jueves, 23 de mayo de 2024

La mujer de la bolsa

 


Cerró la puerta con llave. Caminó media cuadra hasta la parada del 152 que la dejaba en la puerta de la Facultad. Según sus cálculos iba a llegar exactamente cinco minutos antes de las 10. Justo a tiempo para la clase de Psicología. Estaba muy dormida. Muy.

El bondi estaba atestado de gente. Ella subió, pagó su boleto y encaró con intenciones de forcejear para llegar al menos a la mitad del colectivo, cerca de la doble puerta para bajar. Es toda una aventura atravesar la marea humana esquivando mochilas, carteras, evitando que te pungueen o que te toquen el culo.

La cruzada por llegar a pararse cerca de la puerta se convierte en una carrera de obstáculos. Además de esquivar todos los bártulos que llevan los demás, uno le suma los propios. Y hay que desplazarlos como en un Tetris viendo donde calzan para seguir avanzando: ahora tu mochila casi por el piso para esquivar la carterota de la señora mayor, luego levantarla, llevarte el bulto al cuerpo, ahora pasarlo para atrás… Curiosamente, la tarea le demandó mucho menos esfuerzo que el que pensaba. Casi como se tratara de Lady Di entrando a una ceremonia, la gente le abría paso y le dejaba espacio, solo que con esas caras extrañas e indescifrables mezcla de sueño, odio, enojo, falta de sexo y asco. “La gente está muy mal -se dijo-, tan temprano con semejante cara de orto”. Pero como consiguió su objetivo, se limitó a poner su mochila entre las piernas, apretarla fuerte, y sacó del bolsillo del saco la versión ídem de "Harry Potter y las reliquias de la muerte".

Mientras iba absorta en la lectura, se sintió afortunada por haber llegado rápido a ubicarse donde quería. Y más aun porque nadie se le había pegado, ni la empujaba, ni quedaba apretada contra el caño pasamanos. Todo iban bien, pero de pronto un olor nauseabundo comenzó a desconcentrarla. Empezó a mirar hacia los costados disimuladamente -con su rostro apuntando al libro como si estuviera leyendo- tratando de identificar de quién provenía el vaho. Era muy intenso y desagradable. Pero no era olor a transpiración, ni a rancio ni a bolas ni a las flatulencias que alguien despedía en el anonimato de la multitud. Era una mezcla de olor penetrante a carne en descomposición, yerba húmeda y grasa, todo en un mismo aroma. Insoportable.

A las pocas cuadras ya le costaba respirar y contaba los metros hasta llegar a la siguiente parada para que se abriera la puerta y circulara algo de aire. La gente que se bajaba, aparentemente también lo notaba. Vio a una mamá con su hijita con cara de asco que la miró desde la vereda arrugando el ceño y agitando la mano de izquierda a derecha reiteradas veces delante de su nariz. Un señor gordo, que para ella hubiera sido el sospechoso, bufó y resopló fuerte mientras daba saltitos en los escalones de salida del bondi. Pero no se llevó los aromas con él, al contrario, se hicieron más fuertes.

Se corrió unos pasos más al fondo, pero el pestilente olor parecía seguir cerca de ella y no lograba identificar quién era el hijo de puta que olía de esa manera. Faltaban todavía cuatro paradas para llegar a la Facultad. No aguantaba más esa hediondez insoportable que ya sentía como si envolviera todo su cuerpo desde los pies, la cintura, la garganta… “Qué asco por Diosssss… Llegar a la Facu con esta baranda” pensó. Tomó la decisión de bajarse antes a riesgo de llegar tarde a su clase. No daba para más. Quien fuera que olía tan feo lo disimulaba demasiado bien.

