Despertó.
Intentó abrir los ojos. Tuvo que hacer un esfuerzo para despegar las pestañas.
Sentía que estaban cubiertas de una gelatina pegajosa y pesada. Poco a poco fue
sintiendo cómo la luz rebotaba en sus pupilas como una aguja. Pestañeó instintivamente
infinidad de veces, y algunas lágrimas le nublaron la vista. Achinó los ojos
para tratar de mantenerlos abiertos, aunque sea con una mínima hendija que le
permitiera ver a su alrededor.
Cuando
logró mantenerlos abiertos por unos segundos notó que no podía hablar. Una
mascarilla transparente en su boca y una molestia en la garganta se lo
impedían. Siguió mirando en detalle el lugar en el que estaba. Una cama, una
ventana a medio abrir que fue la responsable de ese haz de luz que lo encegueció
al abrir los ojos. Estaba rodeado de aparatos, sensores, monitores, cables,
soportes con suero, agujas y mangueras que iban directo a sus brazos. Sonidos monótonos
y agudos, ruidos metálicos, voces lejanas y pasos apurados que iban y venían
del otro lado de esa puerta entreabierta.
Intentó
recordar cómo fue que llegó hasta ahí. Supuso, sin mucho esfuerzo, que estaba
en un hospital o un sanatorio. Sentía todo el cuerpo entumecido, casi inmóvil.
Intentó mover un brazo, pero le dio la sensación de que sus huesos eran del
metal más pesado que jamás hubiera levantado. Apenas sentía sus piernas. Solo
pudo doblar un poco los dedos de sus manos, imitando las manos de un pianista
al acercarse a un teclado. Apenas unos segundos, porque luego sintió como si un
impulso eléctrico le recorriera todo el brazo, de los dedos a la muñeca, de ahí
al codo, y rápidamente hasta el hombro.
Giró el
cuello con dificultad hacia ambos lados y no pudo ver a nadie. Solamente vio a
la derecha de su cama un sillón de cuero negro con los apoyabrazos gastados,
resquebrajados. Las paredes de un color crema amarillento, con señales de haber
sido pintadas hacía mucho tiempo. A la izquierda un carrito de estructura
metálica cromada, con rueditas y una tabla alargada en la parte superior con una
bandeja plástica azul vacía. Justo enfrente, al lado de la ventana, una puerta
entornada que dejaba ver en las penumbras un lavatorio de manos y un toallero.
Definitivamente,
algo le había pasado que lo llevó a estar internado en ese lugar. Pero no podía
recordar qué fue, ni entendía por qué no había nadie con él. ¿Un accidente? ¿Alguna
explosión? ¿Un derrumbe? ¿Estaba solo? ¿Su mujer y sus dos hijos estarían
vivos? ¿O estarían, como él, internados en ese lugar sin poder hablar ni
moverse? ¿Y su familia? ¿Su hermana? ¿Sus padres? Miles de preguntas sin
respuestas lo atormentaban y para ninguna encontraba respuesta.
De repente,
la puerta de entrada se abrió. Por ella entró una enfermera con un ambo blanco,
cofia, barbijo y guantes de látex. Sí, definitivamente estaba internado. Lo
miró y abrió sus ojos marrones saltones y él pudo adivinar una sonrisa detrás
del barbijo.
- Bueno,
bueno… ¡qué buenas noticias tenemos hoy por aquí!… Buenos días, señor
Baigorria…
Él intentó
hablar, pero no pudo más que emitir un gemido ininteligible. Al mismo tiempo
hizo el ademán para incorporarse en la cama, y no logró más que un leve
movimiento que lo despegó de la cama unos centímetros y volvió a caer
pesadamente.
Cerró los
ojos, tratando de imaginarse lo que no podía ver por su inmovilidad. Recién
entonces descubrió que tenía algo en su garganta que le impedía hablar. Alzó su
mano con mucho esfuerzo y rozó un tubo plástico, rígido, detrás de una gasa y
una cinta que lo recubrían. Y la mascarilla estaba conectada a un gran tubo de
oxígeno que le entraba, frío, por las fosas nasales. “Una traqueotomía”, pensó.
Una vez, unos 15 años atrás, él vio a su propio padre cuando tuvieron que
hacerle una intervención de urgencia, luego de una cirugía de cervicales. En el
posoperatorio, apenas volviendo en sí de los efectos de la anestesia, su padre
tuvo un edema de glotis que le cerró, literalmente, la garganta y los
enfermeros de la unidad de terapia intensiva, tuvieron que hacerle una incisión
profunda con un bisturí en la base del cuello para dejar que el aire de sus
pulmones volviera a salir y recuperara la respiración “normal”.
- ¡Ey, ey, ey! Tranquilo, tranquilo… vamos
despacito… quédese quietito y tenga un poquito de paciencia… Ahora no vaya a
querer hacer todo al mismo tiempo, mi querido… Después de casi cuatro meses
durmiendo y descansando, no le cuesta nada esperar un poquito más…
Él,
sorprendido, abrió los ojos de una manera tan desorbitada que a la enfermera le
causó gracia y se le escapó una pequeña carcajada. El hombre no salía de su
asombro: ¿más de tres meses? ¿estuvo dormido casi cuatro meses? ¿cómo que
dormido casi cuatro meses? ¿por qué se acordaba de la cirugía de su padre pero
no recordaba cómo ni cuándo llegó a estar así? Ahora sí estaba desconcertado. Y
mucho más ansioso. Más nervioso. Más confundido.
