miércoles, 8 de abril de 2020

Viajar




Dicen que viajando se fortalece el corazón… Viajar es un placer sublime. Soy de esos que piensa que el dinero invertido en viajes es el dinero mejor invertido. Cuando pude, lo hice. A donde fuera. La mayoría de las veces, el “paseo”, era consecuencia de algún viaje por trabajo. Pero aunque fuera a toda velocidad, siempre trataba de recorrer lo máximo posible o al menos los lugares icónicos.

Antes, cuando era más joven, en mis veintipico, viaje a unos cuantos lugares de la Argentina para alguna cobertura periodística de la radio o la televisión. En esos viajes uno no tiene tiempo de pasear. No tenés horarios. Llegás y tenés que aprovechar cada segundo para llamar gente, contactos, buscar fuentes, recorrer el lugar donde vas a hacer la nota para ver los encuadres, la luz, el paisaje o el edificio. Llegás, armas, hacés la nota, hablás en off, buscás otra punta para investigar u otro testimonio para sumar. Así que de mis viajes a Tucumán, Zapala, Mendoza, General Roca, Neuquén, Victoria, San Pedro, General Pico, San Martín de los Andes, Villa Gesel, San Antonio de Areco y tantos otros lugares solo tengo recuerdos de los hoteles o albergues donde nos tocaba parar, y algún que otro paraje o barrio donde nos tocaba hacer las notas. Y el camino de ida y vuelta al aeropuerto, o al local de alquiler de autos.

Más adelante, ya no por motivos periodísticos y por ende con más margen para recorrer lugares, comenzaron mis primeros viajes al exterior: Miami, México DF, Porto Alegre, Montevideo, Guayaquil, Madrid, Barcelona, Londres… Y varios años después, la vida me permitió conocer varias ciudades maravillosas de Europa: Lisboa, Mónaco, Estambul, Praga, Amsterdam, y varias más.
Hoy tengo la imagen vívida de esos lugares. Las sensaciones que me generaba cada sitio, cada construcción, cada “foto” grabada en mi retina y en mis oídos de la gente de esos lugares. Mirar el cadalso de Ana Bolena y pensar que un pedazo de historia estaba frente a mis ojos. Observar la Torre del Oro en Sevilla, donde los españoles guardaban las riquezas que se llevaban de América. La Alhambra, recorrida por miles de personas alucinadas por el contraste de la arquitectura y la decoración árabe, minimalista, en yeso, con un trabajo manual de construcción y de tallado de los motivos en las paredes, las columnas y los dinteles, contrapuesto con el lujo bañado en oro de las épocas del cristianismo. La Plaza Mayor de Madrid, sede del mercado de abasto transformado en el proyecto de residencia de la Corte que comenzó Felipe II en mil quinientos y pico, se empezó a construir casi 60 años después y pasó por tres incendios. O recorrer la Torre de Londres, donde Enrique III, ateo confeso, tenía una sala con un altar y una cruz porque, aunque no creía en Dios, en épocas de guerra o desastres naturales se arrodillaba a rezar, aunque no tenía la más pálida idea de cómo hacerlo. Y yo ahí, mirando esos lugares, tocando esas piedras, recorriendo esos pasillos.
Podría seguir, pero más allá de que el resultado obvio era que se me erizara la piel de solo pensarlo, lo que siempre me llamaba la atención eran los miles y miles de turistas que cada día recorrían esos lugares.

Cuando hace unos años comenzó la serie de atentados terroristas, no hablemos de las Torres Gemelas, que fue una masacre en sí misma, la visión que muchos tenían de “viajar” empezó a cambiar de contenido y de sentido. Recordemos los atentados con bombas en la estación Atocha de Madrid en 2004. La toma de rehenes en una escuela rusa de Osetia que terminó con 370 muertos (171 chiquitos). Las explosiones en el metro de Londres en 2005. La matanza de la maratón de Boston en 2013. O los ataques en las calles de París en 2015 y en metro de Bruselas en 2016. El tiroteo en la disco de Estambul en 2017. El auto que arrolló peatones en el Palacio de Westminster ese mismo año, igual que la furgoneta que recorrió La Rambla en Barcelona o el que hizo lo mismo en Times Square en 2018 y otra camioneta que arrasó una concentración de festejo de fin de año en Tokio... Hubo más, muchísimos más atentados, que nos llenaron de miedo. Quizás logrando el objetivo de los terroristas, pero muchos lo pensaron dos veces antes de planificar un viaje, porque lo que es “el dinero mejor invertido” podía convertirse en segundos en una tragedia.

