Dicen que
viajando se fortalece el corazón… Viajar es un placer sublime. Soy de esos que
piensa que el dinero invertido en viajes es el dinero mejor invertido. Cuando
pude, lo hice. A donde fuera. La mayoría de las veces, el “paseo”, era
consecuencia de algún viaje por trabajo. Pero aunque fuera a toda velocidad,
siempre trataba de recorrer lo máximo posible o al menos los lugares icónicos.
Antes,
cuando era más joven, en mis veintipico, viaje a unos cuantos lugares de la
Argentina para alguna cobertura periodística de la radio o la televisión. En
esos viajes uno no tiene tiempo de pasear. No tenés horarios. Llegás y tenés
que aprovechar cada segundo para llamar gente, contactos, buscar fuentes,
recorrer el lugar donde vas a hacer la nota para ver los encuadres, la luz, el
paisaje o el edificio. Llegás, armas, hacés la nota, hablás en off, buscás otra
punta para investigar u otro testimonio para sumar. Así que de mis viajes a
Tucumán, Zapala, Mendoza, General Roca, Neuquén, Victoria, San Pedro, General
Pico, San Martín de los Andes, Villa Gesel, San Antonio de Areco y tantos otros
lugares solo tengo recuerdos de los hoteles o albergues donde nos tocaba parar,
y algún que otro paraje o barrio donde nos tocaba hacer las notas. Y el camino
de ida y vuelta al aeropuerto, o al local de alquiler de autos.
Más
adelante, ya no por motivos periodísticos y por ende con más margen para
recorrer lugares, comenzaron mis primeros viajes al exterior: Miami, México DF,
Porto Alegre, Montevideo, Guayaquil, Madrid, Barcelona, Londres… Y varios años
después, la vida me permitió conocer varias ciudades maravillosas de Europa:
Lisboa, Mónaco, Estambul, Praga, Amsterdam, y varias más.
Hoy tengo
la imagen vívida de esos lugares. Las sensaciones que me generaba cada sitio,
cada construcción, cada “foto” grabada en mi retina y en mis oídos de la gente
de esos lugares. Mirar el cadalso de Ana Bolena y pensar que un pedazo de
historia estaba frente a mis ojos. Observar la Torre del Oro en Sevilla, donde
los españoles guardaban las riquezas que se llevaban de América. La Alhambra,
recorrida por miles de personas alucinadas por el contraste de la arquitectura
y la decoración árabe, minimalista, en yeso, con un trabajo manual de
construcción y de tallado de los motivos en las paredes, las columnas y los
dinteles, contrapuesto con el lujo bañado en oro de las épocas del
cristianismo. La Plaza Mayor de Madrid, sede del mercado de abasto transformado
en el proyecto de residencia de la Corte que comenzó Felipe II en mil
quinientos y pico, se empezó a construir casi 60 años después y pasó por tres
incendios. O recorrer la Torre de Londres, donde Enrique III, ateo confeso,
tenía una sala con un altar y una cruz porque, aunque no creía en Dios, en
épocas de guerra o desastres naturales se arrodillaba a rezar, aunque no tenía
la más pálida idea de cómo hacerlo. Y yo ahí, mirando esos lugares, tocando
esas piedras, recorriendo esos pasillos.
Podría
seguir, pero más allá de que el resultado obvio era que se me erizara la piel
de solo pensarlo, lo que siempre me llamaba la atención eran los miles y miles
de turistas que cada día recorrían esos lugares.
Cuando hace
unos años comenzó la serie de atentados terroristas, no hablemos de las Torres
Gemelas, que fue una masacre en sí misma, la visión que muchos tenían de
“viajar” empezó a cambiar de contenido y de sentido. Recordemos los atentados
con bombas en la estación Atocha de Madrid en 2004. La toma de rehenes en una
escuela rusa de Osetia que terminó con 370 muertos (171 chiquitos). Las
explosiones en el metro de Londres en 2005. La matanza de la maratón de Boston
en 2013. O los ataques en las calles de París en 2015 y en metro de Bruselas en
2016. El tiroteo en la disco de Estambul en 2017. El auto que arrolló peatones
en el Palacio de Westminster ese mismo año, igual que la furgoneta que recorrió
La Rambla en Barcelona o el que hizo lo mismo en Times Square en 2018 y otra
camioneta que arrasó una concentración de festejo de fin de año en Tokio...
Hubo más, muchísimos más atentados, que nos llenaron de miedo. Quizás logrando
el objetivo de los terroristas, pero muchos lo pensaron dos veces antes de
planificar un viaje, porque lo que es “el dinero mejor invertido” podía
convertirse en segundos en una tragedia.