- Ahora
descanse, corazón… ya mismo le doy esta super noticia al Dr. Devés para que
venga a verlo. El Dr. Devés es su neurólogo ¿sabe?
El hombre
apenas movió su cabeza hacia los costados en señal de negativa.
- Claro,
jajaja… qué tonta soy… ¿cómo lo va a saber? -le dijo mientras le colocaba en el
brazo ese brazalete con el estetoscopio debajo que usan las enfermeras para
tomar la presión a los pacientes.
De repente,
la enfermera lo miró fijo, casi con compasión, con mucha dulzura. En el mismo
tono, le volvió a hablar:
- Usted no
debe entender nada, mi querido ¿no?... Bueno, yo le voy a ir contando un
poquito, pero ya el Dr. Devés le va a explicar bien en detalle. Pero por favor,
no intente hablar ni moverse. Si le pregunto, puede decir sí parpadeando, y
puede decir no, moviendo un poquito hacia los costados la cabeza. Ni se le
ocurra mirarse el ombligo, ¿eh? Nada de mirar para abajo, porque tiene una
traqueotomía y se puede lastimar.
Claro, lo
suponía, era una traqueotomía, pensó el hombre.
- Mire,
señor Baigorria, solamente le voy a decir una cosa. Estamos empezando el otoño
de 2020. Usted llegó acá a fines de noviembre del año pasado. Tuvo un ACV, una
pequeña obstrucción en una vena del cerebro que lo dejó cuadripléjico. Lo
tuvieron que inducir a un coma farmacológico, y recién hace una semana le
sacaron el respirador. Y por lo que veo, ya ha recuperado algunos movimientos….
¡Lo felicito, mi amigo! ¿Sabe cuánta gente no despierta nunca más o no logra
recuperar movilidad? Es un tipo afortunado…
Seguía
aturdido, sin recordar en qué momento ocurrió lo que -ahora sabía- fue un ACV.
¿Casi cuatro meses dormido? ¿Afortunado? Se preguntó si la enfermera se
llamaría afortunada estando el lugar de él. Entonces frunció el ceño, y sus dos
cejas gruesas y negras casi se juntaron sobre su nariz. Miró de reojo el sillón
negro vacío y después a la enfermera, con ojos inquisidores.
- Ahhhh…
Sí, sí, claro… mira porque no ve a nadie en la habitación… jaja… qué tonta…
Disculpeme, pero es que estamos en tanta vorágine que a veces uno da por
sentado todo ¿vio? Le cuento… Mire, hace como tres meses, hubo un brote de un
virus en China que empezó a enfermar a mucha gente. Era como una gripe, pero
mucho más fuerte, y no había vacunas conocidas. Murieron decenas, cientos… y
cada día se sumaban más muertos. Y el virus llegó a toda Europa y de ahí a
Asia, y a América… a todo el mundo, bah… Ahora la llaman “la pandemia de
coronavirus”.
La
enfermera se apoyó en el respaldo del sillón negro. Se puso cómoda como para
seguir su relato. El hombre la miraba entre incrédulo y enojado por el mal tino
de la chica de inventarle semejante historia a un paciente que acaba de
despertar de un coma de cuatro meses…
- Los
países empezaron a cerrar sus fronteras -siguió la enfermera-, a mandar a los
extranjeros a sus países, a dejar de vender y comprar, y paralizar todo, todo,
todo lo que hacemos todos los días, para mandar a la gente que se quede en su
casa en cuarentena. Y así estamos hoy, casi todo el mundo, pero todo el mundo
de verdad ¿eh?, está encerrado en sus casas sin poder salir. Es como una guerra
planetaria pero donde estamos todos en el mismo bando y no sabemos dónde está
el enemigo. Solamente sabemos que el mejor ataque es una buena defensa. Así que
nos tenemos que quedar cada uno en su casa y no movernos. Circulan los médicos,
los enfermeros, los que trabajan en cosas que no se pueden parar… todavía. Así
estamos… El mundo entero inmovilizado ¿vio qué loco? – dijo, y soltó una
carcajada fuerte mirando a Baigorria a los ojos.
Si hubiera
podido, el hombre también hubiera lanzado una carcajada. El fastidio inicial
por la actitud de la enfermera se convirtió en una sonrisa leve, y hasta le
brillaron los ojos claros. Con los dedos que apenas podía mover, cerró
lentamente su puño y levantó el pulgar con satisfacción. Le pareció muy
creativa y ahora hasta simpática la idea de la enfermera para hacerlo reír. Seguramente,
ahora sí le iba a explicar dónde estaban su esposa y sus hijos. Claro, no iban
a estar todo el día ahí si el estaba dormido hacía cuatro meses. Se quedó más
tranquilo. El Dr. Devés, sin dudas, le iba a avisar a su familia y le iban a
explicar todo. Y su mujer iría a verlo, sin los chicos quizás, porque habría
que ver si no estaban en la escuela o en el club.
- Bueno, mi
querido… bienvenido al mundo de los despiertos… bienvenido al mundo de la
pandemia… jajaja… -se rio la enfermera- Voy a darle las buenas noticias al
Doctor. No se vaya ¿eh?
Qué
simpática la enfermera, pensó el hombre. Y sonrió para sus adentros. Qué
ocurrente… “No se vaya”… ¿A dónde se iba a ir en ese estado? Jajajaja…
“Coronavirus”… ¿Cómo se le ocurre inventar un virus con el nombre de una
cerveza? Jajajaja… Qué divertida la enfermera, se dijo el hombre.

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