miércoles, 8 de abril de 2020

Benjamín




Se cruzaron en la escalera de la Facultad. Él venía bajando con un grupo de compañeros de la clase de Análisis Matemático. Ella, subiendo con una amiga, vaya a saber rumbo a qué materia. Cuando la vio, la miró fijo mientras seguía hablando con Damián. Ella lo miró, bajó la cabeza, se sonrió tímidamente y se ruborizó.

Dos días más tarde, el jueves, la misma escena, varios escalones más abajo. La mirada, la sonrisa, el rubor.

Damián era un colgado, así que nunca se dio cuenta de nada. Pero Juan, un peruano fachero y con pinta de ganador, que siempre estaba a la pesca de alguna mujer bonita para decirle un piropo inteligente o para buscar una excusa ridícula para chocarse “involuntariamente” había percibido algo raro el martes, y volvía a verlo hoy.

- Lucas, no te hagás el boludo… ya fichaste a la morocha de pelo lacio, ¿no?

- ¿Qué morocha? No, gil, de qué hablás…

- Lucas, te conozco, macho… vos no das puntada sin hilo, y donde ponés el ojo ponés la bala.

- No, boludo, en serio… nada que ver.

Bueno, en realidad sí. Sí había algo que ver. Los ojos marrones profundos de la señorita en cuestión lo flashearon. Ella estaba impecable, con una camisa floreada, un pantalón ajustado, botas bajas y un maquillaje sutil pero llamativo a la vez. No era de esas que se pintan como una puerta para ir a la Facultad. No era de esas que van a cara lavada y se sientan al lado de tu banco en el aula como si solamente le faltara el gorrito con pompón del pijama. Cuando la miraba, antes de que ella bajara la cabeza, veía el brillo de los ojos, la sonrisa perfecta, el pestañeo sensual…

Los días pasaron y el cruce de miradas sutil pasaron a ser tan obvios y evidentes que las cargadas de los amigos de Lucas eran casi justificadas. Y a ella, una semana después, se le sumaron dos compañeras más que resultaron ser cómplices de las risas post mirada.

Cada día Lucas volvía a su casa pensando qué hacer para salir de esa rutina tan poco efectiva de cruzarla en una escalera de la Facultad. No sabía el nombre, no sabía qué carrera cursaba, no sabía la edad, no sabía nada de nada.

Lo más extraño es que cada vez que se la cruzaba se le aceleraba el corazón, le daban como palpitaciones, hacía esfuerzos hercúleos por no ponerse colorado el también. Justo él, que era un ganador nato, que portaba una seguridad de galán de telenovela mexicana que todos sus amigos envidiaban. Disimulaba como podía, pero el corazón le latía tan fuerte que el rubor era inevitable.

Casi un mes después, mientras iba en el 152 para llegar a la clase de Análisis I, se le ocurrió una idea genial. Temeraria, pero genial. De alto riesgo. El riesgo de quedar como un pelotudo sin remedio. Pero la morocha bien valía la pena el riesgo. Y lo iba a hacer.

Como de costumbre, se volvieron a cruzar. Se miraron, él esta vez le sonrió. Y se ruborizaron los dos. Las amigas de ella con esas risitas nerviosas e indisimulables de que se trataba de que “algo pasaba” cada vez que se cruzaba con Lucas y sus amigos.

Cuando llegaron a la puerta de la Facultad, Lucas le dijo a sus amigos:

- Uhhhh… qué boludo, me olvidé de comprar el cuadernillo de Álgebra!!

- Ah, pero no podés ser más nabo… ¿ahora te acordás de ir al tercer piso? -le dijo Damián-. Dale, mañana vas.

- No, Dami, de verdad, estoy super atrasado. Ustedes vayan, yo subo un toque, compro eso y los alcanzo en la parada. Si ven que me demoro vayan, hablamos a la tarde.

Lucas ya sabía que se iba a demorar. Porque el cuadernillo de Álgebra lo tenía que comprar, pero no era de vida o muerte. Para aprovechar el tiempo, fue al tercer piso y lo compró. A la vuelta, bajando, cuando pasaba por el segundo piso, decidió recorrer los pasillos para ver si, en una de esas, descubría en qué aula estaba la morocha. Pero no, fue inútil. No la vio.

Estuvo dos horas haciendo tiempo. Justo justo lo que duran los bloques de cursadas. Cerca de las once se fue acercando a la puerta de entrada de la Facu. A esa hora, en el cambio de materias, los pasillos y la entrada de la Facultad parecen un hormiguero. No sabía cómo, pero tenía que verla, tenía que encontrarla sin que ella ni las amigas se dieran cuenta. Once y diez, vio la cabellera castaño-oscura (no sabía por qué le decía morocha, si no era morocha, era castaño-oscura) en medio del mar de estudiantes que bajaban las escaleras de entrada y salida. El brillo de la sonrisa de la extraña estudiante de vaya saber qué, sobresalía, iluminaba todo, resplandecía.