Cuando en la siguiente parada se abrieron las puertas, tomó del piso su mochila, dio dos zancadas, bajó la escalera y dio un saltito. Se quedó parada, inmóvil hasta asegurarse de que el colectivo arrancara y se llevara esa tortura olfativa. Pasada la bocanada de humo negro del gasoil que salió del caño de escape del bondi, se preparó para respirar hondo y cambiar el aire. Lo hizo. Inspiró con fuerza… pero se desesperó cuando sintió el mismo olor nauseabundo. Quería salir corriendo.

Agarró su mochila y, por primera vez, quiso colocarla en su espalda para caminar más cómoda las 12 cuadras hasta su Facultad. No pudo. La mochila no tenía las correas para pasar los brazos. La mochila no tenía correderas ni bolsillos ni cierre. La mochila, su mochila, no era una mochila. En ese preciso instante se dio cuenta de que cuando salió de su casa, en lugar de agarrar la mochila, tomó la bolsa negra de residuos con toda la basura del día anterior que había dejado detrás de la puerta para sacar cuando saliera hacia la parada.

Sintió que se incendiaba por dentro, que sus cachetes estaban al rojo vivo, que todo el mundo la miraba, que todos los pasajeros de ese viaje no olvidarían más su cara. No fue a la clase de Psicología. Tomó un taxi de vuelta a casa y en el camino llamó a su psicóloga.

Gina

 


Las legañas no me dejaban despegar los ojos. La cabeza me estallaba. Me levanté en la oscuridad y, a tientas, llegué hasta la ventana. Cuando el sol entró por las hendijas de la persiana fue como si me hubieran clavado cientos de alfileres en los ojos. Y alguien hubiera salido de dentro del placard y me hubiera dado un hachazo en la frente.

Pasaron unos cuantos segundos hasta que pude volver a abrir los ojos sin achinarlos. De a poco logré ir haciendo foco en todo lo que me rodeaba: la cama revuelta, mi almohada en el piso, el vaso de agua en la mesita de luz, los zapatos en rincones opuestos de la habitación, una de las medias sobre la silla del rincón, la otra inexplicablemente colgada de la manija de la puerta. “Debe haber sido Gina”, me dije. Esa gata siamesa tan bonita pero tan insuperablemente traviesa cuya costumbre favorita era jugar con mis medias durante toda la noche.

Giré lentamente la cabeza hacia la ventana y, esta vez por precaución, achiné los ojos antes de enfrentar el fulgor del reflejo del sol que atravesaba el vidrio. Di dos pasos con lentitud para acercarme a la ventana y correr la cortina de voile que apenas reducía el resplandor de la luz externa. Allí, detrás de ese haz de claridad, estaba el jardín. Un jardín modesto en el que solo había césped porque nunca fui bueno cuidando plantas. Y por eso, nunca tuve plantas ni flores ni huerta. Sólo césped, pero solo grama bahiana, que requiere menos cuidados. Necesitaba un poco de verde, y la grama bahiana me daba lo que necesitaba sin mayor demanda.

Cuando empecé a abrir los ojos y miré hacia el jardín sentí que estaba alucinando. O que todavía la fotofobia que me atormentaba esa mañana estaba en su peor momento. Me restregué los ojos y me saqué dos legañas enormes. Volví a mirar. Un frío helado recorrió toda mi columna vertebral. Mis latidos se aceleraron a una velocidad a la que nunca en mi vida imaginé que podría bombear mi corazón. Abrí una de las hojas de la ventana y asomé mi torso para ver mejor.

En el centro exacto del jardín, en medio de un enorme charco de sangre, había una especie de estaca, como esas de metal enorme que se usan para asar corderos, lechones o chivitos, pero hecha con trozos del cajón de manzanas que había quedado en el patio y atado con tiras de la sábana verde que dejé colgada la noche anterior en el tender.

Y en la estaca, Gina, mi gata, con todo el cuerpo abierto al medio, las entrañas colgando, las cuatro patas atadas a la estaca, la cabeza prolijamente tirada hacia adelante. Lo espeluznante del cuadro se completó cuando noté que no tenía los ojos y le habían cortado las orejas.

