Un walkman.
Hacía al menos treinta años que no veía uno. Pero el tipo lo portaba colgado en
su cinturón con una hidalguía y un orgullo propios de quien no disimula para
mostrar su Iphone último modelo.
Un walkman
supone un cassette. Esos con cinta, de los que si se enganchan en los cabezales
reproductores te provocan el vacío más grande y una angustia semejante a la de
haber perdido un anillo de platino con diamantes incrustados.
Y un
walkman supone una birome, sí un bolígrafo, BIC en lo posible, para ahorrar
pilas cuando querés volver a escuchar ese tema que te parte la cabeza y
comenzás con esa ceremonia casi mística de colocarlo del lado correcto, esperar
a que se trabe en los dientes del carrete elegido y empezar a girar
violentamente la mano en círculos para que el cassette comience a dar vueltas
como una calesita diabólica alrededor de tu mano, mientras ves cómo la cinta
que está en el carrete opuesto va disminuyendo a la vez que la que se enrosca
en el que está la birome engorda y engorda… y en el medio casi podés escuchar
cómo esa canción, esa que querés volver a escuchar pasa en reversa como un
mensaje satánico de esos que, decían algunos, se escuchaban en los temas de Xuxa
o en Stairway to heaven de Led Zeppelin.
Lo peor (o
lo mejor si uno lo piensa como un ingrediente gestáltico que compone la imagen
de ese hombre que acababa de traspasar la puerta del kiosco) es que en la
cadera opuesta, colgaba del cinturón una suerte de cartuchera de cuero con
cuatro bolígrafos BIC, con prolijo capuchón blanco, pero el cuerpo de la birome
de los cuatro colores que componían el arcoiris BIC de los ochenta: uno negro,
uno azul, uno rojo y uno verde, un portaminas Schaeffer impecable y una
lapicera Parker de pluma, de esas que llevan un cartucho cónico en el interior
y un capuchón color plata opaca esmerilada que parecía casi sin uso.
Los auriculares no eran ni esos grandotes que
están de moda hoy (en los ochenta, andar con eso por la calle era un papelón
inimaginable) ni tampoco de esos minúsculos, tipo earphone, que apenas se
asoman del oído (en los ochenta eso no solo no existía, sino que parecía algo
de ciencia ficción). No, era un Sony con esos protectores redondos que parecían
dos esponjas, que se destacaban de la vincha plateada y negra que le aplastaba
los rulos, cómplices ideales para esconder la estructura del auricular en la maraña
de pelos del hombrecito.
- Hola…
buenas tardes -dijo sacándose el auricular del oído izquierdo.
- Sí, qué
tal… ¿qué buscabas? – le respondí escaneándolo de arriba abajo y sin pode
quitar mi vista de las botas tejanas con motivos cosidos, puntiagudas y con el
taco apenas gastado.
- ¿Me das
un Tubby 4? -me dijo con naturalidad.
Yo no sabía
si me estaba cargando, se estaba haciendo el pelotudo o realmente me estaba
pidiendo una golosina que se dejó de fabricar hace treinta años.
- No… no me
quedó ¿sabés? -le dije irónico, con mi mejor cara de pelotudo para seguirle la
corriente.
El tipo se
quedó pensativo. Del bolsillo del chaleco (recién me percataba de que tenía un
chaleco negro sobre su camisa Calvin Klein blanca impoluta) sacó una cajita de
chicles Adams amarilla, de las que eran largas y chatas, todavía con el papel
celofán por fuera. Pero no eran de los últimos que alcancé a ver en 2015 con
packaging moderno, antes de que cerrara en Colombia la última fábrica que los
distribuía. Tenía la caja original… la abrió, sacó el cuadradito blanco y se lo
llevó a la boca. Temí que cuando lo fuera a morder le estallara en pedazos la
dentadura, porque mi experiencia indicaba que después de un tiempo, pasado el
vencimiento, morder un Adams era como masticar un pedazo de diamante en bruto.
Sin embargo, el chicle emitió el crujido típico que surgía cuando se quebraba
la cobertura azucarada cuando uno le hincaba el diente.
- Uhhh… Bueno…
qué macana… se ve que no están llegando al barrio porque hace como veinte años
que no lo consigo… -espetó.
Yo seguía
sin saber si el tipo me estaba cargando, si había estacionado la nave nodriza
en la esquina, o si se había bajado del Delorean de Volver al futuro y lo
estaban esperando Marty McFly y el Dr. Brown en la puerta.
- Ah, mirá
qué loco… -atiné a decir con mi mejor cara de póker. No, no iba a entrar en la
gastada de este nabo que me viene a verduguear un miércoles a las dos de la
tarde.
Guardó la
cajita de Adams en su bolsillo y mientras mascaba suavemente el chicle volvió a
la carga:
- Sí, no sé
qué estará pasando… pero bueno… dame una Teem y un paquete de papas fritas bien
secas -dijo sin que se le moviera un pelo.
Estaba a
punto de recontraputearlo porque me di cuenta de que claramente me estaba
tomando por boludo. Pero justo entró al kiosco una señora mayor, encorvada, de
pelo blanco y apoyándose en un bastón. No me parecía correcto que la pobre
mujer pasara el mal momento de escuchar el listado de barrabasadas que tenía
para decirle al tipo.
- ¿Señora?
-le dije ignorando al pelotudo que miraba desorientado y se tapaba la cara con
la mano derecha, para atender a la señora rápido y después poder mandarlo bien
a la mierda- ¿en qué puedo ayudarla?
- No,
querido -dijo con voz temblorosa- no me ayudes, no necesito. Lo vengo a buscar
a él… -y se dirigió derecho al tipo que, escondido detrás de su mano, trataba
de hacer de cuenta que no veía nada de lo que estaba pasando.
A los pocos
segundos, entraron dos hombres con ambo verde, camisolín de manga corta,
celular en una mano y en la otra uno con un chaleco blanco como de tela de
avión, y el otro como con un barbijo pero de cuero. Yo no entendía que estaba
pasando, y entonces escuché a la señora:
- Vení,
Ricardito, vení… no pasa nada. Acá tampoco hay... Vení, que los doctores te van
a llevar a un kiosco donde hay todo lo que vos querés.

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