miércoles, 8 de abril de 2020

Lentos




Se acordó de esa noche en la que estaba con Joaquín y Luciano en el boliche. Viernes era. Bah, sábado ya. Eran las cuatro y cuarto. En la pista empezó a sonar el teclado de Roger Hodgson. Los primeros acordes de “In Jeopardy” eran la señal indicada. De ahí, directo a los lentos. Entonces, como buitres desesperados, todos los “sueltos”, los que no estaban bailando, salían como Carl Lewis a recorrer el boliche a conseguir partenaire para bailar. Era el momento de salir a buscar a esa a la que ya habían fichado prolijamente, con aires seductores y de galanes ignotos. O no, o como decía un amigo… “después de las cuatro, si es mujer, mejor” y agarraba al primer bagarto que se le cruzaba con tal de bailar lentos.

En simultáneo, un tercio de las parejas que estaban bailando “movido” salían apenas empezaban a bajar las luces. Era un clásico. Las que rajaban de la pista porque se reservaban para “otro”. Las tímidas que no querían que ningún muchachote las hiciera pasar un mal momento. Las que habían salido a la pista para darle celos o mostrarse con otro ante el príncipe de sus sueños. Porque, señoras y señores, un hombre nunca dejaba la pista antes de los lentos. Era casi una cuestión de honor. Esa decisión quedaba en manos de las señoritas… y en ese caso, había que tratar de pasar desapercibido, bajar el perfil, tratar de que nadie fuera testigo del papelón, y una vez repuesto del golpe bajo de la minita que te dejaba de garpe justo cuando arrancaba lo más interesante, había que afilar las garras y salir en tiempo de descuento a ver si enganchabas algo como la gente.

Al mismo tiempo, en sentido contrario iban los que entraban con el bagre que encontraron o con la diosa que habían marcado toda la noche… o con una amiga de esas con las que tenés toda la confianza, y siempre estás al límite de mandarte el moco de querer chantarle un beso. O con la noviecita de turno, que era un poco más aburrido, pero era bailar lentos al fin.

Como no podía ser de otra manera la tanda de lentos arrancó con el saxo de “Careless whisper”, de Wham!. Él ya había pasado dos veces delante del grupito de chicas que estaban a la salida del túnel que desembocaba en la escalera que llevaba a los reservados. “Reservados”, como si alguien de los cientos de chicos y chicas que estaban en el boliche se hubieran asegurado un lugar para estar ahí, sentados, en la parte oscura, en esos sillones de tela gastada que la oscuridad disimulaba con mesitas ratonas que solo se usaban para apoyar los pies en pose canchera, o para apoyar el trago que venían portando desde la pista.

Las dos veces que pasó, la miró lo más fijo que pudo. Las dos veces, ella se dio cuenta, y mantuvo la mirada unos segundos y se hizo la distraída haciendo como que miraba a otros lados o riéndose con sus amigas de vaya a saber qué. Lo miró lo suficiente como para verlo pero no tanto para que él estuviera seguro de que lo había visto.

“La tercera es la vencida” se dijo. Y encaró para donde estaba la rubia. Se abrió paso entre las amigas, la miró, le guiñó un ojo y le tendió la mano. No le gustaba lo que hacía su amigo Joaquín, que directamente les agarraba la mano y si la mina no quería el tironeaba y empezaba un forcejeo ridículo.

“Dale, boludo… sos un cagón al final” le dijo Joaco. “Agarrala y llevala para la pista y listo. Una vez que estás ahí te la apretás bien contra el bulto y le decís ‘No hagás bardo, nena, que va a ser peor para los dos’ y listo… en cuanto se descuida te la chapás, y capaz que hasta la llevás a los reservados y la podés manosear un poco”.

El prefería el ridículo de tener que darse vuelta y hacerse el boludo antes que hacer el papelón de tironear a una chica de esa manera. Luciano medio como que también aunque en general nunca se animaba ni siquiera a arrimarse a la minita. Joaco no, Joaco tenía que hacer lo que él quería.

Esa noche se acordó de aquella noche. Fue cuando Luciano lo llamó y le dijo: “Dani, no sabés… te caés de culo, no lo vas a poder creer… Lo metieron en cana a Joaco… Femicidio, dicen… Se lo llevaron de la casa hace un rato. Encontraron a la mujer hecha hilachas… Se llevaban como el culo, ¿viste? Pero hace mil… Bueno, resulta que ahora ella le dijo que se quería separar, y el no quería… Y viste como es Joaco, que si el no quiere, no quiere… Ella le insistió y se calentó, parece… La cagó cortando con una cuchilla por todos lados… Dicen que se desangró. Una muerte lenta… No se puede creer, boludo…”.

Daniel sí lo podía creer. Es más… hacía años que esperaba que Joaco terminara así. Lo que no podía creer es no haber hecho nada antes, en la época de los lentos. Pero ya era tarde. 

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