dudas, una lección que debemos aprender. Por un lado, porque -casi al mismo punto que pasa con la muerte- nos iguala a todos. Porque todos somos posibles víctimas de un microscópico virus que puede dejarnos olfateando margaritas tres metros bajo tierra, pero sin nadie que despida nuestros restos. Porque el planeta está respirando de millones de metros cúbicos de smog, dióxido de carbono, polución y gases que provocan el efecto invernadero. Porque esta cuarentena no tiene ideología ni religión ni color de piel. Alguno podrá decir que, sin tener en cuenta mi característica de personalidad netamente optimista, estoy desvariando o que el encierro está haciendo destrozos sobre mi hipotálamo. Pero dentro de lo desastrozo de las consecuencias de esta pandemia, no puedo dejar de ver la cantidad inmensa de mensajes positivos que nos deja.

El coronavirus nos va a transformar de una manera inédita. Nos va a hacer revalorizar las reuniones en familia, el café con los amigos, los asados con colegas, las salidas al teatro o al cine, los paseos de shopping, los juegos de mesa con los hijos, las charlas cara a cara. Vamos a descubrir, o mejor dicho a ratificar lo que la inteligencia artificial, el big data, la realidad virtual y la predicción de conductas nos están anunciando hace un par de años: hay otra forma de trabajar, hay otros ritmos, hay otra forma de resolver las cosas, hay procesos nuevos que nos pueden hacer la vida más fácil. Todo lo que pasa va a hacer que los Estados replanteen los porcentajes de inversión de sus presupuestos: resulta que las armas, los misiles y los aviones ultrasuperplushipersónicos, son totalmente inútiles ante un bichito insignificante que nos está gritando que la ciencia tiene que ir para otro lado. Y como si fuera poco, el planeta nos va a explicar que necesita respirar, que dejemos de exigirle respuestas y de juzgarlo por sus reacciones (tsunamis, terremotos, maremotos, sequías, inundaciones, incendios forestales, plagas y pandemias) cuando en realidad, somos los únicos responsables de todo. Pero fundamentalmente, de los desastres naturales.

Amigos, quiero volver a abrazar y a besar a mucha gente. Quiero volver a sentir la libertad de moverme sin miedo. Quiero que todos nos miremos a los ojos y entendamos que “no somos nada”. Quiero volver a sentir que viajar es la mejor inversión. Quiero que París, Zagreb, Moscú, El Cairo, Atenas, Damasco o las Islas Fidji vuelvan a ser una elección posible en mi futuro. 

Quiero viajar. Solo eso y todo eso. Viajar.

Benjamín




Se cruzaron en la escalera de la Facultad. Él venía bajando con un grupo de compañeros de la clase de Análisis Matemático. Ella, subiendo con una amiga, vaya a saber rumbo a qué materia. Cuando la vio, la miró fijo mientras seguía hablando con Damián. Ella lo miró, bajó la cabeza, se sonrió tímidamente y se ruborizó.

Dos días más tarde, el jueves, la misma escena, varios escalones más abajo. La mirada, la sonrisa, el rubor.

Damián era un colgado, así que nunca se dio cuenta de nada. Pero Juan, un peruano fachero y con pinta de ganador, que siempre estaba a la pesca de alguna mujer bonita para decirle un piropo inteligente o para buscar una excusa ridícula para chocarse “involuntariamente” había percibido algo raro el martes, y volvía a verlo hoy.

- Lucas, no te hagás el boludo… ya fichaste a la morocha de pelo lacio, ¿no?

- ¿Qué morocha? No, gil, de qué hablás…

- Lucas, te conozco, macho… vos no das puntada sin hilo, y donde ponés el ojo ponés la bala.

- No, boludo, en serio… nada que ver.