Lucas se escondía, agachaba la cabeza, miraba de reojo. Tenía que asegurarse de que nadie lo viera. Y lo logró. Entonces empezó a seguirla. Quería saber qué colectivo tomaba y si podía, filtrarse en la multitud para ver dónde bajaba. Y si podía, bajarse en la misma parada y ver dónde entraba.

La suerte estuvo de su lado. La castaño oscuro no subió a ninguna línea de colectivos. Caminó con dos amigas un par de cuadras, una se quedó y las otras dos siguieron una cuadra más, cruzaron la avenida y subieron otras cuadras por otra avenida empinada. Él las seguía sigilosamente, a una distancia prudencial. En la esquina de Independencia y Balcarce, su castaño-oscura y la amiga se despidieron con un beso. Ella siguió una cuadra más. Dobló en Defensa hacia la derecha. Él apresuró el paso y espió desde la ochava. A unos 30 metros ella entró en una casa de esas antiguas, tipo chorizo, con puertas altas y angostas. Defensa 757. Eran las once y veinticinco. ¡Bingo! Ya sabía al menos dónde vivía.

Los dos días que siguieron, hasta la próxima clase de Análisis I, se le hicieron eternos. Casi no durmió. Y le costó mucho concentrarse en las clases. No habló casi con nadie y mucho menos acerca de su plan.

Finalmente, el jueves cuando salió de clase (y se volvieron a cruzar y a mirar, obvio) él inventó otra excusa para quedarse. Pero esta vez no hizo tiempo en el bar de la Facultad. Es decir, sí, un rato estuvo, pero a las diez y media pagó el cortado y la medialuna y se fue caminando despacito hasta la esquina de Defensa e Independencia, donde había una farmacia.

Diez cincuenta. Nervios. Repasar la frase que le iba a decir. Medir el miedo y la vergüenza para controlarlos. Once. Debe estar saliendo. Once y diez. Ya debe estar empezando a caminar por Paseo Colón. Once y cuarto. Cruzan la avenida. Once y veintidós. Se despide de su amiga con un beso. Once y veinticuatro. Está caminando por Independencia hacia Defensa. El corazón se aceleraba. Los latidos parecían un tambor. El rubor insistía en salir. No se quería asomar para ver si venía. Mirá si justo lo veía. Un papelonazo. Se apoyó contra la vidriera de la farmacia y esperó.

Once y veinticinco. Nada… Nervios. ¿Se asomaba? No, mejor esperaba un minuto más. Once y veintiséis. Nada… “Yo me asomo”, pensó… “No, no, ya debe estar por venir”, se respondió. ¿Y si se fue a otro lado? Capaz que se quedó en el bar de la Facu… Se maldijo. No había sido una buena idea. No era un buen plan. No había previsto este tipo de alternativas. Ya a las once y veintinueve estaba totalmente desilusionado. Manoteó el atado de cigarrillos, desesperanzado, y sacó uno. Lo prendió y mientras pitaba levantó la mirada y miró a la izquierda, al final de la ochava sobre Independencia. Y detrás de los ojos marrón oscuro apareció ella. Se sobresaltó, se frenó.

- Hola – dijo Lucas con una sonrisa mitad de alegría por ver que el plan funcionaba y mitad de nervios.

- Hola… -balbuceó ella, con temor- ¿qué hacés acá?

- Nada, te esperaba…

- Pero… y…. es que… ¿cómo sabías?

- Menos pregunta Dios y perdona. Tengo un ejército de enanos que se encarga de investigar dónde puedo encontrar a gente que me interesa mucho…

- Perooo… y ¿cómo? -ella no sabía si seguir, si escaparse corriendo, si reírse. “Hay tanto loco suelto que una tiene miedo…”

- A ver, yo sé que esto puede ser muy loco. Pero más loco es que nos estemos cruzando dos veces por semana durante varios meses y yo ni siquiera sepa tu nombre… Yo soy Lucas, y como sabrás, curso en Paseo Colón. ¿Vos sos…? -dijo él extendiendo la mano con extrema formalidad.

- Lorena… -y empezó a sonreír extendiendo la mano también.

- Bueno, Lorena, te dejo porque debés estar apurada y yo en dos minutos más empiezo a tartamudear y sería una lástima convertir este momento mágico en un papelón.

Ella se rió fuerte. Y le dijo:

- Estás totalmente loco…

- Puede ser, pero todavía no se dieron cuenta… Lorena, ¿te parece si el martes cuando salimos te invito a tomar un café? No me contestes ahora. Pensalo y me confirmás después -y le alcanzó un papelito con el número de su celular escrito a mano alzada-. Si querés me mandás un mensaje. Si no, fue un placer acompañarte estos 30 metros.

El resto de la historia es larga. Pero con una sola palabra se puede resumir qué pasó ese martes. Más que una palabra, un nombre: Benjamín. Tres kilos seiscientos. Nacido por parto natural. Hijo de Lucas y Lorena. 



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