Mirar el
amanecer y sentir que no hay nada más bello. Mirar la luna y preguntarse por
qué tantos poetas se inspiraron en ella. Mirar las estrellas y sentirse
diminuto, insignificante y buscar, frustrados, la explicación de su origen.
Mirar a los hijos durmiendo, o siendo felices, y meterse en la coctelera de
sentimientos que provoca pensar en su futuro. Mirar a los padres cruzando metas
día a día rumbo al final de sus días esperando que, a pesar de todo, cuando
mueran tengan motivos para pensar que su paso por esta vida valió la pena.
Mirar a tu amigo llorando de dolor por amor o riendo a carcajadas con dolor de
panza por el chiste más bobo. Mirar al gato prescindente agazapado para cazar
una mariposa y regalársela a su humano-amo como trofeo mientras uno siente
mezcla de pena y asco. Mirar al ser amado a los ojos y ver como una espiral de
imágenes de pasión, risas, enojos y discusiones que casi terminan con la
historia de la pareja fue el recorrido necesario y obligado hasta llegar a este
hoy que, todavía, los mantiene unidos.
Miradas de
odio. Miradas sensuales. Miradas sexuales. Miradas suspicaces. Miradas
cómplices. Miradas de desconcierto. Miradas de temor. Miradas de olvido. Miradas
inquisidoras. Miradas de reojo. Miradas robadas.
Soy de
mirar mucho. Pero no de mirón. Más bien de mirador. Mirar desde ese lugar que
te permite ver todo: un paisaje, una ciudad, un lago, un castillo, una montaña…
Pero a diferencia del mirador desde el que uno mira todo, así como en un plano
general o una vista panorámica, para mirar a una persona no hay que mirar de
lejos. Hay que mirarla a los ojos. O, mejor dicho, no hay que mirar, si no
generar una mirada.
Me apasiona
el lenguaje de las miradas. Porque los ojos no mienten. A lo largo de mi vida,
de tanto mirar miradas, desarrollé como un sexto sentido, como una habilidad
especial para poder atravesar los ojos de mi interlocutor (entiéndase en
sentido genérico, o sin género, me suena muy raro todavía decir “inlocutore”) y
percibir cuestiones tan básicas como la honestidad, el don de gentes, la
sensibilidad, la sinceridad, el odio, el erotismo, la lascivia…
Alguna vez
leí que lo malo de las miradas es que a veces hablan de más. No sé si de más,
pero sí es cierto que hablan. Porque sin hablar pude decir “estoy triste”, “qué
embole que tengo”, “vámonos de acá ya y hagamos todo eso en lo que estamos
pensando”, “no podés ser tan hija de puta”, “¡¡¡no me digas!!!!”, “¿vos estás
loca? No podemos…”, “vos sabés que estás mintiendo descaradamente” o “te amo
como nunca amé a nadie”.
Cuando uno
cruza miradas con alguien con quien “pasa algo”, lo más difícil es mantenerla,
seguir mirando, demostrar que eso que pasa es tan intenso que te cohíbe, te
abochorna o te delata.
Mi mirada
es muy fácil de leer. Tengo la ventaja o la desventaja de que sea transparente.
No puede disimular ni un poquito lo que me pasa. Está en la suspicacia o la
habilidad del otro en descifrarla, en entenderla, en encontrar el punto débil
para desnudarme en cuestión de segundos. Y cuando digo desnudarme, es
desnudarme en el más amplio sentido de la palabra. Dejarme con el corazón al
desnudo, el alma al desnudo, mi cuerpo al desnudo. Y según las intenciones, los
sentimientos o los valores del “interlocutore” eso puede ser muy bueno o tan
malo que, como me ha pasado, puede costarme muy caro.
A pesar de
mi instinto mirador, alguna vez me equivoqué. Feo. Por suerte fueron pocas,
porque esa virtud de desenmascarar a cualquiera con la mirada, cuando falla, es
lo peor. Porque si el otro es mala persona o un psicópata profesional y logra
engañarte, uno cae en el engaño como un caballo manso que va a la caballeriza
en la que va a quedar encerrado. Y te puede hacer mucho daño. Porque una vez
que uno entra, el otro sabe que es vulnerable. Y como es mala persona, usa ese
poder para lastimar, para manipular, para usar los buenos sentimientos. Y salir
de la caballeriza puede costar mucho, muchísimo, o tal vez no sale nunca. Eso
sí que es letal.
Sin embargo, sigo creyendo en el poder de la mirada. Si alguna vez me cruzan por ahí, tengan en cuenta que los voy a estar mirando. No como el “Gran Hermano”, no. Mirándolos directo a los ojos. Hablando con la mirada. A veces de más…
No hay comentarios:
Publicar un comentario