miércoles, 8 de abril de 2020

Lomo al champiñón



Un lomo pequeño. Un cuarto kilo de champiñones. Medio kilo de papas. Una cebolla blanca. Un plantín de cebollita de verdeo. Crema. Doscientos gramos de jamón cocido. Cuarenta gramos de manteca. Un diente de ajo. Pimienta negra. Sal. Una pizca de cúrcuma, orégano y el secreto del cocinero: nigella sativa, o “negrilla”, un condimento que había comprado en el paseo por el Bazar de las Especias de Estambul ideal para sazonar carnes.

Él es buen cocinero. Le gusta todo el ritual de preparar los ingredientes: limpiar la carne, cortar las papas, cortar la cebolla blanca en rodajas finitas, picar el verdeo, separar las fetas de jamón y cortarlas en lonjas parejas, dejar todas las especias listas y a mano para el momento de agregarlas. Es que él no tiene a su ayudante que le acerque los elementos, le retire los cacharros usados y le limpie la mesada. Disfruta de cada paso, del momento de agregar cada componente del plato que prepara. Eso sí, siempre todo el proceso está acompañado de una copa de buen tinto.

Cocinar para él es homenajear. No es de los que te hace una milanesa con puré chef o unos fideos con manteca o una hamburguesa al horno. No, el tipo te cocina de verdad. Hasta para él solo se cocina bien. Pero si es para compartir, le pone más esmero, más pasión, cuida todo los detalles. Se odia cuando se le pasó un poco el punto de la carne, o si se le fue la mano en la sal o en la pimienta. Nunca el excedente es exagerado, pero una pizca de más hace la sutil diferencia de que la huella en el paladar y el registro en los sabores pasen de un “riquísimo” a un “un poquito picante”. Y eso que a él le gusta el picante. Pero sabe que cuando es demasiado tapa todo lo demás. Y eso hace inútil todo el esfuerzo y la dedicación previos.

Lo ideal es que siempre acompañe la música. Él es muy ecléctico. Escucha de todo. Es básicamente melómano. Pero cuando de cocinar se trata, mayormente, la compañía son los playlist de Spotify de música tranqui, la que sea, pero tranqui. Depende del día, de la hora, de su estado de ánimo y, principalmente, de quien se vaya a sentar a la mesa.

Esa noche era especial. El reencuentro con una vieja “amiga” de su adolescencia. “Amiga”, así entre comillas, es una buena forma de llamar a quien fue amiga porque no quiso ser otra cosa. Unos días atrás, la magia que significó Facebook los cruzó por casualidad en el perfil de un amigo en común. Él le mandó un mensaje privado: “Silvana… ¿sos vos? ¿sos la misma Silvana que egresó del Normal 7?¿sos la misma que fue abanderada? Tal vez te acuerdes de mí…. Qué lindo saber de vos…”. Ella que cómo no se iba a acordar, que sí, que era ella, que jajajaja qué loco, tantos años, que qué era de su vida. Él que se había casado y se divorció, pero sin hijos. Ella que también, pero que dos hijas, y el tipo se tomó el palo, pero que las crió sola y todo bien. Él que dónde vivís, ella que en Parque Saavedra, él que en Palermo, pero que laburaba en Nuñez. Ella que se recibió de Licenciada en Letras pero era administrativa en un laboratorio, él que arquitecto, con mucho laburo, pero que odiaba lo que hacía. Los dos que la música, que los gustos en común de la adolescencia. Él que che, tenemos que vernos. Ella que sí, que buenísimo. Él que te paso mi celular, agendame y cuando quieras mándame un WhatsApp. Ella que sí, que ya mismo. Él que hagamos una cosa, así nos ponemos al día después de tantos años, que si no te parece mal te invito a cenar, pero cocino yo, me encanta la cocina. Ella que ¡dale!, que odia la cocina, que el jueves o el viernes puede y él que listo, que el jueves venite, después coordinamos por mensajes.

Estuvo cuatro días emocionado, entusiasmado, pensando en el menú, en que no faltara nada. En qué se iba a poner. En que por ahí, quién te dice, sale algo bueno.

Preparó todo, puso la mesa de manera impecable, tenía todo listo para homenajear a Silvana con el mejor lomo al champiñón con papas a la crema que jamás hubiera comido. Puso en la cava el blend de Malbec y Cabernet Franc de 85 dólares que le regaló su amigo dueño de una bodega de exportación para que estuviera en la temperatura justa.

Ella llegó, impecable, esbelta. Se dieron un beso en la mejilla, se abrazaron largo, se rieron y dijeron el típico “Estás igual” de compromiso. Mientras él desplegaba todas sus habilidades de anfitrión, comieron la picada sutil con un blanco espumante suave como los que a ella le gustaban. No le dijo nada del menú para que fuera una sorpresa. Se sentaron en el living y empezaron a hablar. Mejor dicho, empezó a hablar ella. De política. Sin parar. Él quiso cambiar de tema. Y ella seguía despotricando contra el gobierno de turno, contándole que militaba en una agrupación de base de la oposición. Entonces él, con el tacto que lo caracterizaba, la sacó de la política con un inteligente “Bueno, Sil, contame de vos, de tu vida… muero por saber cómo llegaste hasta acá”. Error. Ella empezó a contarle que cuando terminaron la secundaria empezó a salir de novia con un abogado cinco años mayor que ella… y le relató casi minuto a minuto toda la relación con el tal Augusto, las peleas, los viajes, el nacimiento de las hijas, el sexo, que a él le gustaban los tríos, que se mataban, que la suegra era insoportable, pero la cuñada más yegua, y que nacieron las mellizas, y que los pañales, que la papilla, que la varicela de cada una, que él se cansó porque no cogían y que no podía llevar otra mina a la casa para que siguieran con los tríos, que la primaria, el egreso de las nenas, con detalle de todos los actos y las lágrimas en cada uno...

Él, que estaba en silencio, entró como en trance, hastiado de la verborragia hueca de Silvana. Pensó que todavía le faltaba la secundaria de las nenas y sus historias con tipos, y más de su militancia política, de su odio por los judíos, de su rechazo por la gente en situación de calle que si está ahí es porque quiere, de sus carcajadas guarangas.

- Bancame un minuto - le dijo.

Fue a la cocina, apagó el horno sabiendo que ya el lomo se había pasado de su punto hacía rato. Volvió al living con un suéter en la mano.

- Che, con la emoción del reencuentro y lo entretenido de la charla me olvidé de decirte… ¿podés creer que ayer encontraron una pérdida en la entrada de gas al departamento y me lo cortaron? Una cagada… Así que vamos yendo, que acá a la vuelta hay una pizzería que hacen una de cebolla y queso que es un infierno…

Fue la cena más larga y aburrida de su vida. No pidió ni postre. A la media hora, con la pizza a medio comer miró el reloj, que qué tarde se hizo, que mañana madrugo porque tengo que supervisar una obra, que sí, un embole, que che, que gustazo haberte reencontrado, que ¿te pido un Uber?, que pucha cómo tarda, que dale, te llamo y otro día cuando tenga gas te hago una rica comida ¿dale?, que avisame cuando llegues así me quedo tranquilo.

Nunca más la volvió a ver.

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