Bueno, en realidad sí. Sí había algo que ver. Los ojos marrones profundos de la señorita en cuestión lo flashearon. Ella estaba impecable, con una camisa floreada, un pantalón ajustado, botas bajas y un maquillaje sutil pero llamativo a la vez. No era de esas que se pintan como una puerta para ir a la Facultad. No era de esas que van a cara lavada y se sientan al lado de tu banco en el aula como si solamente le faltara el gorrito con pompón del pijama. Cuando la miraba, antes de que ella bajara la cabeza, veía el brillo de los ojos, la sonrisa perfecta, el pestañeo sensual…

Los días pasaron y el cruce de miradas sutil pasaron a ser tan obvios y evidentes que las cargadas de los amigos de Lucas eran casi justificadas. Y a ella, una semana después, se le sumaron dos compañeras más que resultaron ser cómplices de las risas post mirada.

Cada día Lucas volvía a su casa pensando qué hacer para salir de esa rutina tan poco efectiva de cruzarla en una escalera de la Facultad. No sabía el nombre, no sabía qué carrera cursaba, no sabía la edad, no sabía nada de nada.

Lo más extraño es que cada vez que se la cruzaba se le aceleraba el corazón, le daban como palpitaciones, hacía esfuerzos hercúleos por no ponerse colorado el también. Justo él, que era un ganador nato, que portaba una seguridad de galán de telenovela mexicana que todos sus amigos envidiaban. Disimulaba como podía, pero el corazón le latía tan fuerte que el rubor era inevitable.

Casi un mes después, mientras iba en el 152 para llegar a la clase de Análisis I, se le ocurrió una idea genial. Temeraria, pero genial. De alto riesgo. El riesgo de quedar como un pelotudo sin remedio. Pero la morocha bien valía la pena el riesgo. Y lo iba a hacer.

Como de costumbre, se volvieron a cruzar. Se miraron, él esta vez le sonrió. Y se ruborizaron los dos. Las amigas de ella con esas risitas nerviosas e indisimulables de que se trataba de que “algo pasaba” cada vez que se cruzaba con Lucas y sus amigos.

Cuando llegaron a la puerta de la Facultad, Lucas le dijo a sus amigos:

- Uhhhh… qué boludo, me olvidé de comprar el cuadernillo de Álgebra!!

- Ah, pero no podés ser más nabo… ¿ahora te acordás de ir al tercer piso? -le dijo Damián-. Dale, mañana vas.

- No, Dami, de verdad, estoy super atrasado. Ustedes vayan, yo subo un toque, compro eso y los alcanzo en la parada. Si ven que me demoro vayan, hablamos a la tarde.

Lucas ya sabía que se iba a demorar. Porque el cuadernillo de Álgebra lo tenía que comprar, pero no era de vida o muerte. Para aprovechar el tiempo, fue al tercer piso y lo compró. A la vuelta, bajando, cuando pasaba por el segundo piso, decidió recorrer los pasillos para ver si, en una de esas, descubría en qué aula estaba la morocha. Pero no, fue inútil. No la vio.

Estuvo dos horas haciendo tiempo. Justo justo lo que duran los bloques de cursadas. Cerca de las once se fue acercando a la puerta de entrada de la Facu. A esa hora, en el cambio de materias, los pasillos y la entrada de la Facultad parecen un hormiguero. No sabía cómo, pero tenía que verla, tenía que encontrarla sin que ella ni las amigas se dieran cuenta. Once y diez, vio la cabellera castaño-oscura (no sabía por qué le decía morocha, si no era morocha, era castaño-oscura) en medio del mar de estudiantes que bajaban las escaleras de entrada y salida. El brillo de la sonrisa de la extraña estudiante de vaya saber qué, sobresalía, iluminaba todo, resplandecía.

Lucas se escondía, agachaba la cabeza, miraba de reojo. Tenía que asegurarse de que nadie lo viera. Y lo logró. Entonces empezó a seguirla. Quería saber qué colectivo tomaba y si podía, filtrarse en la multitud para ver dónde bajaba. Y si podía, bajarse en la misma parada y ver dónde entraba.

