martes, 2 de julio de 2024

Martillando la inocencia

¿Quién martilla con tanta intensidad a esta hora de la madrugada? ¿Quién está arreglando qué a las dos de la mañana? ¿Quién golpea tanto? ¿Y por qué tan parejito? ¿Por qué no termina nunca? Desde la 1.30 AM no puedo pegar un ojo porque escucho cómo del otro lado de la medianera viene un sonido intenso. Y casi cuarenta minutos después me percato de que el ritmo era parejo: Toc – Toc – Toc-toc – Toc - Toc – Toc-toc – Toc – Toc - Toc-toc… Y así vuelve a empezar mil veces.

Mi perra Pinky se impacienta. Empieza a ladrar desaforadamente con el hocico casi pegado a la pared y moviendo la cola frenéticamente. Los caniches no son muy aguerridos ni agresivos, pero cuando ladran hacen mucho ruido. Pinky corre de una pared a la otra, salta, gruñe. A esta altura, su ladrido es constante y persistente. Nunca imaginé que tuviera semejante resistencia para no parar de ladrar.

Ahora empiezo a escuchar los gritos ininteligibles de la viejita rusa (y cuando digo rusa, digo rusa de Rusia, nativa, con un manejo del español que llega a apenas el veinte por ciento de todo lo que habla) del octavo A, el departamento arriba del mío. Deduzco que está insultando en ruso, porque no entiendo lo que dice, pero lo que dice lo dice con el mismo tono que yo diría “¡¡¡¡Pará de golpear la reputa madre que te parió!!!!”, pero que no lo hago -todavía- porque quiero tratar de buscarle una explicación a semejante barullo. Entre Pinky, la rusa y el “toc-toc” generan un aturdimiento insoportable.

Pienso que tal vez darle de comer es una buena estrategia para que deje de ladrar, saltar y gruñir. Error. Le importa un rábano que yo agite su plato con comida fresquita. Siegue obsesionada por el ruido del otro la pared.

Voy hasta el baño, revuelvo los cajones en busca de algo para tapar mis oídos, encuentro un paquete casi entero de algodón Estrella que desconozco como llegó ahí, yo nunca compro, seguro que fue Ximena, mi última ex novia que odiaba los cotonetes para limpiarse las orejas y los separadores de dedos cuando se arreglaba las uñas de los pies. Y para todo usaba algodón. Al menos algo bueno antes de irse había hecho. Hice dos bollitos y los metí en mis orejas hasta que casi hicieran tope.

El ruido generalizado es tan ensordecedor que ni el algodón puede con él. Doy vueltas por mi cuarto pensando qué hacer, cómo solucionar esta situación insoportable. Me decido. Tengo que ir y tocar el timbre del séptimo A del edificio de al lado. No queda otra. Tengo que parar a ese energúmeno.

Me pongo el rompevientos encima de mi remera de dormir, las bermudas cargo y las crocs y encaro al ascensor con determinación. De repente el ruido para. Retrocedo puteando y vuelvo a la puerta de mi departamento. Cuando estoy entrando, otra vez: “Toc-toc, toc-toc-toc”.

-          ¡¡La reputísima madre!! -digo volviendo sobre mis pasos hacia el ascensor.

Bajo y ya desde el pasillo que da al palier del edificio noto que afuera, en la calle, hay un aglutinamiento de gente poco habitual para un miércoles a las 2.47 de la mañana. Salgo y trato de descifrar alguna de las siete conversaciones en paralelo. El denominador común es que nadie entiende qué pasa, todos están enfurecidos por no poder conciliar el sueño, todos protestan (sí, muchos putean muy groseramente) y, lo peor, es que nadie sabe quién está en el séptimo A, pero los martillazos siguen y siguen.

El departamento está desocupado hace cinco años cuando murió el dueño, un anciano de noventa y tres años que -dice la señora gorda del séptimo B que vive ahí hace veinte años- tenía la carpintería en la esquina del departamento, en la esquina de Ciudad de la Paz y Olleros. El viejo no tenía familia ni herederos conocidos. La carpintería y el departamento, no se abrían desde hacía 1.915 días… básicamente, desde que los del séptimo C le avisaron al portero (perdón, al encargado, porque como todos odia que le den el título de cuidapuertas cuando en realidad es el dueño de todos los movimientos del edificio y se encarga de transportar todos los chismes con sutileza… por eso es encargado y no portero) que un olor hediondo salía de esa puerta.

Llega la policía. La jueza civil que es amiga de la tipa del sexto A. El fiscal que interviene de oficio (no tan de oficio porque lo llamó el astrólogo del octavo B). Según intuyo la carátula de la causa (vamos, entre nosotros esto no amerita una causa) será “Ruidos molestos agravados por el vínculo”… el vínculo de vecinos, ponele.

- ¡¡¡Hay luz en el séptimo!!! -grita el gordo del quinto A que estaba parado con su mujer en la vereda de enfrente.

Todos cruzan corriendo a verificar la versión. Miran atónitos cómo se levanta la persiana. Se abre la puerta ventana. Una silueta encorvada se asoma al balcón. Muchos se restregan los ojos. La médica del quinto A achina la mirada para tratar de ajustar la visión. La sombra de esa figura extraña que se asoma al balcón porta un martillo en la mano. “Es el car… pin... tero” -dice entrecortada la señora con ruleros de no sé qué departamento. “Síiiiii… don Luis..” -afirma el encargado del edificio de al lado, desencajado, con los ojos como dos huevos fritos.

En eso vuelvo a mirar hacia arriba en el preciso instante, ante el grito generalizado de estupor y miedo, se ve caer pesadamente el cuerpo del carpintero. Los más valientes salen disparados a socorrer al hombre muerto hace cinco años y pico…

Cuando llegan a la vereda del edificio solo encuentran un mameluco azul. Y un martillo. Pero ni rastros del cuerpo. Y un bollo de papel. La jueza pide que todos se aparten. La policía hace una cadena humana alrededor. El fiscal se acerca. Pide un testigo. Me señala. Me acerco. Se agacha y levanta el bollo de papel. Lo abre lentamente pidiéndome que preste mucha atención. Lo despliega. Lee: “Feliz día, hijos de puta…”. Sí. Es 28 de diciembre.


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