Lo que
nadie podía imaginar nunca era la resignificación que podía tener el hecho -y
el acto- de viajar en marzo de 2020. He visto fotos de Venecia con góndolas vacías
y varadas en medio del agua cristalina de los canales, de la esquina Picadilly
Circus solo llena de luces resplandecientes que no se reflejan sobre ningún
alma humana, la zona roja de Amsterdam que parece un cuadro del Sahara con
calles y luces coloradas, la rambla de Barcelona en la que solo pasean algún
que otro envoltorio de papel celofán de galletitas Traviata, el mercado de las
especies de Estambul en un silencio sepulcral impensado para el que alguna vez
lo transitó escuchando los gritos ensordecedores de los vendedores turcos, la
entrada a El Corte Inglés en la Puerta del Sol simulando un páramo de la puna
de Atacama, las cataratas del Iguazú más verdes y sonoras que nunca en las que
los pájaros se aburren de cruzarse entre ellos, las autopistas de Miami
simulando un juego de Escalectric con no más de 2 autos por carril (alguien de
menos de 40 dificulto que sepa de que estoy hablando), la entrada al Circus
Circus de Las Vegas como el último campamento antes de hacer cumbre en el
Everest, las calles de New York muy parecidas a las de mi querido Trelew un
domingo de verano a las 2 de la tarde (NdR: imposible cruzarse con más de dos
personas en un radio de cinco cuadras a la redonda en el término de dos horas),
las calles de acceso al barrio Pablo Escobar de Medellín como si fuera una
manifestación de nazis en Israel (imaginen no más de 4 personas)… y puedo
seguir enumerando.
Lo cierto
es que hoy, 30 de marzo de 2020, viajar es la peor inversión posible. Salvo que
se trate de una misión suicida o de alguien que tenga ganas de pasar unos
cuantos meses o años en una celda. Esto que nos pasa es, sin dudas, una lección
que debemos aprender. Por un lado, porque -casi al mismo punto que pasa con la
muerte- nos iguala a todos. Porque todos somos posibles víctimas de un
microscópico virus que puede dejarnos olfateando margaritas tres metros bajo
tierra, pero sin nadie que despida nuestros restos. Porque el planeta está
respirando de millones de metros cúbicos de smog, dióxido de carbono, polución
y gases que provocan el efecto invernadero. Porque esta cuarentena no tiene
ideología ni religión ni color de piel. Alguno podrá decir que, sin tener en
cuenta mi característica de personalidad netamente optimista, estoy desvariando
o que el encierro está haciendo destrozos sobre mi hipotálamo. Pero dentro de lo
desastrozo de las consecuencias de esta pandemia, no puedo dejar de ver la
cantidad inmensa de mensajes positivos que nos deja.
El
coronavirus nos va a transformar de una manera inédita. Nos va a hacer
revalorizar las reuniones en familia, el café con los amigos, los asados con
colegas, las salidas al teatro o al cine, los paseos de shopping, los juegos de
mesa con los hijos, las charlas cara a cara. Vamos a descubrir, o mejor dicho a
ratificar lo que la inteligencia artificial, el big data, la realidad virtual y
la predicción de conductas nos están anunciando hace un par de años: hay otra
forma de trabajar, hay otros ritmos, hay otra forma de resolver las cosas, hay
procesos nuevos que nos pueden hacer la vida más fácil. Todo lo que pasa va a
hacer que los Estados replanteen los porcentajes de inversión de sus
presupuestos: resulta que las armas, los misiles y los aviones
ultrasuperplushipersónicos, son totalmente inútiles ante un bichito
insignificante que nos está gritando que la ciencia tiene que ir para otro
lado. Y como si fuera poco, el planeta nos va a explicar que necesita respirar,
que dejemos de exigirle respuestas y de juzgarlo por sus reacciones (tsunamis,
terremotos, maremotos, sequías, inundaciones, incendios forestales, plagas y
pandemias) cuando en realidad, somos los únicos responsables de todo. Pero
fundamentalmente, de los desastres naturales.
Amigos,
quiero volver a abrazar y a besar a mucha gente. Quiero volver a sentir la
libertad de moverme sin miedo. Quiero que todos nos miremos a los ojos y
entendamos que “no somos nada”. Quiero volver a sentir que viajar es la mejor
inversión. Quiero que París, Zagreb, Moscú, El Cairo, Atenas, Damasco o las
Islas Fidji vuelvan a ser una elección posible en mi futuro.
Quiero viajar.
Solo eso y todo eso. Viajar.

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