Él estaba
sentado en el sillón de chenille negro y suave. Ella puso el pendrive que
llevaba en su cartera en el equipo de audio. Seleccionó la carpeta que había
preparado: Diana Krall, Norah Jones, Lindsey Webster. Smooth Jazz del bueno.
Nada de música romántica barata o covers instrumentales típicos de telos de mala
muerte.
Caminó
hasta él atravesando el living minimalista con muebles modernos en metal y
madera opaca. Se acercó lenta y sugerentemente mirándolo fijo. Contoneando su
cintura, con un andar sensual pero delicado. Nada que pudiera confundirse con
esos movimientos grotescos de una bailarina de cabarute de mala muerte. No, ella
era otra cosa. Era más ‘Cincuenta sombras de Grey’ que ‘Nueve semanas y media’.
Se paró apenas a un centímetro de sus rodillas, sin tocarlo.
Mientras
todavía la bata de raso blanca se acomodaba al dibujo de sus piernas, empezó a
desabrocharle los botones de la camisa blanca. Despacio, uno por uno, rozándole
disimuladamente los bellos del pecho. Llegó hasta el pantalón y se detuvo. Dio
dos pasos para atrás. Tomó la botella de champagne que prolijamente había
puesto en la frappera con hielo y agua, tapada por una servilleta blanca de
satén. Sirvió las dos copas burbujeantes y se fue a apagar la luz de la araña
medieval que pendía del techo. Volvió hacia el sillón, le dio una copa a él y
dejó la otra en la mesa redonda que estaba al lado, con esa lámpara de luz
tenue.
“When I look in your eyes, I see the wisdom of the world in
your eyes” cantaba Diana Krall y ella lo susurró mirándolo a los ojos. Él sintió cómo se le aceleraban
lentamente las pulsaciones. No sabía qué, pero lo que fuera a pasar era
maravillosamente excitante. Ella, con displicencia, pero con firmeza,
desabrochó el primer botón de su blusa, y dejó que casi por casualidad asomara
la voluptuosidad de sus pechos contenidos por ese brassier con puntillas,
dejando el principio del seno al descubierto. A él le encantaba esa sutileza
con la que ella se movía, en silencio, sugerente, sensual, atrapante.
Ella acercó
su cara a la de él sin tocarlo, sin rozarlo siquiera. Sus narices estaban
separadas por una distancia imperceptible. Podían sentir su respiración, su
aliento, vibrar con sus miradas penetrantes de deseo contenido.
“In your eyes, I see the deepness of the sea, I see the
deepness of the love…”. Ella
generaba el clima, él acompañaba. No sabía si esperar un arrebato en el que
ella le desprendía el pantalón, y dejaba asomar su sexo en estado puro y duro,
llevarlo casi con violencia al cuarto y disparar una batería de recursos
eróticos que él ni se imaginaba. O si ella iba a seguir con esos juegos de
seducción lentamente para llegar sin prisa a un estado de excitación supremo,
proponerle otros juegos, con los complementos que ella tan bien manejaba. Un
dildo con vibraciones variables que solía utilizar para autosatisfacerse como
parte del momento de éxtasis en el que sus cuerpos vibraban y se unían con
besos, caricias, respiraciones agitadas y manos que recorrían sus entrepiernas
mientras deseaban llegar al momento en el que él abriera sus piernas para
sentir el calor húmedo en los labios de su vagina, lubricada, deseosa,
caliente, esperando que él la penetrara con sabiduría, paciencia y mucha pasión
hasta ver cómo su cuerpo se retorcía de placer.
De repente,
del cajón diminuto de la mesa redonda en la que estaba la lámpara ella sacó un
pañuelo de seda negro. Eso no se lo esperaba. Sin dudas, sabía -lo había visto,
y hasta alguna vez lo había experimentado- era un recurso habitual en muchas
parejas. Algo así como el “gallo ciego” pero del sexo.
