martes, 2 de julio de 2024

Marcela

 




La vida es circular. Uno va y viene como dando vueltas, casi sin darse cuenta, pasando siempre por los mismos lugares. Lugares de repetición, lugares de elección, lugares de nostalgia, lugares de alegrías. Y también, lugares de amor.

Desde que cumplí los quince años mi vida dio tantas vueltas y por tantos lugares que es razonable que por momentos sienta esa sensación de mareo que te da la calesita después de la tercer ronda buscando atrapar la sortija.
Pero en todas las vueltas, en distintos momentos, apareció siempre la imagen de Marcela. O mejor dicho, la imagen que a mí me quedó de Marcela. Porque uno no se olvida así nomás de la primera novia. Y cuando hablo de novia, hablo de la que de verdad nos robó el corazón y no la necesidad de canalizar la libido. Es que, a esa edad, a veces uno se confunde. Pero en mi caso, estaba claro. Mi atracción por Marcela iba más allá del sexo. No me animaba a definirlo como amor, pero al fin y al cabo se le parecía mucho.

La cuestión es que finalmente fuimos noviecitos. Casi durante seis meses, que para mí en ese momento era como una eternidad. Porque a mis quince, aunque siempre fui un enamoradizo empedernido, me costaba mucho esa cosa de la continuidad, de ir a la matineé a encontrarte siempre con la misma piba. Habiendo tanta oferta y tanta testosterona suelta, como que abrojarte como una sanguijuela a una sola presa era un desperdicio. Por eso, mis “relaciones” duraban como mucho un mes… cuatro fines de semana yendo al boliche (a las seis de la tarde, ¡¡qué antigüedad!!) sin poder mirar ni encarar a otra minita era suficiente tortura. Si pasabas del mes, era algo muy parecido al amor. Sí, amor adolescente, pero amor al fin.

Bueno, imagínate seis meses… estabas engrampado hasta las muelas. Así que podría decirse, sin temor a equivocarse, que Marcela fue mi primer amor.

- Abuelo, Marcela es nombre de vieja- me dijo mi nieto mayor cuando le conté la historia con los recortes necesarios

- ¿Cómo de vieja? ¿Quién te dijo? - le pregunté.                                                      

- Sí, Abu… nadie de mis amigas se llama así…. Ni sus mamás… Así que debe ser un nombre de vieja…

Obvié la referencia etaria y seguí sumergido en mis pensamientos.

Con Marcela volvimos a encontrarnos a nuestros casi treinta. Ella a punto de recibirse de odontóloga, yo terminando mi segunda carrera terciaria gracias a la inmadurez y la indecisión que te da tener que elegir a los diecisiete años qué vas a ser y a hacer el resto de tu vida. En ese café icónico de Corrientes y Montevideo, pasamos cuatro horas charlando, riéndonos y compartiendo nostalgias de otros tiempos.

Ella estaba de novia hacía cuatro años con un arquitecto seis años mayor que ella. Estaban pensando en irse a vivir juntos, pero la familia de él era un poco tradicional y no estaba de acuerdo. Por eso él le propuso casamiento. Y ella le había dicho que sí, pero -me confesó- no se sentía del todo preparada para afrontar un matrimonio.

Yo también estaba de novio. Con Mariela, una estudiante de Sociología dos años menor que yo. “Al final, no cambiaste tanto…. Solamente una letra” - dijo ella antes de reírse con tanta naturalidad y sarcasmo que no pude reaccionar para evitar la simplificación de pensar que, de Marcela a los quince a Mariela a los treinta, por mi vida no habían pasado muchas otras mujeres. Mi perfil de donjuán acababa de quedar reducido a cenizas con esa sola frase.

Un rato después de ese incidente y varias risas después, nos despedimos bajo promesa de seguir en contacto sin importar que fuera de nuestras vidas.

La verdad es que eso nunca ocurrió. No seguimos en contacto, pero ella siguió presente en mi vida durante mi noviazgo con Mariela, mi concubinato fallido, mi relación con Karina, mi convivencia con Luciana, mi matrimonio con Valeria, mis dos hijos Celeste y Ramiro, mis dos amantes fugaces de las que ni siquiera recuerdo el nombre, durante la primaria de mis nietos, durante la secundaria fugaz seguida de sus relaciones libres e independientes (para mí inentendibles), durante mi jubilación y hasta en los viajes de “placer” por distintos lugares del país y del mundo. Marcela siempre, pero siempre, estaba presente en mis recuerdos, en mis deseos o en mis elucubraciones sobre “qué hubiera pasado si…” que nunca tenían una única respuesta.

Hoy, a mis ochenta y siete, sé que me quedan pocos cartuchos en esta pistola de la vida. Por eso, con la ayuda de Ramiro, empecé a rastrear a Marcela, para saber si todavía estaba viva, si tenía una familia, un hogar… Ramiro buscó en Instagram… nada… ninguna de las combinaciones de búsqueda nos llevó a Marcela. Buscó en Google. Tampoco… “Hay mil, abuelo, es imposible”. Buscó en Facebook. Tampoco. Instagram. Menos.

- ¿Y si buscás en la guía?

- ¿Qué guía, Abu?

- En la guía telefónica…

Me miró como si estuviera hablando en sánscrito. Y le expliqué que hasta no hace mucho te llegaban unos libracos con los listados de teléfonos de todos los que tuvieran una línea registrada a su nombre.

- Abu, eso no existe más… ahora tenés Telexplorer para eso.

- Y bueno… dale… buscá ahí… -dije entusiasmado…

Ramiro buscó. Y encontró. Marcela Konz, vive en Yerbal 1117 4to A. Teléfono 3274-3589.

Llamé. Sonó siete veces. Una voz de mujer atendió:

- ¿Sí? Diga…

El timbre de voz era inconfundible. Era ella. Era Marcela. El amor de mi vida. Sesenta años después. Me temblaban las piernas, las manos, las cejas… Corté. Respiré profundo. Sentí paz y alegría al mismo tiempo. Ella estaba viva. Y la dulzura de su voz seguía intacta. Ramiro me miró y me dijo:

- Abu… se te ve feliz… no entiendo… ¿por qué no seguiste hablando?

No hacía falta. Ya podía morir en paz. Ella estaba viva, pero viva de verdad. Lo demás no importaba.

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