Le dio una
palmadita en la espalda.
-
Tranquilo, Juan… Tranquilo… Son cosas que pasan… -dijo utilizando la muletilla
más inapropiada para un momento así.
-
¿Tranquilo? ¿Tranquilo me decís? No, Javi, estas cosas no pasan… me quiero
morir… pero me quiero morir de verdad. ¿Cómo sigue mi vida ahora? ¿Vos te das
cuenta? La maté ¿entendés? ¡¡La maté yo!! Se murió ella y me tendría que haber
muerto yo…
- No, Juan
no seas injusto con vos mismo… vos no la mataste…
No le pudo
decir nada más. Repasó mentalmente la escena del momento en el que Juan le dijo
a Victoria que si no se animaba a tirarse en parapente con él no se casaban.
Ella tenía pánico, pero aceptó el desafío. Corrieron por la cima de la sierra,
ella con el arnés atado al de él… el parapente se abrió, empezaron a sobrevolar
el valle de Merlo, en el cordón serrano que separa San Luis de Córdoba. Javi
los seguía con el dron. De pronto los dos abrieron los brazos como si fueran
dos pájaros. Un ruido. Dos. “Trak”. “Trak, trak”… y en un microsegundo al arnés
de Victoria se soltó y cayó al vacío. Seiscientos cincuenta metros. Golpeó
contra los riscos de la sierra. Rodó. Se desangró. Todo quedó grabado en la
GoPro del dron. Los peritos usaron ese video para evaluar la responsabilidad de
cada uno.
Durante
seis meses, Juan vivió en “slow motion”. Todo lo que pasaba a su alrededor y
todo lo que hacía era como una película en cámara lenta. Hablaba despacio. Su
caminar se volvió cansino, despojado de ritmo y velocidad. Sus pensamientos se
hilvanaban con la velocidad de una tortuga.
Casi no
salía. Solo al jardín, de vez en cuando. Y cada vez era el mismo ritual.
Caminaba con la cabeza gacha mirando el camino de piedras en medio del parque.
Llegaba a la glorieta que estaba cerca del aljibe. Levantaba la cabeza y miraba
al cielo.
-
Tranquila, Vic… venís conmigo -balbuceaba. Y se quedaba no menos de hora y
media mirando fijo el suelo.
Las
sesiones de kinesiología permitieron que Juan volviera a caminar a los seis
meses. Analía, la kinesióloga, lo hacía hacer ejercicios, le hacía masajes, le
hablaba con dulzura como una amiga de toda la vida, lo escuchaba como un
psicóloga profesional, lo acariciaba como una enamorada acaricia al amor de su
vida.
- Ana me
tiene lástima -le dijo un día a Javier.
- ¿Pero vos
sos boludo? ¿Por qué decís eso?
- Me doy
cuenta por la mirada. Por su actitud…
- ¿Lástima
de qué?
- De que
soy un asesino exculpado por la falta de intencionalidad… y ella se da cuenta
de que mi vida es una mierda, y sin embargo está acá todos los martes, jueves y
sábados.
Juan perdió
su trabajo, su rutina y su familia. Y perdió a los amigos y a la familia de
Vic. Perdió la orientación de su vida.
A los pocos
meses el doctor Zavaleta, su médico de cabecera, le dijo que estaba físicamente
repuesto en un ciento por ciento. En tanto, la licenciada Arroyo, su psicóloga
lo derivó con Leticia Garrigós, una de las mejores psiquiatras del país.
Juan empezó
a pintar. Cubismo. Picasso, Braqué, Blanchard o Metzinger se hubieran sentido
unos iniciados si hubieran visto la producción pictórica de Juan.
Analía
seguía visitándolo los días de kinesio, pero además los domingos, lunes,
miércoles y viernes. En resumen, Ana iba todos los días a verlo.
Un día,
cuando volvía de su caminata errática a la glorieta. Javier lo atajó antes de
que volviera a entrar a la casa.
- Juan, ya
es hora de que te dejes de hinchar las pelotas. ¿Hasta cuándo vas a esperar
para decirle a Ana lo que sentís?
- ¿Que
siento de qué? -dijo él desconcertado.
- Que estás
enamorado, Juancho… que la pensás, que la sentís, que la extrañás…
- ¿Yo? ¿A
Analía? Nada que ver…
- Juan,
decíselo, salí de este encierro, cásate con ella, sé feliz, la puta madre…´
Juan se
quedó encerrado en sus pensamientos. Tal vez evaluando que Javi tuviera razón.
Pero había algo que todavía no le cerraba. Sentía que le faltaba algo por
hacer.
Javier se enteró que a la semana siguiente, Juan finalmente habló con Analía. Y se puso feliz por su amigo. Se merecía salir de tanto dolor.
Dos meses después lo llamaron de la clínica de rehabilitación para darle una
noticia inimaginable. Juan estaba encerrado en un altillo, con la puerta
encadenada. Pero esa no era la noticia inesperada. Lo que siguió fue
desconcertante… o no.
- Sí, señor
Javier… la encontramos en el fondo del aljibe…. Según nos dijo otro de los
pacientes, Juan le dijo que si si de verdad lo amaba, no podía decir que no, y entonces le dijo que si no se animaba a asomarse por el aljibe no se
casaban…
Analía
estaba muerta. Y Javier entendió que Juan decía
la verdad:
- La maté
¿entendés? ¡¡La maté yo!!

No hay comentarios:
Publicar un comentario