jueves, 23 de mayo de 2024

Walkman

 


Un walkman. Hacía al menos treinta años que no veía uno. Pero el tipo lo portaba colgado en su cinturón con una hidalguía y un orgullo propios de quien no disimula para mostrar su Iphone último modelo.

Un walkman supone un cassette. Esos con cinta, de los que si se enganchan en los cabezales reproductores te provocan el vacío más grande y una angustia semejante a la de haber perdido un anillo de platino con diamantes incrustados.

Y un walkman supone una birome, sí un bolígrafo, BIC en lo posible, para ahorrar pilas cuando querés volver a escuchar ese tema que te parte la cabeza y comenzás con esa ceremonia casi mística de colocarlo del lado correcto, esperar a que se trabe en los dientes del carrete elegido y empezar a girar violentamente la mano en círculos para que el cassette comience a dar vueltas como una calesita diabólica alrededor de tu mano, mientras ves cómo la cinta que está en el carrete opuesto va disminuyendo a la vez que la que se enrosca en el que está la birome engorda y engorda… y en el medio casi podés escuchar cómo esa canción, esa que querés volver a escuchar pasa en reversa como un mensaje satánico de esos que, decían algunos, se escuchaban en los temas de Xuxa o en Stairway to heaven de Led Zeppelin.

Lo peor (o lo mejor si uno lo piensa como un ingrediente gestáltico que compone la imagen de ese hombre que acababa de traspasar la puerta del kiosco) es que en la cadera opuesta, colgaba del cinturón una suerte de cartuchera de cuero con cuatro bolígrafos BIC, con prolijo capuchón blanco, pero el cuerpo de la birome de los cuatro colores que componían el arcoiris BIC de los ochenta: uno negro, uno azul, uno rojo y uno verde, un portaminas Schaeffer impecable y una lapicera Parker de pluma, de esas que llevan un cartucho cónico en el interior y un capuchón color plata opaca esmerilada que parecía casi sin uso.

 Los auriculares no eran ni esos grandotes que están de moda hoy (en los ochenta, andar con eso por la calle era un papelón inimaginable) ni tampoco de esos minúsculos, tipo earphone, que apenas se asoman del oído (en los ochenta eso no solo no existía, sino que parecía algo de ciencia ficción). No, era un Sony con esos protectores redondos que parecían dos esponjas, que se destacaban de la vincha plateada y negra que le aplastaba los rulos, cómplices ideales para esconder la estructura del auricular en la maraña de pelos del hombrecito.

- Hola… buenas tardes -dijo sacándose el auricular del oído izquierdo.

- Sí, qué tal… ¿qué buscabas? – le respondí escaneándolo de arriba abajo y sin pode quitar mi vista de las botas tejanas con motivos cosidos, puntiagudas y con el taco apenas gastado.

- ¿Me das un Tubby 4? -me dijo con naturalidad.

Yo no sabía si me estaba cargando, se estaba haciendo el pelotudo o realmente me estaba pidiendo una golosina que se dejó de fabricar hace treinta años.

- No… no me quedó ¿sabés? -le dije irónico, con mi mejor cara de pelotudo para seguirle la corriente.

El tipo se quedó pensativo. Del bolsillo del chaleco (recién me percataba de que tenía un chaleco negro sobre su camisa Calvin Klein blanca impoluta) sacó una cajita de chicles Adams amarilla, de las que eran largas y chatas, todavía con el papel celofán por fuera. Pero no eran de los últimos que alcancé a ver en 2015 con packaging moderno, antes de que cerrara en Colombia la última fábrica que los distribuía. Tenía la caja original… la abrió, sacó el cuadradito blanco y se lo llevó a la boca. Temí que cuando lo fuera a morder le estallara en pedazos la dentadura, porque mi experiencia indicaba que después de un tiempo, pasado el vencimiento, morder un Adams era como masticar un pedazo de diamante en bruto. Sin embargo, el chicle emitió el crujido típico que surgía cuando se quebraba la cobertura azucarada cuando uno le hincaba el diente.

- Uhhh… Bueno… qué macana… se ve que no están llegando al barrio porque hace como veinte años que no lo consigo… -espetó.

Yo seguía sin saber si el tipo me estaba cargando, si había estacionado la nave nodriza en la esquina, o si se había bajado del Delorean de Volver al futuro y lo estaban esperando Marty McFly y el Dr. Brown en la puerta.

- Ah, mirá qué loco… -atiné a decir con mi mejor cara de póker. No, no iba a entrar en la gastada de este nabo que me viene a verduguear un miércoles a las dos de la tarde.

Guardó la cajita de Adams en su bolsillo y mientras mascaba suavemente el chicle volvió a la carga:

- Sí, no sé qué estará pasando… pero bueno… dame una Teem y un paquete de papas fritas bien secas -dijo sin que se le moviera un pelo.

Estaba a punto de recontraputearlo porque me di cuenta de que claramente me estaba tomando por boludo. Pero justo entró al kiosco una señora mayor, encorvada, de pelo blanco y apoyándose en un bastón. No me parecía correcto que la pobre mujer pasara el mal momento de escuchar el listado de barrabasadas que tenía para decirle al tipo.

- ¿Señora? -le dije ignorando al pelotudo que miraba desorientado y se tapaba la cara con la mano derecha, para atender a la señora rápido y después poder mandarlo bien a la mierda- ¿en qué puedo ayudarla?

- No, querido -dijo con voz temblorosa- no me ayudes, no necesito. Lo vengo a buscar a él… -y se dirigió derecho al tipo que, escondido detrás de su mano, trataba de hacer de cuenta que no veía nada de lo que estaba pasando.

A los pocos segundos, entraron dos hombres con ambo verde, camisolín de manga corta, celular en una mano y en la otra uno con un chaleco blanco como de tela de avión, y el otro como con un barbijo pero de cuero. Yo no entendía que estaba pasando, y entonces escuché a la señora:

- Vení, Ricardito, vení… no pasa nada. Acá tampoco hay... Vení, que los doctores te van a llevar a un kiosco donde hay todo lo que vos querés.

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