La suerte estuvo de su lado. La castaño oscuro no subió a ninguna línea de colectivos. Caminó con dos amigas un par de cuadras, una se quedó y las otras dos siguieron una cuadra más, cruzaron la avenida y subieron otras cuadras por otra avenida empinada. Él las seguía sigilosamente, a una distancia prudencial. En la esquina de Independencia y Balcarce, su castaño-oscura y la amiga se despidieron con un beso. Ella siguió una cuadra más. Dobló en Defensa hacia la derecha. Él apresuró el paso y espió desde la ochava. A unos 30 metros ella entró en una casa de esas antiguas, tipo chorizo, con puertas altas y angostas. Defensa 757. Eran las once y veinticinco. ¡Bingo! Ya sabía al menos dónde vivía.

Los dos días que siguieron, hasta la próxima clase de Análisis I, se le hicieron eternos. Casi no durmió. Y le costó mucho concentrarse en las clases. No habló casi con nadie y mucho menos acerca de su plan.

Finalmente, el jueves cuando salió de clase (y se volvieron a cruzar y a mirar, obvio) él inventó otra excusa para quedarse. Pero esta vez no hizo tiempo en el bar de la Facultad. Es decir, sí, un rato estuvo, pero a las diez y media pagó el cortado y la medialuna y se fue caminando despacito hasta la esquina de Defensa e Independencia, donde había una farmacia.

Diez cincuenta. Nervios. Repasar la frase que le iba a decir. Medir el miedo y la vergüenza para controlarlos. Once. Debe estar saliendo. Once y diez. Ya debe estar empezando a caminar por Paseo Colón. Once y cuarto. Cruzan la avenida. Once y veintidós. Se despide de su amiga con un beso. Once y veinticuatro. Está caminando por Independencia hacia Defensa. El corazón se aceleraba. Los latidos parecían un tambor. El rubor insistía en salir. No se quería asomar para ver si venía. Mirá si justo lo veía. Un papelonazo. Se apoyó contra la vidriera de la farmacia y esperó.

Once y veinticinco. Nada… Nervios. ¿Se asomaba? No, mejor esperaba un minuto más. Once y veintiséis. Nada… “Yo me asomo”, pensó… “No, no, ya debe estar por venir”, se respondió. ¿Y si se fue a otro lado? Capaz que se quedó en el bar de la Facu… Se maldijo. No había sido una buena idea. No era un buen plan. No había previsto este tipo de alternativas. Ya a las once y veintinueve estaba totalmente desilusionado. Manoteó el atado de cigarrillos, desesperanzado, y sacó uno. Lo prendió y mientras pitaba levantó la mirada y miró a la izquierda, al final de la ochava sobre Independencia. Y detrás de los ojos marrón oscuro apareció ella. Se sobresaltó, se frenó.

- Hola – dijo Lucas con una sonrisa mitad de alegría por ver que el plan funcionaba y mitad de nervios.

- Hola… -balbuceó ella, con temor- ¿qué hacés acá?

- Nada, te esperaba…

- Pero… y…. es que… ¿cómo sabías?

- Menos pregunta Dios y perdona. Tengo un ejército de enanos que se encarga de investigar dónde puedo encontrar a gente que me interesa mucho…

- Perooo… y ¿cómo? -ella no sabía si seguir, si escaparse corriendo, si reírse. “Hay tanto loco suelto que una tiene miedo…”

- A ver, yo sé que esto puede ser muy loco. Pero más loco es que nos estemos cruzando dos veces por semana durante varios meses y yo ni siquiera sepa tu nombre… Yo soy Lucas, y como sabrás, curso en Paseo Colón. ¿Vos sos…? -dijo él extendiendo la mano con extrema formalidad.

- Lorena… -y empezó a sonreír extendiendo la mano también.

- Bueno, Lorena, te dejo porque debés estar apurada y yo en dos minutos más empiezo a tartamudear y sería una lástima convertir este momento mágico en un papelón.

Ella se rió fuerte. Y le dijo:

- Estás totalmente loco…

- Puede ser, pero todavía no se dieron cuenta… Lorena, ¿te parece si el martes cuando salimos te invito a tomar un café? No me contestes ahora. Pensalo y me confirmás después -y le alcanzó un papelito con el número de su celular escrito a mano alzada-. Si querés me mandás un mensaje. Si no, fue un placer acompañarte estos 30 metros.

