miércoles, 8 de abril de 2020

Mirar miradas


Mirar el amanecer y sentir que no hay nada más bello. Mirar la luna y preguntarse por qué tantos poetas se inspiraron en ella. Mirar las estrellas y sentirse diminuto, insignificante y buscar, frustrados, la explicación de su origen. Mirar a los hijos durmiendo, o siendo felices, y meterse en la coctelera de sentimientos que provoca pensar en su futuro. Mirar a los padres cruzando metas día a día rumbo al final de sus días esperando que, a pesar de todo, cuando mueran tengan motivos para pensar que su paso por esta vida valió la pena. Mirar a tu amigo llorando de dolor por amor o riendo a carcajadas con dolor de panza por el chiste más bobo. Mirar al gato prescindente agazapado para cazar una mariposa y regalársela a su humano-amo como trofeo mientras uno siente mezcla de pena y asco. Mirar al ser amado a los ojos y ver como una espiral de imágenes de pasión, risas, enojos y discusiones que casi terminan con la historia de la pareja fue el recorrido necesario y obligado hasta llegar a este hoy que, todavía, los mantiene unidos.

Miradas de odio. Miradas sensuales. Miradas sexuales. Miradas suspicaces. Miradas cómplices. Miradas de desconcierto. Miradas de temor. Miradas de olvido. Miradas inquisidoras. Miradas de reojo. Miradas robadas.

Soy de mirar mucho. Pero no de mirón. Más bien de mirador. Mirar desde ese lugar que te permite ver todo: un paisaje, una ciudad, un lago, un castillo, una montaña… Pero a diferencia del mirador desde el que uno mira todo, así como en un plano general o una vista panorámica, para mirar a una persona no hay que mirar de lejos. Hay que mirarla a los ojos. O, mejor dicho, no hay que mirar, si no generar una mirada.

Me apasiona el lenguaje de las miradas. Porque los ojos no mienten. A lo largo de mi vida, de tanto mirar miradas, desarrollé como un sexto sentido, como una habilidad especial para poder atravesar los ojos de mi interlocutor (entiéndase en sentido genérico, o sin género, me suena muy raro todavía decir “inlocutore”) y percibir cuestiones tan básicas como la honestidad, el don de gentes, la sensibilidad, la sinceridad, el odio, el erotismo, la lascivia…

Alguna vez leí que lo malo de las miradas es que a veces hablan de más. No sé si de más, pero sí es cierto que hablan. Porque sin hablar pude decir “estoy triste”, “qué embole que tengo”, “vámonos de acá ya y hagamos todo eso en lo que estamos pensando”, “no podés ser tan hija de puta”, “¡¡¡no me digas!!!!”, “¿vos estás loca? No podemos…”, “vos sabés que estás mintiendo descaradamente” o “te amo como nunca amé a nadie”.

Cuando uno cruza miradas con alguien con quien “pasa algo”, lo más difícil es mantenerla, seguir mirando, demostrar que eso que pasa es tan intenso que te cohíbe, te abochorna o te delata.

Mi mirada es muy fácil de leer. Tengo la ventaja o la desventaja de que sea transparente. No puede disimular ni un poquito lo que me pasa. Está en la suspicacia o la habilidad del otro en descifrarla, en entenderla, en encontrar el punto débil para desnudarme en cuestión de segundos. Y cuando digo desnudarme, es desnudarme en el más amplio sentido de la palabra. Dejarme con el corazón al desnudo, el alma al desnudo, mi cuerpo al desnudo. Y según las intenciones, los sentimientos o los valores del “interlocutore” eso puede ser muy bueno o tan malo que, como me ha pasado, puede costarme muy caro.

A pesar de mi instinto mirador, alguna vez me equivoqué. Feo. Por suerte fueron pocas, porque esa virtud de desenmascarar a cualquiera con la mirada, cuando falla, es lo peor. Porque si el otro es mala persona o un psicópata profesional y logra engañarte, uno cae en el engaño como un caballo manso que va a la caballeriza en la que va a quedar encerrado. Y te puede hacer mucho daño. Porque una vez que uno entra, el otro sabe que es vulnerable. Y como es mala persona, usa ese poder para lastimar, para manipular, para usar los buenos sentimientos. Y salir de la caballeriza puede costar mucho, muchísimo, o tal vez no sale nunca. Eso sí que es letal.

Sin embargo, sigo creyendo en el poder de la mirada. Si alguna vez me cruzan por ahí, tengan en cuenta que los voy a estar mirando. No como el “Gran Hermano”, no. Mirándolos directo a los ojos. Hablando con la mirada. A veces de más…

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Semáforo rojo

  Se puso la blusa de raso celeste inmediatamente después de abrocharse el corpiño. Subió el pantalón blanco con una mano, a los saltos mien...