Cerró la
puerta con llave. Caminó media cuadra hasta la parada del 152 que la dejaba en
la puerta de la Facultad. Según sus cálculos iba a llegar exactamente cinco
minutos antes de las 10. Justo a tiempo para la clase de Psicología. Estaba muy
dormida. Muy.
El bondi
estaba atestado de gente. Ella subió, pagó su boleto y encaró con intenciones
de forcejear para llegar al menos a la mitad del colectivo, cerca de la doble
puerta para bajar. Es toda una aventura atravesar la marea humana esquivando
mochilas, carteras, evitando que te pungueen o que te toquen el culo.
La cruzada
por llegar a pararse cerca de la puerta se convierte en una carrera de
obstáculos. Además de esquivar todos los bártulos que llevan los demás, uno le
suma los propios. Y hay que desplazarlos como en un Tetris viendo donde calzan
para seguir avanzando: ahora tu mochila casi por el piso para esquivar la
carterota de la señora mayor, luego levantarla, llevarte el bulto al cuerpo,
ahora pasarlo para atrás… Curiosamente, la tarea le demandó mucho menos
esfuerzo que el que pensaba. Casi como se tratara de Lady Di entrando a una
ceremonia, la gente le abría paso y le dejaba espacio, solo que con esas caras
extrañas e indescifrables mezcla de sueño, odio, enojo, falta de sexo y asco.
“La gente está muy mal -se dijo-, tan temprano con semejante cara de orto”.
Pero como consiguió su objetivo, se limitó a poner su mochila entre las
piernas, apretarla fuerte, y sacó del bolsillo del saco la versión ídem de
"Harry Potter y las reliquias de la muerte".
Mientras
iba absorta en la lectura, se sintió afortunada por haber llegado rápido a
ubicarse donde quería. Y más aun porque nadie se le había pegado, ni la
empujaba, ni quedaba apretada contra el caño pasamanos. Todo iban bien, pero de
pronto un olor nauseabundo comenzó a desconcentrarla. Empezó a mirar hacia los
costados disimuladamente -con su rostro apuntando al libro como si estuviera
leyendo- tratando de identificar de quién provenía el vaho. Era muy intenso y
desagradable. Pero no era olor a transpiración, ni a rancio ni a bolas ni a las
flatulencias que alguien despedía en el anonimato de la multitud. Era una
mezcla de olor penetrante a carne en descomposición, yerba húmeda y grasa, todo
en un mismo aroma. Insoportable.
A las pocas
cuadras ya le costaba respirar y contaba los metros hasta llegar a la siguiente
parada para que se abriera la puerta y circulara algo de aire. La gente que se
bajaba, aparentemente también lo notaba. Vio a una mamá con su hijita con cara
de asco que la miró desde la vereda arrugando el ceño y agitando la mano de
izquierda a derecha reiteradas veces delante de su nariz. Un señor gordo, que
para ella hubiera sido el sospechoso, bufó y resopló fuerte mientras daba
saltitos en los escalones de salida del bondi. Pero no se llevó los aromas con
él, al contrario, se hicieron más fuertes.
Se corrió
unos pasos más al fondo, pero el pestilente olor parecía seguir cerca de ella y
no lograba identificar quién era el hijo de puta que olía de esa manera.
Faltaban todavía cuatro paradas para llegar a la Facultad. No aguantaba más esa
hediondez insoportable que ya sentía como si envolviera todo su cuerpo desde
los pies, la cintura, la garganta… “Qué asco por Diosssss… Llegar a la Facu con
esta baranda” pensó. Tomó la decisión de bajarse antes a riesgo de llegar tarde
a su clase. No daba para más. Quien fuera que olía tan feo lo disimulaba
demasiado bien.
Cuando en
la siguiente parada se abrieron las puertas, tomó del piso su mochila, dio dos
zancadas, bajó la escalera y dio un saltito. Se quedó parada, inmóvil hasta
asegurarse de que el colectivo arrancara y se llevara esa tortura olfativa.
Pasada la bocanada de humo negro del gasoil que salió del caño de escape del
bondi, se preparó para respirar hondo y cambiar el aire. Lo hizo. Inspiró con
fuerza… pero se desesperó cuando sintió el mismo olor nauseabundo. Quería salir
corriendo.
Agarró su
mochila y, por primera vez, quiso colocarla en su espalda para caminar más
cómoda las 12 cuadras hasta su Facultad. No pudo. La mochila no tenía las
correas para pasar los brazos. La mochila no tenía correderas ni bolsillos ni
cierre. La mochila, su mochila, no era una mochila. En ese preciso instante se
dio cuenta de que cuando salió de su casa, en lugar de agarrar la mochila, tomó
la bolsa negra de residuos con toda la basura del día anterior que había dejado
detrás de la puerta para sacar cuando saliera hacia la parada.
Sintió que
se incendiaba por dentro, que sus cachetes estaban al rojo vivo, que todo el
mundo la miraba, que todos los pasajeros de ese viaje no olvidarían más su
cara. No fue a la clase de Psicología. Tomó un taxi de vuelta a casa y en el
camino llamó a su psicóloga.



