martes, 2 de julio de 2024

Juan era Juan

Le dio una palmadita en la espalda.

- Tranquilo, Juan… Tranquilo… Son cosas que pasan… -dijo utilizando la muletilla más inapropiada para un momento así.

- ¿Tranquilo? ¿Tranquilo me decís? No, Javi, estas cosas no pasan… me quiero morir… pero me quiero morir de verdad. ¿Cómo sigue mi vida ahora? ¿Vos te das cuenta? La maté ¿entendés? ¡¡La maté yo!! Se murió ella y me tendría que haber muerto yo…

- No, Juan no seas injusto con vos mismo… vos no la mataste…

No le pudo decir nada más. Repasó mentalmente la escena del momento en el que Juan le dijo a Victoria que si no se animaba a tirarse en parapente con él no se casaban. Ella tenía pánico, pero aceptó el desafío. Corrieron por la cima de la sierra, ella con el arnés atado al de él… el parapente se abrió, empezaron a sobrevolar el valle de Merlo, en el cordón serrano que separa San Luis de Córdoba. Javi los seguía con el dron. De pronto los dos abrieron los brazos como si fueran dos pájaros. Un ruido. Dos. “Trak”. “Trak, trak”… y en un microsegundo al arnés de Victoria se soltó y cayó al vacío. Seiscientos cincuenta metros. Golpeó contra los riscos de la sierra. Rodó. Se desangró. Todo quedó grabado en la GoPro del dron. Los peritos usaron ese video para evaluar la responsabilidad de cada uno.

Durante seis meses, Juan vivió en “slow motion”. Todo lo que pasaba a su alrededor y todo lo que hacía era como una película en cámara lenta. Hablaba despacio. Su caminar se volvió cansino, despojado de ritmo y velocidad. Sus pensamientos se hilvanaban con la velocidad de una tortuga.

Casi no salía. Solo al jardín, de vez en cuando. Y cada vez era el mismo ritual. Caminaba con la cabeza gacha mirando el camino de piedras en medio del parque. Llegaba a la glorieta que estaba cerca del aljibe. Levantaba la cabeza y miraba al cielo.

- Tranquila, Vic… venís conmigo -balbuceaba. Y se quedaba no menos de hora y media mirando fijo el suelo.

Las sesiones de kinesiología permitieron que Juan volviera a caminar a los seis meses. Analía, la kinesióloga, lo hacía hacer ejercicios, le hacía masajes, le hablaba con dulzura como una amiga de toda la vida, lo escuchaba como un psicóloga profesional, lo acariciaba como una enamorada acaricia al amor de su vida.

- Ana me tiene lástima -le dijo un día a Javier.

- ¿Pero vos sos boludo? ¿Por qué decís eso?

- Me doy cuenta por la mirada. Por su actitud…

- ¿Lástima de qué?

- De que soy un asesino exculpado por la falta de intencionalidad… y ella se da cuenta de que mi vida es una mierda, y sin embargo está acá todos los martes, jueves y sábados.

Juan perdió su trabajo, su rutina y su familia. Y perdió a los amigos y a la familia de Vic. Perdió la orientación de su vida.

A los pocos meses el doctor Zavaleta, su médico de cabecera, le dijo que estaba físicamente repuesto en un ciento por ciento. En tanto, la licenciada Arroyo, su psicóloga lo derivó con Leticia Garrigós, una de las mejores psiquiatras del país.

Juan empezó a pintar. Cubismo. Picasso, Braqué, Blanchard o Metzinger se hubieran sentido unos iniciados si hubieran visto la producción pictórica de Juan.

Analía seguía visitándolo los días de kinesio, pero además los domingos, lunes, miércoles y viernes. En resumen, Ana iba todos los días a verlo.

Un día, cuando volvía de su caminata errática a la glorieta. Javier lo atajó antes de que volviera a entrar a la casa.

- Juan, ya es hora de que te dejes de hinchar las pelotas. ¿Hasta cuándo vas a esperar para decirle a Ana lo que sentís?

- ¿Que siento de qué? -dijo él desconcertado.

- Que estás enamorado, Juancho… que la pensás, que la sentís, que la extrañás…

- ¿Yo? ¿A Analía? Nada que ver…

- Juan, decíselo, salí de este encierro, cásate con ella, sé feliz, la puta madre…´

Juan se quedó encerrado en sus pensamientos. Tal vez evaluando que Javi tuviera razón. Pero había algo que todavía no le cerraba. Sentía que le faltaba algo por hacer.

Javier se enteró que a la semana siguiente, Juan finalmente habló con Analía. Y se puso feliz por su amigo. Se merecía salir de tanto dolor.

Dos meses después lo llamaron de la clínica de rehabilitación para darle una noticia inimaginable. Juan estaba encerrado en un altillo, con la puerta encadenada. Pero esa no era la noticia inesperada. Lo que siguió fue desconcertante… o no.

- Sí, señor Javier… la encontramos en el fondo del aljibe…. Según nos dijo otro de los pacientes, Juan le dijo que si si de verdad lo amaba, no podía decir que no, y entonces le dijo que si no se animaba a asomarse por el aljibe no se casaban…

Analía estaba muerta. Y Javier entendió que Juan decía la verdad:

- La maté ¿entendés? ¡¡La maté yo!!

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Semáforo rojo

  Se puso la blusa de raso celeste inmediatamente después de abrocharse el corpiño. Subió el pantalón blanco con una mano, a los saltos mien...