El resto de la historia es larga. Pero con una sola palabra se puede resumir qué pasó ese martes. Más que una palabra, un nombre: Benjamín. Tres kilos seiscientos. Nacido por parto natural. Hijo de Lucas y Lorena. 



Mata Hari


-¿Viste? Mamá, te lo venía diciendo. Esa chica no te convenía. Ahí la tenés. Dos años haciéndote la noviecita para vivir de arriba… y ahora te deja así como así. Cuando mamá te dice algo sobre las mujeres, vos...
Sebastián no entendía por qué, de un día para el otro, Mariana dejó de responderle los mensajes. Ya no le aparecían ni siquiera como recibidos. Durante un par de días la llamó sin respuesta. Entraba directamente el contestador. Fue a la casa, pero no atendía el portero de su departamento en Caballito. No había explicación. O sí, tal vez era su imposibilidad de sostener una relación. Siempre terminaba igual: angustiado y deprimido por esas rupturas inesperadas.
***
Un par de semanas atrás, en un descuido de su hijo cuando entró a bañarse, su madre tomó el celular y copió el número de Mariana. Agendó el número y le puso como nombre Mata Hari. Luego, como todas las noches, escuchó detrás de la puerta de la habitación de Sebastián cuando él se despedía de Mariana. Dejó pasar unos minutos y le escribió.

-Hola, Mariana. Necesito decirte algo muy importante sobre Sebastián.

Mariana, miró el mensaje. Primero se asustó. Después pensó que era una broma. No quería contestar.

-Soy Martín, compañero de facultad de Sebastián. Cursamos juntos en Sociales. El mes pasado fuimos juntos a ver a Racing contra Banfield en Avellaneda. - escribió la madre de Sebastián, juntando datos clave de cosas que le había escuchado a su hijo.
-Hola, Martín. Sí, alguna vez Sebas me habló de vos… ¿qué pasó?
-No, por acá no puedo. Es algo muy personal. Es grave. Y necesitás saberlo. Mejor dicho, Sebastián necesita que vos lo sepas.

La incógnita era cada vez más grande. Se imaginó mil cosas. Esperó un rato:

-Entonces?
-Te veo mañana a las 5 en Newbery al 1400, a 4 cuadras de Tomkinson, en San Isidro..
***
Al llegar a Jorge Newbery, miró el cartel con la altura. El GPS le indicaba doblar a la izquierda. Se tiró a un costado, puso la luz de giro, y en cuanto pudo, dobló bruscamente. Faltaban cuatro cuadras.

A medida que avanzaba por Newbery, el paisaje cambiaba rotundamente. Casas muy humildes se amontonaban en las dos veredas. Casas de ladrillo hueco. Muchas de chapa. Autos viejos parados por doquier. Muchachos fumando marihuana y tomando cerveza. Mercados con carteles pintados a mano. Y mucha gente que iba y venía a las paradas de colectivo. Se detuvo al 1400. No había nada que pudiera ser un lugar de encuentro. Ni un bar, ni una casa, ni nada. Ni Martín. Eran las cinco menos diez. Pensó que se había equivocado.

Volvió a mirar el GPS. Era ahí. Empezó a comerse las uñas como cada vez que estaba nerviosa y se sentía insegura. Nunca podía manejarlo, no podía evitar que ese tic la dejara en evidencia. Decidió llamarlo. Mientras buscaba el contacto, sintió que le golpeaban la ventanilla. Se sobresaltó. Un chiquito la miraba desde fuera, montado en una bicicleta, haciéndole señas de que bajara la ventanilla. Mariana no se animó. Le hizo señas como que no tenía nada para darle, ni una moneda. Pero el chiquito insistió. Finalmente, abrió apenas unos centímetros.

-¿Mariana? -preguntó el chiquito.
-¿Vos quién sos? – le dijo.
- ¿Buscás a Martín? -le devolvió una pregunta que a ella la tranquilizó.
- Sí ¿cómo sabés?
- Él me mandó. Vení, seguime, amiga.
***
El jueves al mediodía la madre preparó la comida. Prendía un cigarrillo con otro y el humo inundaba la cocina. Puso la mesa, sacó su botella de vino, la soda, la panera y lo llamó a Sebastián a comer. Sirvió un plato hondo de guiso de lentejas para cada uno. Se sentaron en silencio. Prendió la televisión y puso Crónica. Hablaban de un borracho atropellado por un camión, del estado de salud del cantante que seguía en coma, del dólar… Luego apareció la placa roja, con letras grandes, enormes y la cortina musical estridente.