Me temblaban las piernas. Mi respiración se entrecortaba. Corrí hasta la mesita de luz. Quise agarrar el celular para llamar al 911 y la flaccidez de mis manos hicieron que saliera despedido violentamente hacia la pared y la pantalla se hiciera añicos. “¡¡El WhatsApp web!!” dije para mis adentros, recordando que fue lo último que minimicé antes de que la borrachera me venciera. Ni siquiera podía recordar con quién había estado hablando, pero sabía que quien fuera podría hacer algo por mí.

Fui a los tumbos hasta el pequeño escritorio de pino en el que estaba mi laptop abierta. Moví el mouse como pude con mi manos temblorosas. La pantalla comenzó a iluminarse lentamente. Cuando quise abrir la ventana del Chrome, hice click en varios íconos del escritorio sin lograr acertar en el círculo tricolor con el punto azul en el medio. Se abrió una planilla de cálculos en blanco. Luego el reproductor de música. Le siguió la bandeja de entrada de Outlook…  No puedo saber cuánto tiempo quedé inmóvil y pálido mirando la lista de correos no leídos, resaltados en negrita. Había tres que habían entrado durante la noche: uno de Carla de Turismocity, inexplicablemente ofreciendo alternativas de viajes para cuando el aislamiento al que nos sometió la pandemia nos deje ir más allá de las cinco cuadras a la redonda; otro de la compañía de luz, recordándome que mi factura vencía en dos días…. El tercero fue el que me provocó pavura. Era un correo dirigido a mí, obviamente, cuyo remitente era… yo.

Dudé mucho del origen de ese correo pensando en hackers, en qué tan borracho hubiera estado como para haberme enviado un mail a mí mismo, en quién me estaría haciendo un chiste… Finalmente, la curiosidad y el desconcierto me hicieron olvidar por un segundo la imagen horrorosa de Gina estaqueada y destripada en el medio del jardín. Hice doble click y se abrió a pantalla completa el correo de marras. Había una sola frase, a Arial Black a tamaño 42: “Cuidado con lo que hacés”. Nada más. Ni firma. Ni datos. Ni alguna explicación de todo lo que estaba pasando.

Me recosté sobre el sillón tirando la cabeza hacia atrás y el torso hacia adelante hasta quedar haciendo casi una plancha entre el respaldo y el asiento. Cerré los ojos. Traté de hacer memoria buscando respuestas de no sabía qué, no sabía dónde. Me dormí. O eso creí. Sentí calor en el pecho. Y también sentí cómo un líquido tibio recorría mi esternón hacia el ombligo. Algo me hacía cosquillas en la barbilla. Hice un esfuerzo hercúleo para volver a abrir los ojos. Despacio, para evitar la fotofobia. Sin moverme miré hacia abajo, hacia mis pectorales. Lo que me hacía cosquillas eran los bigotes del hocico de Gina. El calor en el pecho eran las tripas de Gina, abierta al medio con sus patitas casi abrazándome y su sangre corriendo por mi abdomen. En los agujeros de los ojos ausentes de mi gata, había dos rollitos de papel diminutos. Intentando no moverme mucho para que no seguir derramando sangre, saqué los dos rollitos de los ojos de Gina. Estaban numerados. Abrí lentamente el que tenía el número 1. “La respuesta está en vos mismo”. Desorientado, abrí el rollito número 2. “Sí, fuiste vos. Vos me hiciste esto. Vos te hiciste esto. Vos y el alcohol. Traté de cuidarte. Traté de protegerte. Pero seguiste tomando. Te avisé. Un día me vas a encontrar muerta. Fuiste muy cruel. Al menos podrías haberme dejado los ojos celestes. Juro que no me vas a olvidar. Gina”.

Hoy se cumple un años desde ese día. Hace ocho meses que no tomo. Un día por vez. Mi grupo de AA me contuvo y me acompañó después de los seis meses de internación. Desde entonces, entendí un montón de cosas… menos, qué fue lo que pasó esa noche.