Lo que nadie podía imaginar nunca era la resignificación que podía tener el hecho -y el acto- de viajar en marzo de 2020. He visto fotos de Venecia con góndolas vacías y varadas en medio del agua cristalina de los canales, de la esquina Picadilly Circus solo llena de luces resplandecientes que no se reflejan sobre ningún alma humana, la zona roja de Amsterdam que parece un cuadro del Sahara con calles y luces coloradas, la rambla de Barcelona en la que solo pasean algún que otro envoltorio de papel celofán de galletitas Traviata, el mercado de las especies de Estambul en un silencio sepulcral impensado para el que alguna vez lo transitó escuchando los gritos ensordecedores de los vendedores turcos, la entrada a El Corte Inglés en la Puerta del Sol simulando un páramo de la puna de Atacama, las cataratas del Iguazú más verdes y sonoras que nunca en las que los pájaros se aburren de cruzarse entre ellos, las autopistas de Miami simulando un juego de Escalectric con no más de 2 autos por carril (alguien de menos de 40 dificulto que sepa de que estoy hablando), la entrada al Circus Circus de Las Vegas como el último campamento antes de hacer cumbre en el Everest, las calles de New York muy parecidas a las de mi querido Trelew un domingo de verano a las 2 de la tarde (NdR: imposible cruzarse con más de dos personas en un radio de cinco cuadras a la redonda en el término de dos horas), las calles de acceso al barrio Pablo Escobar de Medellín como si fuera una manifestación de nazis en Israel (imaginen no más de 4 personas)… y puedo seguir enumerando.

Lo cierto es que hoy, 30 de marzo de 2020, viajar es la peor inversión posible. Salvo que se trate de una misión suicida o de alguien que tenga ganas de pasar unos cuantos meses o años en una celda. Esto que nos pasa es, sin dudas, una lección que debemos aprender. Por un lado, porque -casi al mismo punto que pasa con la muerte- nos iguala a todos. Porque todos somos posibles víctimas de un microscópico virus que puede dejarnos olfateando margaritas tres metros bajo tierra, pero sin nadie que despida nuestros restos. Porque el planeta está respirando de millones de metros cúbicos de smog, dióxido de carbono, polución y gases que provocan el efecto invernadero. Porque esta cuarentena no tiene ideología ni religión ni color de piel. Alguno podrá decir que, sin tener en cuenta mi característica de personalidad netamente optimista, estoy desvariando o que el encierro está haciendo destrozos sobre mi hipotálamo. Pero dentro de lo desastrozo de las consecuencias de esta pandemia, no puedo dejar de ver la cantidad inmensa de mensajes positivos que nos deja.

El coronavirus nos va a transformar de una manera inédita. Nos va a hacer revalorizar las reuniones en familia, el café con los amigos, los asados con colegas, las salidas al teatro o al cine, los paseos de shopping, los juegos de mesa con los hijos, las charlas cara a cara. Vamos a descubrir, o mejor dicho a ratificar lo que la inteligencia artificial, el big data, la realidad virtual y la predicción de conductas nos están anunciando hace un par de años: hay otra forma de trabajar, hay otros ritmos, hay otra forma de resolver las cosas, hay procesos nuevos que nos pueden hacer la vida más fácil. Todo lo que pasa va a hacer que los Estados replanteen los porcentajes de inversión de sus presupuestos: resulta que las armas, los misiles y los aviones ultrasuperplushipersónicos, son totalmente inútiles ante un bichito insignificante que nos está gritando que la ciencia tiene que ir para otro lado. Y como si fuera poco, el planeta nos va a explicar que necesita respirar, que dejemos de exigirle respuestas y de juzgarlo por sus reacciones (tsunamis, terremotos, maremotos, sequías, inundaciones, incendios forestales, plagas y pandemias) cuando en realidad, somos los únicos responsables de todo. Pero fundamentalmente, de los desastres naturales.

Amigos, quiero volver a abrazar y a besar a mucha gente. Quiero volver a sentir la libertad de moverme sin miedo. Quiero que todos nos miremos a los ojos y entendamos que “no somos nada”. Quiero volver a sentir que viajar es la mejor inversión. Quiero que París, Zagreb, Moscú, El Cairo, Atenas, Damasco o las Islas Fidji vuelvan a ser una elección posible en mi futuro. 

Quiero viajar. Solo eso y todo eso. Viajar.

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