¡ULTIMO MOMENTO!
BECCAR - ¡!!EXCLUSIVO DE CRÓNICA TELEVISIÓN!!!!
ENCUENTRAN CADAVER QUEMADO
Y DESCUARTIZADO DE UNA JOVEN
VAMOS AL INFORME DE NUESTRO CRONISTA

“Restos calcinados y descuartizados fueron encontrados esta madrugada en inmediaciones de la calle Intendente Neyer y Roma, en el barrio de Beccar, partido de San Isidro. Se trataría de una mujer joven, de unos 20 a 22 años, cuya identidad se desconoce. Los investigadores intentan descubrir cuál fue el móvil del asesinato tan macabro, pero el cadáver está carbonizado y no han podido rescatar huellas dactilares. Vecinos del barrio La Cava, aseguran que se trataría de un ajuste de cuentas entre narcotraficantes. Ampliaremos.”

La madre apagó la tele y almorzó, sonriendo, su comida favorita.

Despertares



Despertó. Intentó abrir los ojos. Tuvo que hacer un esfuerzo para despegar las pestañas. Sentía que estaban cubiertas de una gelatina pegajosa y pesada. Poco a poco fue sintiendo cómo la luz rebotaba en sus pupilas como una aguja. Pestañeó instintivamente infinidad de veces, y algunas lágrimas le nublaron la vista. Achinó los ojos para tratar de mantenerlos abiertos, aunque sea con una mínima hendija que le permitiera ver a su alrededor.

Cuando logró mantenerlos abiertos por unos segundos notó que no podía hablar. Una mascarilla transparente en su boca y una molestia en la garganta se lo impedían. Siguió mirando en detalle el lugar en el que estaba. Una cama, una ventana a medio abrir que fue la responsable de ese haz de luz que lo encegueció al abrir los ojos. Estaba rodeado de aparatos, sensores, monitores, cables, soportes con suero, agujas y mangueras que iban directo a sus brazos. Sonidos monótonos y agudos, ruidos metálicos, voces lejanas y pasos apurados que iban y venían del otro lado de esa puerta entreabierta.

Intentó recordar cómo fue que llegó hasta ahí. Supuso, sin mucho esfuerzo, que estaba en un hospital o un sanatorio. Sentía todo el cuerpo entumecido, casi inmóvil. Intentó mover un brazo, pero le dio la sensación de que sus huesos eran del metal más pesado que jamás hubiera levantado. Apenas sentía sus piernas. Solo pudo doblar un poco los dedos de sus manos, imitando las manos de un pianista al acercarse a un teclado. Apenas unos segundos, porque luego sintió como si un impulso eléctrico le recorriera todo el brazo, de los dedos a la muñeca, de ahí al codo, y rápidamente hasta el hombro.

Giró el cuello con dificultad hacia ambos lados y no pudo ver a nadie. Solamente vio a la derecha de su cama un sillón de cuero negro con los apoyabrazos gastados, resquebrajados. Las paredes de un color crema amarillento, con señales de haber sido pintadas hacía mucho tiempo. A la izquierda un carrito de estructura metálica cromada, con rueditas y una tabla alargada en la parte superior con una bandeja plástica azul vacía. Justo enfrente, al lado de la ventana, una puerta entornada que dejaba ver en las penumbras un lavatorio de manos y un toallero.

Definitivamente, algo le había pasado que lo llevó a estar internado en ese lugar. Pero no podía recordar qué fue, ni entendía por qué no había nadie con él. ¿Un accidente? ¿Alguna explosión? ¿Un derrumbe? ¿Estaba solo? ¿Su mujer y sus dos hijos estarían vivos? ¿O estarían, como él, internados en ese lugar sin poder hablar ni moverse? ¿Y su familia? ¿Su hermana? ¿Sus padres? Miles de preguntas sin respuestas lo atormentaban y para ninguna encontraba respuesta.