Walkman

 


Un walkman. Hacía al menos treinta años que no veía uno. Pero el tipo lo portaba colgado en su cinturón con una hidalguía y un orgullo propios de quien no disimula para mostrar su Iphone último modelo.

Un walkman supone un cassette. Esos con cinta, de los que si se enganchan en los cabezales reproductores te provocan el vacío más grande y una angustia semejante a la de haber perdido un anillo de platino con diamantes incrustados.

Y un walkman supone una birome, sí un bolígrafo, BIC en lo posible, para ahorrar pilas cuando querés volver a escuchar ese tema que te parte la cabeza y comenzás con esa ceremonia casi mística de colocarlo del lado correcto, esperar a que se trabe en los dientes del carrete elegido y empezar a girar violentamente la mano en círculos para que el cassette comience a dar vueltas como una calesita diabólica alrededor de tu mano, mientras ves cómo la cinta que está en el carrete opuesto va disminuyendo a la vez que la que se enrosca en el que está la birome engorda y engorda… y en el medio casi podés escuchar cómo esa canción, esa que querés volver a escuchar pasa en reversa como un mensaje satánico de esos que, decían algunos, se escuchaban en los temas de Xuxa o en Stairway to heaven de Led Zeppelin.

Lo peor (o lo mejor si uno lo piensa como un ingrediente gestáltico que compone la imagen de ese hombre que acababa de traspasar la puerta del kiosco) es que en la cadera opuesta, colgaba del cinturón una suerte de cartuchera de cuero con cuatro bolígrafos BIC, con prolijo capuchón blanco, pero el cuerpo de la birome de los cuatro colores que componían el arcoiris BIC de los ochenta: uno negro, uno azul, uno rojo y uno verde, un portaminas Schaeffer impecable y una lapicera Parker de pluma, de esas que llevan un cartucho cónico en el interior y un capuchón color plata opaca esmerilada que parecía casi sin uso.

 Los auriculares no eran ni esos grandotes que están de moda hoy (en los ochenta, andar con eso por la calle era un papelón inimaginable) ni tampoco de esos minúsculos, tipo earphone, que apenas se asoman del oído (en los ochenta eso no solo no existía, sino que parecía algo de ciencia ficción). No, era un Sony con esos protectores redondos que parecían dos esponjas, que se destacaban de la vincha plateada y negra que le aplastaba los rulos, cómplices ideales para esconder la estructura del auricular en la maraña de pelos del hombrecito.

- Hola… buenas tardes -dijo sacándose el auricular del oído izquierdo.

- Sí, qué tal… ¿qué buscabas? – le respondí escaneándolo de arriba abajo y sin pode quitar mi vista de las botas tejanas con motivos cosidos, puntiagudas y con el taco apenas gastado.

- ¿Me das un Tubby 4? -me dijo con naturalidad.

Yo no sabía si me estaba cargando, se estaba haciendo el pelotudo o realmente me estaba pidiendo una golosina que se dejó de fabricar hace treinta años.

- No… no me quedó ¿sabés? -le dije irónico, con mi mejor cara de pelotudo para seguirle la corriente.

El tipo se quedó pensativo. Del bolsillo del chaleco (recién me percataba de que tenía un chaleco negro sobre su camisa Calvin Klein blanca impoluta) sacó una cajita de chicles Adams amarilla, de las que eran largas y chatas, todavía con el papel celofán por fuera. Pero no eran de los últimos que alcancé a ver en 2015 con packaging moderno, antes de que cerrara en Colombia la última fábrica que los distribuía. Tenía la caja original… la abrió, sacó el cuadradito blanco y se lo llevó a la boca. Temí que cuando lo fuera a morder le estallara en pedazos la dentadura, porque mi experiencia indicaba que después de un tiempo, pasado el vencimiento, morder un Adams era como masticar un pedazo de diamante en bruto. Sin embargo, el chicle emitió el crujido típico que surgía cuando se quebraba la cobertura azucarada cuando uno le hincaba el diente.