Ella dobló
el pañuelo con extrema calma, con suavidad, con sensualidad indescriptible,
hasta dejar una larga tira de unos diez centímetros de ancho. Él esbozó una
sonrisa y ella colocó el dedo índice sobre su boca, y a él se le vino la imagen
de esa enfermera de hospital que pide implícitamente silencio. O que en
silencio pide complicidad. Él entendió el código. Ella apoyó la mano en la que
sostenía el pañuelo sobre sus párpados y él, obediente, los cerró. Después
sintió cómo ella colocaba el pañuelo en tira sobre sus ojos, rodeó su cabeza y
anudó el pañuelo detrás de su nuca. La respiración se aceleraba. Diana Krall
dio paso a Norah Jones, él no reconocía el tema pero la melodía le pareció
encantadora en el más amplio sentido del término. Lo encantó, lo subyugó, lo
entregó por completo.
Ella tomó
la mano derecha de él y la puso suavemente sobre su pecho izquierdo. La apretó,
la frotó. Al mismo tiempo notó que su otra mano, la de ella, se apoyaba sobre
el cinturón de su pantalón de gabardina azul. Lo desprendió. Lo aflojó. Y metió
su mano lentamente hasta encontrar su miembro que a esa altura bombeaba sangre
con fuerza, tanta fuerza que la erección era indisimulable.
Ella dejó
la mano de él frotando sus pechos y pasó la suya detrás de la nuca de él. Lo
acercó hasta su entrepierna. Él notó que detrás de la bata de raso ya no había
nada más que la piel de ella, su pubis, la calidez húmeda de su vulva al
descubierto. La excitación fue en aumento. La respiración se aceleraba.
Él comenzó
a jugar con su lengua en la piel desnuda y depilada de la ingle de ella. Ella
lo masturbaba sin pudor, con fuerza, con pasión. Y gemía, una y otra vez. Mientras
él lamía los labios, el clítoris, y movía frenéticamente la lengua una y otra
vez.
Entonces
ella lo sacó de golpe. Lo recostó sobre el respaldo del sillón marrón. Él quedó
excitado, sintiendo que el corazón le explotaba con cada latido, con cada pulsación.
Se preguntaba qué seguía, cómo seguía todo ahora.
Sintió un
pinchazo frío en su pecho. Como si ella hubiera tomado un hielo enorme y lo
hubiera colocado en su pectoral izquierdo. Sintió algo así como una ebullición
de placer que lo desvanecía, que se mareaba, que la puntada de frío de repente
se envolvía en una catarata de líquido caliente sobre su pecho, que bajaba por
el abdomen, que llegaba a su vientre, que llegaba a la entrepierna.
Atinó a
poner su mano en el pecho y notó que algo no andaba bien. Ahí donde sentía la
puntada en su pecho, detectó una hoja gélida de metal, un mango, un puñal… No
entendía qué pasaba, estaba confundido, más mareado, perdiendo fuerzas, con un
dolor agudo en su pecho que lo obligó a emitir un gemido, más que gemido un
grito, un grito de dolor, de desconierto…
Se sentía
morir. De hecho, se estaba muriendo. Finalmente, se murió. Pero antes procesó
la única y última frase que salió de boca de ella antes de cerrar por última
vez sus ojos:
- ¿Viste,
hijo de mil putas? Algo así es lo que se siente cuando te enterás de que tu
novio estuvo con otra… aprendé, por única y última vez, aprendé que con Selene
no se jode…
Ramiro
murió pocos segundos después. Selene terminó presa. “La otra” era Mariela, una
compañera de trabajo de Ramiro con la que Ramiro nunca “estuvo”. Ni se acostó.
Ni le dio un beso. Ni nada. La imaginación de Selene pudo más que la realidad.
Cuando la policía científica analizó la escena del crimen no podía entender qué
sentido tenía la cajita roja con dos alianzas que encontraron en la mesita de
luz del cuarto de Ramiro. Es que Ramiro nunca llegó a decile a Selene que esa
noche, la noche del satény el champagne, él le iba a proponer compromiso y a
fijar la fecha de la boda. Nunca nadie lo supo. Y todo trascendió como un
crimen pasional que nunca fue. Porque a veces, lo que parece no es. Y lo que
es, no parece.

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