De repente, la puerta de entrada se abrió. Por ella entró una enfermera con un ambo blanco, cofia, barbijo y guantes de látex. Sí, definitivamente estaba internado. Lo miró y abrió sus ojos marrones saltones y él pudo adivinar una sonrisa detrás del barbijo.

- Bueno, bueno… ¡qué buenas noticias tenemos hoy por aquí!… Buenos días, señor Baigorria…

Él intentó hablar, pero no pudo más que emitir un gemido ininteligible. Al mismo tiempo hizo el ademán para incorporarse en la cama, y no logró más que un leve movimiento que lo despegó de la cama unos centímetros y volvió a caer pesadamente.

Cerró los ojos, tratando de imaginarse lo que no podía ver por su inmovilidad. Recién entonces descubrió que tenía algo en su garganta que le impedía hablar. Alzó su mano con mucho esfuerzo y rozó un tubo plástico, rígido, detrás de una gasa y una cinta que lo recubrían. Y la mascarilla estaba conectada a un gran tubo de oxígeno que le entraba, frío, por las fosas nasales. “Una traqueotomía”, pensó. Una vez, unos 15 años atrás, él vio a su propio padre cuando tuvieron que hacerle una intervención de urgencia, luego de una cirugía de cervicales. En el posoperatorio, apenas volviendo en sí de los efectos de la anestesia, su padre tuvo un edema de glotis que le cerró, literalmente, la garganta y los enfermeros de la unidad de terapia intensiva, tuvieron que hacerle una incisión profunda con un bisturí en la base del cuello para dejar que el aire de sus pulmones volviera a salir y recuperara la respiración “normal”.

- ¡Ey, ey, ey! Tranquilo, tranquilo… vamos despacito… quédese quietito y tenga un poquito de paciencia… Ahora no vaya a querer hacer todo al mismo tiempo, mi querido… Después de casi cuatro meses durmiendo y descansando, no le cuesta nada esperar un poquito más…

Él, sorprendido, abrió los ojos de una manera tan desorbitada que a la enfermera le causó gracia y se le escapó una pequeña carcajada. El hombre no salía de su asombro: ¿más de tres meses? ¿estuvo dormido casi cuatro meses? ¿cómo que dormido casi cuatro meses? ¿por qué se acordaba de la cirugía de su padre pero no recordaba cómo ni cuándo llegó a estar así? Ahora sí estaba desconcertado. Y mucho más ansioso. Más nervioso. Más confundido.

- Ahora descanse, corazón… ya mismo le doy esta super noticia al Dr. Devés para que venga a verlo. El Dr. Devés es su neurólogo ¿sabe?

El hombre apenas movió su cabeza hacia los costados en señal de negativa.

- Claro, jajaja… qué tonta soy… ¿cómo lo va a saber? -le dijo mientras le colocaba en el brazo ese brazalete con el estetoscopio debajo que usan las enfermeras para tomar la presión a los pacientes.

De repente, la enfermera lo miró fijo, casi con compasión, con mucha dulzura. En el mismo tono, le volvió a hablar:

- Usted no debe entender nada, mi querido ¿no?... Bueno, yo le voy a ir contando un poquito, pero ya el Dr. Devés le va a explicar bien en detalle. Pero por favor, no intente hablar ni moverse. Si le pregunto, puede decir sí parpadeando, y puede decir no, moviendo un poquito hacia los costados la cabeza. Ni se le ocurra mirarse el ombligo, ¿eh? Nada de mirar para abajo, porque tiene una traqueotomía y se puede lastimar.

Claro, lo suponía, era una traqueotomía, pensó el hombre.