- Uhhh… Bueno… qué macana… se ve que no están llegando al barrio porque hace como veinte años que no lo consigo… -espetó.

Yo seguía sin saber si el tipo me estaba cargando, si había estacionado la nave nodriza en la esquina, o si se había bajado del Delorean de Volver al futuro y lo estaban esperando Marty McFly y el Dr. Brown en la puerta.

- Ah, mirá qué loco… -atiné a decir con mi mejor cara de póker. No, no iba a entrar en la gastada de este nabo que me viene a verduguear un miércoles a las dos de la tarde.

Guardó la cajita de Adams en su bolsillo y mientras mascaba suavemente el chicle volvió a la carga:

- Sí, no sé qué estará pasando… pero bueno… dame una Teem y un paquete de papas fritas bien secas -dijo sin que se le moviera un pelo.

Estaba a punto de recontraputearlo porque me di cuenta de que claramente me estaba tomando por boludo. Pero justo entró al kiosco una señora mayor, encorvada, de pelo blanco y apoyándose en un bastón. No me parecía correcto que la pobre mujer pasara el mal momento de escuchar el listado de barrabasadas que tenía para decirle al tipo.

- ¿Señora? -le dije ignorando al pelotudo que miraba desorientado y se tapaba la cara con la mano derecha, para atender a la señora rápido y después poder mandarlo bien a la mierda- ¿en qué puedo ayudarla?

- No, querido -dijo con voz temblorosa- no me ayudes, no necesito. Lo vengo a buscar a él… -y se dirigió derecho al tipo que, escondido detrás de su mano, trataba de hacer de cuenta que no veía nada de lo que estaba pasando.

A los pocos segundos, entraron dos hombres con ambo verde, camisolín de manga corta, celular en una mano y en la otra uno con un chaleco blanco como de tela de avión, y el otro como con un barbijo pero de cuero. Yo no entendía que estaba pasando, y entonces escuché a la señora:

- Vení, Ricardito, vení… no pasa nada. Acá tampoco hay... Vení, que los doctores te van a llevar a un kiosco donde hay todo lo que vos querés.

Aquelarre

 

- Buenas noches… Gonzalo Dachs y señora, mesa 13 -le dijo adelantándose a la pregunta de la recepcionista, una rubia despampanante con un ajustadísimo vestido que dejaba ver sus curvas generosas y que Gonzalo recorrió mientras su mujer le pellizcaba disimuladamente el brazo.

El maitre los acompañó unos metros y les indicó amablemente cuál era su mesa, que todavía estaba vacía. Se acomodaron con Juana, su esposa, en dos sillas que les permitía quedar frente a la que, aparentemente, era la mesa de los novios.

De pronto una pareja de treinta y pico se acercó a la mesa, saludó cordialmente y se ubicaron enfrente de Juana y de Gonzalo. Él solo atinó a mirar a la joven mientras se sentaban y le dijo: “Mesa 13… ¿será de suerte o de yeta?” y lanzó una carcajada forzada.

Luego llegó otra pareja un poco mayor, unos 45 ella y unos 40 él, y se sentaron a la izquierda de Juana. Todos cuchicheaban entre sí, sin interactuar con los demás. Claramente, ninguno de ellos conocía a los otros.

Cuando llegó la cuarta pareja (él un tipo elegante y apuesto de unos 55 años, ella una bellísima mujer de no más de 25 o 26) ocuparon las dos sillas que quedaban libres mientras sonriendo delicadamente meneaban la cabeza en señal de algo parecido a un saludo. Sin dudas, tampoco conocían a nadie.

- ¿De dónde me dijiste que conocías a este que se casó? – preguntó Juana, entre curiosa e incómoda.

- De las canchas de pádel, amor… ¿te acordás que el año pasado empezamos a jugar también los jueves? Los martes es con el Pela, Cristian y Adrián. Y los jueves con Julián, Marcos y Andrés. Bueno, Andrés es el que se casó hoy.

- Ah... no conozco a ninguno... ¿Y los otros? ¿No vinieron? ¿No es ninguno de estos tres?

- No, no… no sé, capaz que no podían… la verdad que últimamente como Andrés estaba con el tema de los preparativos, suspendimos y casi no hablé con el resto…

De pronto una invasión de mozos empezó a llenar las copas de champagne en todas las mesas. Pocos segundos después se encendieron unos reflectores muy potentes y comenzó a sonar “My first, my last, my everything” de Barry White a todo volumen. Se abrió la enorme puerta de madera y los novios entraron casi corriendo, felices y sonrientes, saludando a todos y escuchando el aplauso estruendoso que venía de todo el salón.

Se apagaron todas las luces y solo quedaron los seguidores enfocando a la feliz pareja. El volumen de la música fue bajando lentamente y alguien se acercó agachado a alcanzarle un micrófono a Andrés. Los aplausos fueron desapareciendo armónicamente.

- Buenas noches a todos y muchísimas gracias por acompañarnos en este día tan maravilloso para nosotros. Es un placer compartir con todos ustedes este momento tan emocionante… Y para que nada interrumpa la fiesta después queremos decirles unas palabras antes de empezar a comer…

Volvió el aplauso general, con gritos y silbidos, mientras Andrés hacía señas pidiendo silencio.

- Antes que nada, gracias a nuestra familia que siempre nos apoyó -dijo Andrés mientras se encendían los reflectores sobre las mesas 1, 2 y 3 y se veían las caras emocionadas de los padres, las lágrimas de las madres y las sonrisas llorosas de las hermanas de Mariana.

- Gracias a toda esta gente linda de la secundaria, que nos vio cuando Nani y yo empezamos a salir hace ya diez años -siguió mientras los reflectores enfocaban las mesas 4, 5 y 6 y se escuchaba el griterío de más de 20 jóvenes desaforados.

- A los cumpas del Ministerio... mil gracias, chicos, en serio… un lujo tenerlos acá. Con ustedes paso casi más tiempo que con Nani -reflector en las mesas 7, 8, 9 y 10. Risas. Copas levantadas.

Juana se acercó al oído de Gonzalo y le susurró: “Qué forma rara de entrar al salón… nunca la vi”. Él asintió con la cabeza. “Es gente muy… poco convencional” aclaró. Ella trataba de imaginar cómo sería el saludo para esa mesa en la que eran todos ilustres desconocidos. Él se secó una gota de transpiración en la frente. Prefería no pensar.

- Ahí -dijo mientras se iluminaban a pleno las mesas 11 y 12- las más grosas, las chicas del jardín, las compañeras de Nani que tantas tardes han compartido haciendo manualidades para los peques…

Gonzalo empezó a sentir palpitaciones. Y calor. Soltó la mano de Juana.

- Gonza, Raúl, Lucas, Sebastián… qué decirles… Son parte importantísima de nuestra pareja… -el reflector enceguecía y Gonzalo no paraba de transpirar-. Ustedes no se conocen, pero hace más de un año que en distintos momentos compartieron nuestros jueves maravillosos en Aquelarre. Gracias por el respeto y el cuidado que siempre tienen por ella y por mí.

Mientras Andrés agradecía a la mesa 14, se escuchó un griterío del que sobresalió un “¡¡¡Hijo de mil putas!!!! ¿Así que Aquelarre? Hijo de putaaaaa…”

En pocos segundos, en la mesa 13 quedaron todas las sillas vacías. Y todo por Aquelarre, el boliche swinger.

Semáforo rojo

  Se puso la blusa de raso celeste inmediatamente después de abrocharse el corpiño. Subió el pantalón blanco con una mano, a los saltos mien...