- Mire, señor Baigorria, solamente le voy a decir una cosa. Estamos empezando el otoño de 2020. Usted llegó acá a fines de noviembre del año pasado. Tuvo un ACV, una pequeña obstrucción en una vena del cerebro que lo dejó cuadripléjico. Lo tuvieron que inducir a un coma farmacológico, y recién hace una semana le sacaron el respirador. Y por lo que veo, ya ha recuperado algunos movimientos…. ¡Lo felicito, mi amigo! ¿Sabe cuánta gente no despierta nunca más o no logra recuperar movilidad? Es un tipo afortunado…

Seguía aturdido, sin recordar en qué momento ocurrió lo que -ahora sabía- fue un ACV. ¿Casi cuatro meses dormido? ¿Afortunado? Se preguntó si la enfermera se llamaría afortunada estando el lugar de él. Entonces frunció el ceño, y sus dos cejas gruesas y negras casi se juntaron sobre su nariz. Miró de reojo el sillón negro vacío y después a la enfermera, con ojos inquisidores.

- Ahhhh… Sí, sí, claro… mira porque no ve a nadie en la habitación… jaja… qué tonta… Disculpeme, pero es que estamos en tanta vorágine que a veces uno da por sentado todo ¿vio? Le cuento… Mire, hace como tres meses, hubo un brote de un virus en China que empezó a enfermar a mucha gente. Era como una gripe, pero mucho más fuerte, y no había vacunas conocidas. Murieron decenas, cientos… y cada día se sumaban más muertos. Y el virus llegó a toda Europa y de ahí a Asia, y a América… a todo el mundo, bah… Ahora la llaman “la pandemia de coronavirus”.

La enfermera se apoyó en el respaldo del sillón negro. Se puso cómoda como para seguir su relato. El hombre la miraba entre incrédulo y enojado por el mal tino de la chica de inventarle semejante historia a un paciente que acaba de despertar de un coma de cuatro meses…

- Los países empezaron a cerrar sus fronteras -siguió la enfermera-, a mandar a los extranjeros a sus países, a dejar de vender y comprar, y paralizar todo, todo, todo lo que hacemos todos los días, para mandar a la gente que se quede en su casa en cuarentena. Y así estamos hoy, casi todo el mundo, pero todo el mundo de verdad ¿eh?, está encerrado en sus casas sin poder salir. Es como una guerra planetaria pero donde estamos todos en el mismo bando y no sabemos dónde está el enemigo. Solamente sabemos que el mejor ataque es una buena defensa. Así que nos tenemos que quedar cada uno en su casa y no movernos. Circulan los médicos, los enfermeros, los que trabajan en cosas que no se pueden parar… todavía. Así estamos… El mundo entero inmovilizado ¿vio qué loco? – dijo, y soltó una carcajada fuerte mirando a Baigorria a los ojos.

Si hubiera podido, el hombre también hubiera lanzado una carcajada. El fastidio inicial por la actitud de la enfermera se convirtió en una sonrisa leve, y hasta le brillaron los ojos claros. Con los dedos que apenas podía mover, cerró lentamente su puño y levantó el pulgar con satisfacción. Le pareció muy creativa y ahora hasta simpática la idea de la enfermera para hacerlo reír. Seguramente, ahora sí le iba a explicar dónde estaban su esposa y sus hijos. Claro, no iban a estar todo el día ahí si el estaba dormido hacía cuatro meses. Se quedó más tranquilo. El Dr. Devés, sin dudas, le iba a avisar a su familia y le iban a explicar todo. Y su mujer iría a verlo, sin los chicos quizás, porque habría que ver si no estaban en la escuela o en el club.

- Bueno, mi querido… bienvenido al mundo de los despiertos… bienvenido al mundo de la pandemia… jajaja… -se rio la enfermera- Voy a darle las buenas noticias al Doctor. No se vaya ¿eh?

Qué simpática la enfermera, pensó el hombre. Y sonrió para sus adentros. Qué ocurrente… “No se vaya”… ¿A dónde se iba a ir en ese estado? Jajajaja… “Coronavirus”… ¿Cómo se le ocurre inventar un virus con el nombre de una cerveza? Jajajaja… Qué divertida la enfermera, se dijo el hombre.

Semáforo rojo

  Se puso la blusa de raso celeste inmediatamente después de abrocharse el corpiño. Subió el pantalón blanco con una mano, a los saltos mien...